02 marzo 2009

DELIRIOS SERIADOS


ROBINSON CRUSOE OF CLIPPER ISLAND (1936. Ray Taylor y Mack V. Wright)

Fue el cuarto serial de los más de sesenta perpetrados por la indispensable Republic. Completamente respetuoso con el género, fue en cambio también uno de los más tramposos en cuanto a resoluciones de los cliffhangers (momentos de máximo riesgo para la vida del héroe protagonista). Los guionistas se permitieron la osadía de tomar a los espectadores juveniles por amnésicos o idiotas totales al iniciar muchos capítulos ya no sólo con planos que no existían en los finales anteriores (una de las vías menos chungas para que el héroe pudiese sobrevivir a una muerte sin vuelta de hoja) porque es que a veces ya ni eso: tras una explosión, se sobreponía como si nada hubiese pasado y tras limpiarse el torso y el cabello a seguir de aventuras. Pero es que la desfachatez llegó a extremos de negar lo expuesto, y tras un previo disparo en el corazón al comenzar el siguiente capítulo se supo que nadie había disparado y, por lo tanto, Mala seguía indemne. Esta trampa, tan escandalosa, demostraría que los fabricantes de este serial estaban más interesados en ofrecernos un carrusel de acción vertiginosa, sin reparar en coherencias ni en nada que se le pareciesen. Y que el héroe acabase a cada jornada al límite de sus posibilidades era perentorio para atraer al público a las matinés de turno.
No creo que sea necesario decir que Robinson Crusoe of Clipper Island no tiene nada que ver con la novela de Daniel Defoe, a no ser que ese Robinson pueda ir y venir cuando se le antoje del lugar, un lugar que está lleno de habitantes a cual más peligroso. Y si hubo Viernes este sería de pronto una Santísima Trinidad que empalmaría también con el sábado y el domingo, pues eran tres los más amigos del héroe, los cuales aguardaban fieles cada regreso o lo alentaban y ayudaban en las mil vicisitudes de la isla: estos eran la Princesa Melani (Mamo Clark), el caballo Rex y el perro Buck.

¿Y quién es el?. Pues Ray Mala, nada menos. Un descubrimiento de Van Dyke a principios de los años treinta, que le dio el papel de Eskimo (1933), un poco en la onda de Nanuk. Como aquel, Mala era esquimal y como aquella película, el título estaba bajo la influencia del maestro Robert Flaherty, a quien Van Dyke tanto debía cuando se ponía exótico. Mala en la Metro apuró su corta carrera con un vehículo conforme a su estelaridad llamado El último pagano (1935), pero finalmente la productora decidió apartarlo pues era demasiado exótico como para encajar en sus grandes producciones. Asi que pasó a la Republic, donde le ofrecieron seriales. Y este fue el suyo, quizá más que Hawk of the wildernesss (1937) pues allí sólo era comparsa de Herman Brix (el Tarzan que más gustaba a Edgar Rice Burroughs) mientras que en Robinson Crusoe era el gran protagonista.
Hacía de investigador del departamento de inteligencia de los Estados Unidos y lo habían contratado para que averiguase unas extrañas desapariciones de personal aéreo cerca de la isla de marras. Ya alli el jóven descubría una red de espionaje capitaneada por el misterioso señor H.K., al que pronto se unirá el sacerdote de la tribu, tan loco y ambicioso como su socio americano. Esta mínima trama se fue estirando como un chicle delicioso hasta los catorce capítulos, siendo el primero uno de los más memorables, por su ritmo, variedad de peligros y sentido del tempo. También empezamos a darnos cuenta de que Ray Mala era un exhibicionista de su físico de primera categoría. A la mínima de cambio, que normalmente eran los múltiples instantes que tenía que sumergirse en las aguas, nos regaló su espléndida desnudez solo ataviada por bañadores estampados o bien bragas náuticas negras más ajustadas e incluso sarongs que le tapaban parcialmente sus moldeados muslos (prenda que estaba empezando a ponerse de moda gracias a usarla Jon Hall y Dorothy Lamour en el filme de John Ford Huracán sobre la isla (1937). Por cierto que su partenaire, la argumentalmente vacua princesa parecía una premonición de la Lamour, auténtica reina del sarong) o los pantalones blancos calados que a falta de piel insinuaban lo suyo. Esta concesión al nudismo masculino llegó muy lejos dentro de un género que siempre supo apreciar a un buen héroe desarrapado en pos de una situación de bondage. Tanto Ken Richmond como Ray Crash Corrigan aceptaron lucir sus cuerpos desnudos como lógica consecuencia de un tormento o un uniforme hecho añicos por los vaivenes de la acción (teniendo en cuenta que los malos siempre fueron o varones de barroca indumentaria o señoritas con alma de drag queen la inocencia de un entretenimiento para menores daría paso al homoerotismo más picante. Como paso intermedio, un simple descosido). Ray Mala en cambio, fue extremadamente generoso y supo que como mejor se bucea es como le enseñaron desde pequeñito, un tipo de distorsión biográfica que partiría de su leyenda de hombre no occidental, raza que nunca fue protagónica en los seriales. Y como sea que el exotismo nunca debe resultar a ojos del público yanqui una amenaza, siempre se tuvo presente que Mala estaba al servicio de los Estados Unidos, que no hacía falta tolerar su cuerpo moreno sin vello alguno con la coartada del buen salvaje porque ya era un hombre civilizado que vivía en la ciudad de los rascacielos, que llevaba el traje y el sombrero como nadie, y que si había que demorar sus semi integrales intentando recuperar el control de una avioneta (¡desde sus mismas alas!) pues se hacía. Esto pasaba en uno de los últimos capítulos, cuando nos regaló unas de las mejores nalgas abiertas, aunque cubiertas de tergal, de toda la aventura. En aquel vértigo compartido supimos de sus redondeces y las celebramos a miles de kilómetros de altura.

