20 marzo 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES, mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988


Capítulo décimo


Nalgas como globos terráqueos, penes como obeliscos

Me tiraban tanto los jamones (y jamoncitos) de los muchachos que durante mucho tiempo pensé en si me esperaría dentro mi sexualidad (cada vez más consolidada) un futuro de activo recalcitrante. De rompeculos asqueroso. El efecto de una agachada de algún compañero favorito, de un ajustarse por detrás el vaquero, esa metamorfosis de tan innoble parte de su anatomía (que podía adquirir proporciones monstruosas, cuando en estadios normales eran las justas: culitos hasta desapercibibles), se presentaba en mis fantasías con connotaciones sagradas. En instantes asi hubiese deseado que los curitas cambiaran del altar -y de una santa vez- el Cristo crucificado por el trasero reclinado sobre la moto de Brando en aquella que no llegué a ver en años. Era ese misterio jugoso del sexo masculino que ocultaba sus bondades en un simple pantalón. A fin de cuentas una señorita era incapaz de ocultar sus senos turgentes o sus nalgotas de grandes volúmenes precisamente por esa tendencia a la redondez y el barroquismo que honran a las del sexo opuesto. En cambio, imaginarme cómo sería aquella cajita pequeña de mi favorito o las dimensiones de un pene, posiblemente admirable, dentro de una bragueta que apenas daba nada a entender era, para mí, una intriga mucho más retorcida y seductora. ¿Para mí o para alguien más de los que me rodeaban?.
Recuerdo un recreo en el que varios de nosotros estábamos reunidos en el patio. Después de una conversación aburrida en torno a los estudios y similares, de pronto a uno de ellos se le ocurrió la gracia de comentar el desmesurado tamaño del paquete de otro de los allí presentes. Todas las miradas fueron a dar entonces al bultámen de aquel pobre crío (que aunque no era un muchacho sofisticado, tenía mi aprobación por anchote y tirar a osito. Y, sobre todo, era candoroso en la mirada). El mismo se defendió (al parecer era una verguenza poseer, o que se notará que se poseían, unos atributos) alegando que era la hechura del pantalón, según tomaba una postura u otra. Curioso que el macho se averguence de su miembro viril. Hay un aspecto castrador en esto que debería hacernos reflexionar, partiendo de que el tamaño del pene y la conducta machista van siempre agarradas de la mano.
Si he traído a colación esta secuencia biográfica (supongo que breve y anecdótica) de manera espontánea y como iluminada por un Pepito Grillo perverso que reaparece tras veinticinco años de ausencia, será porque entonces ejerció en mi un poderío subyugador. Es posible que esa misma tarde, al llegar a casa y encerrarme en mi habitación me hubiese puesto en la alfombra boca abajo a escribir una continuación pornográfica con todos ellos de protagonistas.
Debíamos estar en situaciones parecidas con respecto a la curiosidad por unas genitalidades en claro desarrollo. A lo mejor ninguno de aquellos cotillas del impudor tenía aún novia. Su desconocimiento del mundo privado femenino podía ser tan alarmante como el mío propio. Cabría la posibilidad de que indagar en las vías abiertas existentes con los de su sexo fuese algo natural dentro de un período de la vida caótico y revolucionado. En cambio, en mi mente seguía viendo aquellos homoerotismos con reparo y calentura enfermiza (por ambas razones, una veleidad a esconder). Esto vendría a significar que lo mío iba en serio y lo de los demás en broma (pasajera o no). El caso es que el pequeño Maciste no sabía que a la larga esta manera de encauzar lo verde suele degenerar en la militancia. Algo impensable para un heterosexual, situación a todas luces antipática por lo que tiene de unidimensional (empobrecimiento del individuo).
Este período de virginidad era fascinante. A pesar de encontrarme en un ambíguo rango de minoría frente al grupo (reconozco que después de escribir aquellas guarradas me costaba mirar a sus protagonistas a la cara, lo cual acrecentaba mi automarginación), me daba cuenta de que el mundo estaba lleno de posibilidades para escribir libros enteros de La sonrisa vertical (e invertida). El futuro era el (pene en) progreso.
Todavía en mi percepción de los espacios y el tiempo, los días eran larguísimos y las distancias en mi ciudad inabarcables. Solo del aula al quiosco del colegio había un buen trecho, mismamente. Y lo recorría con el ansia de encontrarme con los jovenzuelos de distintos cursos apelotonados en el tenderete en busca de chuches y cigarros sueltos. Los mayores mezclados con los pequeños, manos que vienen y van, algunas ladronas de nubes y regalizes, muy pocas las golosas de la carnosidad de unos glúteos esplendorosos o las de un bultito excesivamente locuaz, agudizado por unos Levis de fabricación muy intencionada (las mías).
Durante un tiempo fue un ritual introducirme en aquel zulo de críos revoltosos (tanto lo eran que provocaban verdaderas escandaleras y hartazgos de la repelente dependienta). Palpé tanto que me convertí poco a poco en un mini depredador que agazapado a pocos metros del quiosco esperaba la presa; o, lo que es lo mismo, al chavea que cayera dentro de la trampa.
Repetía las hazañas de mi amigo Máximo cuando nos llevaba a las entradas principales de los colegios de señoritas a sobar chochines en falditas plisadas. Sólo que esto yo lo consideraba mucha más excitante: porque habían pollitas, causabas más escándalo de ser descubierto al venir el asunto del propio colegio en el que estás matriculado y, sobre todo, porque ibas a quedar con el estigma de maricón altamente peligroso (y expulsable). Nunca reparé en que pudiese estar haciendo competencia a ningún hombre del saco (o de los caramelos). Me parece que no se dio el caso éste de los señores de la gabardina en mi entorno jamás.
Pero, al igual que en mis momentos de intelectual subido, donde yo ya me sentía un profesor Aschembach (cuando por edad se me suponía un Tadzio), en el festín de los caramelos yo siempre fui "el niño del saco". Tanto de lo mismo cuando me ponía de salido en los salones recreativos, coincidiendo siendo yo adolescente con un señor de treinta años que se dedicaba a palpar culos de juguete menores de diez años. Como mi especialidad eran los pimpollos de catorce en adelante nunca fui una competencia para él, pero sí recuerdo que una vez al mirarme en el espejo del retrete del salón de juegos me vi reflejado en aquel señor calvo y, de algún modo, esto me lo tomé como una jocosa paradoja.
Mi pretensión mayor era dar rienda suelta a mis instintos pero que nadie ajeno a mis propósitos (ni siquiera mis víctimas) se dieran ninguna cuenta de los mismos. Los mayores me perdonaban por la edad. Los de mi quinta eran los más preocupantes. De ellos debería preservarme de toquetear.
Uno de los jóvenes más llamativos de cursos superiores (ya debía estar estudiando tercero de bachillerato el demigod) era también uno de los mejores amigos del hermano mayor de Rafael. Al menos hubo una temporada en la que eran inseparables. Antes de que estos compartiesen recreos juntos yo ya me había fijado en las notables prendas del inminente titulado en bachiller. Nunca supe como se llamaba. Pero era impresionante a mis ojos de adolescente (es posible que aún lo fuese, no al verlo en su estado actual pues este tipo de físicos -a lo Brando-suelen evolucionar muy mal, sino en una imposible moviola eighties). Me acuerdo de sus cabellos largos y rizados (no como Bisbal, claro: tampoco podría ponerles ningún ejemplo de actor similar a él en aquel 1984). Ahora que lo pienso, su look más impactante fue cuando se puso de moda la permanente en frío entre varones. Su rostro era angelical, a pesar de su estructura ósea, de su musculatura, de sus caderas rabiosamente anchas, cual fémina del barroco. Siempre en vaqueros, que le sentaban como dios. Ese jóven parecía una de las tres Gracias, una diosa de la new wave. Era muy femenino dentro de su ostentosa masculinidad. Sería esa mezcolanza la que me arrebataba. Por delante, el Brando teatral de finales de los cuarenta (Truckline cafe, I remember mama); por detrás, la Bardot del voulez-vous danser. Seguirlo hasta los retretes del colegio se convirtió en mi verdadera misión bélica durante unas semanas. Pero jamás tuve la intención de conocer su pene. Me volvía loco su trasero. Asi que mientras el meaba yo me colocaba justo en el retrete de detrás para espiar sus glúteos, algún contracción de músculos al sacudir la pinga o al acomodarla en el calzoncillo (si es que lo llevaba) antes de marcharse. Los pasillos eran tan estrechos, las oportunidades parecían tantas que una vez llegué a agacharme a escasos centímetros para ver aquel manar en un primerísimo plano porno. Me enamoré de aquel vecino anónimo del piso de arriba. Irremediablemente.
Cada salida al recreo rogaba a San Juan Bosco para que coincidiésemos en el quiosco de marras. Y entonces pasó. Todo sucedió perfecto. Yo y el pudiendo apretujarnos. Poder rozar mi pene, posar un par de dedos en su bendita raja (inabarcable, a todas luces). Y, en cambio, nunca lo hice. Era como profanar lo sagrado. Llámenme tonto. Pero no pude. En cambio lo que si anhelaba era su olor. Tiré algo de mi bolsillo aposta y me acuclillé en su busca reparando en aquellas nalgazas que se movían adelante y atrás. A punto estuvieron de derribarme las condenadas en el fragor del ataque. Fueron unos segundos nada más. Imborrables. Al día siguiente de aquello, volvio a suceder lo mismo. Pensé seriamente si el mozarrón no estaría de vuelta y media. Eso me daba más agallas. Tiré mis llaves y volví a lo fecal. Le introduje la nariz justo en la zona del ojete y aspiré hondo. Olía a pedo. La intensidad de aquel acto cerdo para mi tuvo un valor revelador. Lejos de ahuyentarme me trastornó hasta el punto de crearme una filia loca per secula seculorum. Me pareció encantador que mi héroe de los cursos superiores fuese un pedorrillo a lo Jennifer López (o tal vez una mofeta en busca de su autodefensa ante el niñato meticón, que siempre me quedará la duda).

¿Es dificil montar un Scalextric?
El compañero de clase que más me gustaba era Emilio. Ya he hablado de él en el capítulo dedicado a los video pornos caseros. El que se tumbaba en la alfombra, el de los pantalones de pana vaquera tan bien enchidos, el de los ojos verdes y cabellos castaños, el Apolo silencioso. Y en tanto que mi ídolo, más carne que no podía tocar (sería un suicidio un acoso a alguién de mi entorno más próximo). Tampoco estuvo casi nunca en el grupo de mis amigos de confianza. Aunque pudo haberlo estado si yo no me hubiera desviado de Ortiz y su camarilla, donde pronto recaló el adorado. La perfección de su físico resultaba demoledora para mis sentidos. No era un narciso, como los niños dorados del grupo: los altos y rubios Villajos y cía que serían celestiales (no lo dudo) pero carecían de sensualidad. La de Emilio era innata y la ofrecía desde lo reservado. Y eso ya era el gran valor. Hubiera sido mi amigo ideal... si supiera como era él, cuales sus gustos y sus disgustos... Intenté hacer un retrato robot de su psicología a través de mis observaciones durante las clases. Excrutando sus mínimos gestos, sus reacciones ante una dificultad, sus sonrisas ante un comentario ajeno (si se reía de algo que yo consideraba gracioso, podía ser síntoma de que compartíamos algo ya)... Pero no. Asi era imposible. Con lo cual, le entré a través de Ortiz y de mi inagotable sentido del humor.
Esto ya fue algo tarde. Estaba a punto de terminar el curso. Pero tal vez por las fiebres primaverales, que a todos desinhiben, fui su carabina en una hora sin profesor que nos dejaba media mañana libre. Acudímos a una juguetería, pues Emilio buscaba modelos de coches de Scalextric. Luego a una tienda de discos. Mientras el husmeaba en la sección de heavy, yo le pedí a la guapa dependienta que nos colocase el Blue Monday de New Order en versión maxi. Me satisfizo el deseo. Este capricho de cliente pesado, a su vez, me llevó a comprobar que aunque los heavys sean heavys también son capaces de darle al pie a ritmo del mejor tecno pop.
Al salir le invité a casa para que viese mi Scalextric. Sin demasiado entusiasmo por su parte aceptó (era como si yo no fuese trigo limpio o no estuviera hecho de materia igual. Veo, con el tiempo transcurrido entre uno y otro hecho, la misma mirada en Jose el chapero cuando me lo llevaba a la cama: de escepticismo y ligero asco ante el buscón, el que no pertenece a su raza). Lo primero que hizo fue encerrarse en el báter. Yo me puse a sacar las piezas de la caja y a poner Radio 3 (era un placer poder oir La Barraca: era la etapa de Gloria Berrocal). Al poco, acudió al salón con los ojos como platos. Puestos en el Scalextric, claro. Se me ocurrió decirle una picardía antes de que se pusiera con el trajín del montaje: ¿Qué, te ha puesto tan cachondo la dependienta de la tienda de discos que has tenido que aliviarte rápido?. No me hizo mucho caso, respondió con un ¡bah!. El crío había echado una jiñada y punto.
No recuerdo apenas nada de la competición a dos con mi juguete (lo único lúdico que sobrevivía de mi infancia, por cierto). Sólo lo maravilloso que fue montarlo. Sus posturas, lo cercano que tuve su trasero, que aún abierto no parecía en absoluto algo desproporcionado. Mientras tanto, la Berrocal estaba dedicando sus minutos a la música del cabaret berlinés de entreguerras. Sonaba Lale Andersen, sonó Marlene, sonó la Leander. Y todo hilvanando los ladridos del Führer y las carcajadas y comentarios -algo verduleros- de mi simpar madrina de las ondas, lo que provocó la incomprensión del colega ocasional (a estas alturas, a mi me importaba un carajo que Emilio no fuese un radiotresero. Podía más la contemplación de su divinidad que cualquier otra historia).
Nunca volví a tener tan cerca a mi deseado. Con el tiempo fue mudando su comportamiento en clases. De ser un muchacho normal, con un punto de extroversión, a ser lo contrario. Parecía aflijido, cerrado en si mismo, hasta huraño. Le intuía problemas personales, independientemente de la pubertad y sus dolores. Creo que sus padres estaban en trámites de separación. Y al curso siguiente, Emilio ya no estuvo entre nosotros. Hay quien dice que se fue a Centroamérica. No lo sé. Sólo sé que con él se fue uno de mis enganches platónicos de primera hornada más dulces. Mis papilas olfativas supieron apreciar sus fragancias cuando, con el aula recién desalojada, yo regresaba y metía la napia (y hasta los morros) en su asiento todavía caliente. Mi querencia por el monocromatismo sufrió un atentado blasfemo cuando me enganché a su moda de las camisas hawaianas (Miami Vice, quizá). Mi tendencia al registro impúdico brilló alto cuando osaba revolver en su mochila, en los vestuarios, durante la clase de gimnasia para conocer qué tipo de ropa interior usaba Emilio (slips azul marino), probándomelos (acariciaba entonces mi miembro como si fuese el suyo) y respirando hondo desde la entrepierna de sus vaqueros... Me quedé con su olor más íntimo. Sin él saberlo nunca.
Será mejor que estas delicias prohibidas que empezaron asi, con Emilio en primero de BUP, pero que se magnificaron en cursos posteriores con otros, sean tratadas con mayor detenimiento en futuros capítulos.


continuará

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