Avionetas o hidroplanos constituyen momentos reiterantes de un serial que tal vez con los doce capítulos reglamentarios hubiesen bastado. Tengamos en cuenta que el número once consistía en un flashback- conversación donde Mala recuerda unas cuantas secuencias previas. Además los volcanes en erupción como amenaza serán un recurso algo pesado. En cambio, el peligro animal no es lo suficientemente explotado y, en tanto que ingrediente infalible, cuando este aparece deja una profunda huella en el espectador más ortodoxo. Esto se producirá al final del capítulo octavo, con Mala luchando cuerpo a cuerpo con un hermoso cocodrilo en las profundidades del océano. Hay allí un plano espectacular donde las fauces de la bestia se clavan en la garganta del jóven. El continuará debería dejar a todos con los pelos tan de punta como para que no nos olvidásemos en siete días de la situación. Y en cambio, al comienzo del capítulo noveno, esas fauces no llegan ni a rozarle, lo que indigna a cualquier amante de los super hombres de ley. Igual sucederá con el célebre disparo al corazón. O bien lo ha simulado Mala para despistar a los canallas o bien se ha corrido un tupido velo pues los ídolos nunca deben morir.
Los momentos camp son sensacionales y crearán escuela: esos letreros sobreimpresionados que traducen el lenguaje de los tam tam de la tribu indígena (esto se retomará también en el inminente Tim Tyler's Luck), el culto al dios de hojalata siempre rodeado de humaredas entre inciensiarias y volcánicas, las grutas claustrofóbicas, los pasadizos oceánicos, la apariencia del gran sacerdote (con sus peinados afro más dignos de una Lupe Velez en éxtasis que de un sádico de pandereta)...
Sin embargo, la escasez de escenas bondage nos dejaría con la miel en los labios, pues un cuerpo como el de este Robinson bien merecería el homenaje de la corrupción. Hubo un atisbo, cuando lo ataron a un poste, pero fue demasiado fugaz: pronto lo sacaban de alli, aún atado y asediado por las mil puntas de lanza de los salvajes y era arrojado al fondo del precipicio de lava.
Con sus más y sus menos, Robinson Crusoe of Clipper Island es un sano divertimento. Y si el final es previsible, la última situación cliffhanger es deliciosamente naif: Mala y su grupo se salvan gracias al rescate del equino y el San Bernardo, lo que merecería una reflexión en torno al papel que han tenido siempre las mascotas como elementos demasiado secundarios de la acción en el género de aventuras (por muy fantásticas que estas sean, las aventuras y las mascotas).


Vean el próximo lunes
TIM TYLER'S LUCK (1937. Ford Beebe y Wyndham Gittens)

No hay comentarios: