06 marzo 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES, mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988

Capítulo noveno


Maciste, delicado delincuente
Me gusta el título de una oscura película de Jerry Lewis que se llamaba Delicado delincuente. Creo que se ajusta mucho a mi personalidad de aquellos años. Por un lado, en mis salidas del cascarón familiar me sentía un outsider, pero cuando chocaba con cualquier representación de la autoridad me achantaba buscando refugio, o bien en el grupo de amigos o en las faldas de mi madre (o sea, otra vez el escondrijo del cascarón). Si mis actividades fuera del colegio durante la EGB perfilaban ya a un gamberro juvenil en potencia (gamberro que se negaba a si mismo en un juego caprichoso con la realidad pura y dura), las cosas empezaron a ponerse feas cuando las malas compañías emponzoñaron el poco sentido disneylandico que pudiera quedar en mi reducida pandilla de amiguitos. Ya entonces hubo carreras delante de guardias urbanos que me gritaban diciéndome que me iban a entregar en comisaria por atemorizar a las niñas y a sus mamás con mis bromas pesadas. Pero sabía que a la vuelta de la esquina me esperaba algún amigo que me introduciría en algún hueco seguro, aquel que nos serviría de despiste y de risas nerviosas recordando los mejores momentos de la gamberrada. Sin embargo, las bromas se convirtieron en llantos cuando al cabo de los primeros años del bachillerato fuimos aspirando a más. No a desbaratar un entorno anodino de parques y jardines, sino a transgredir las leyes sociales mediante el hurto, cuando no el saqueo.
No sé que vino antes. Si el sexo, si el robo, si la droga. Tal vez todo de golpe, de manera desordenada y avasallante. Es posible que el nombre exacto de aquel aquelarre a la infancia se llamase Rafael, un chavalín desgarbado, anodino, ridículo ante mis ojos clasistas y que se unió a Mario para completar un menage á trois que no me caía de novedad, pues fue algo a lo que siempre en mis amistades me vi abocado. Yo con Rafa no tenía apenas feeling. Me reía las gracias, si. Pero las suyas no me inmutaban lo más mínimo. Era hijo de unos conocidos reposteros (y restauradores) de la capital, asi que sus cumpleaños eran muy prometedores pues nos solía invitar a merendolas de primera en el conocido negocio de su madre. Pero el seguía siendo más amigo de Mario. Cosa que ya, curtido en celos, me daba un poco lo mismo.
Rafa era un muy mal estudiante. Más malo que yo. Su apariencia extremadamente delgada, como la mía, le hubiera exigido según mis cánones de personalidad, que sublimara su desinterés por el estudio en un desarrollado instinto para lo artístico. De hecho yo era una nulidad en el pupitre porque mi profesión era otra: era escritor. En cambio el no tenía aficiones. Si yo suspendía media docena de asignaturas en cambio nunca me consideraría un burro, pues era capaz de parir cientos de páginas solo con sentarme y soñar. El no, el era la quintaesencia del burrismo. Asi era mi increible manera de comprender las cosas. No intuía que con el tiempo sus manos podrían servir para crear dulcería exquisita, en tanto que gran artesano de las tartas. Justo lo que es su oficio en la actualidad. Pero de aquella, para los niños tan finolis como encabronados el tener una madre pastelera era una verguenza, y un motivo de chanzas y ataques cuando llegaba la hora de pelearse.

Atraco a las tres
Rafa mal vestido, desordenado, maltratador de los libros del cole, era un delincuentillo en potencia. Y lo que tenía que pasar pasó. Aunque gestándose a la sombra, o a espaldas mías. Fue durante una semana en la que Mario no osó concederme ni un sólo minuto de atención. Lo veía absorto en sus cosas. A la salida del colegio, corría junto a Rafa, dándome esquinazo de manera grosera. Algo tramaban. Al cabo de una semana Mario me informó de que estaban planeando un robo en la pastelería del otro. Y fui invitado.
Esto acontecería después de comer. Rafa disponía de las llaves del establecimiento. Sólo había que abrir y entrar con las luces apagadas. El resto ya se encargaría el propio chaval, que sabía del asunto de la caja registradora y demás. Dejé a Rafa que se metiera en los berenjenales más gordos, mientras yo, Mario y un galopín mayor al que no reconocí nos paseamos libidinosos por los escaparates de los dulces y chocolates. Me acuerdo de haber arrepiñado con un montón de bombones que oculté en los bolsillos. Salimos de alli pitando, lo que daría a entender que Rafa tenía madera de ladrón profesional, pues en la brevedad de la operación radica el secreto del éxito de los de este gremio.
Este muchacho me dejaba perplejo. Yo jamás me hubiera atrevido a hacer lo mismo en el negocio de mi padre. Tal vez porque la recaudación del día ya la dejaba en el taquillón de la entrada de casa, una tentadora -por lo abultada- cartera llena de billetes verdes. Supongo que no era lo mismo. Que hubiera sido una insensatez birlarle a mi padre todo el contenido, pues las culpas iban a ir directamente a mi. Pero tambien es verdad que Rafa y los demás no operamos con guantes, dejando un montón de huellas dactilares por las vidrieras. El caso es que no volví a ser cliente del local durante mucho tiempo. En cuanto a los demás, ignoro la repercusión que tuvo aquello. Supongo que ninguna pues fue el principio de una rutina que a la larga no acabaría bien.

El robo como una de las mongas artes
La incorporación al trío de unos jovenzuelos amigos del hermano mayor de Rafa poco a poco me obligaron a ir retirándome de su círculo. No me encontraba a gusto. Para mi, los bichiteros (habitantes del barrio más conflictivo de mi ciudad) eran sinónimo de peligro, de terror y de despelleje. Y los nuevos fichajes se parecían mucho a los míticos asaltantes de los Domund kids, los mismos que venían de tamaño barrio sin ley. El que yo me apartase de Mario no le suponía ningún trauma, como habrá quedado claro por anteriores capítulos.
Asi que me refugié en Ortiz, otro amigo en estado terminal. Pero Ortiz también se había buscado por su cuenta su porción de adultez a través de las drogas blandas. Junto al jovencito que tanto deseé en aquella sesión de video porno y algunos más (Dani y Varela) era ya un habitual de los parques de porreros. Sabía lo que era un papel de liar y el olor a la marihuana. Yo seguía transportándome a esferas psicotrópicas superiores con el incienso de misa y el ozono pino de los cines. Fumaban como carreteros mientras yo era incapaz de no toser ni mucho menos de tragarme el humo. De nuevo me sentí incómodo en esa situación nihilista y arrojé la toalla. Quedaban Carlos, Hector y Moreiras, pero en sus intimidades me parecían unos aburridos y unos ñoños. Con lo cual terminé solo.
Pero mi oreja estaba al tanto de lo último de mis favoritos. Y lo que escuché me dejó patidifuso. Rafa, su hermano y otros raterillos más habían perpetrado un robo en casa de Mario con el consentimiento y la cooperación indispensable de este último. Se ejecutó el atraco con nocturnidad y alevosía. El bolsón lo llenaron de joyas, dinero y un televisor a colores. Se dispuso de un coche (se supone que robado también) y se emprendió una huida con el botín que acabó con toda la banda detenida. Al enterarme me eché las manos a la cabeza. Mario y Rafa habían pasado la noche en el cagarrón como unos "rebeldes sin causa" cualquiera y con sus respectivos padres sacándolos de las orejas tras haber pagado una multaza que les sirvió para que no acabasen sus bachilleratos en un reformatorio. No me daba cuenta que todo aquello era una deliciosa y absurda y surrealista puesta en práctica (llevada al extremo) por parte de mi amigo de nuestros preceptos básicos de la ley del Mongo. Porque, sinceramente, ¿a quién se le ocurre desde un sentido pragmático -o sea, antimongo- de robarse a si mismo un televisor si ya es tuyo?. O, por afinar más ¿como era posible meterse a colaborar en un robo que te dejará sin televisor para que se lo lleven los otros de la banda?. ¿O es que acaso luego iba a tener que ir a ver su programa favorito a un escondrijo a docenas de kilómetros de casa?.
Sea como fuere, mi pavor ante lo cometido no rompió mi amistad con el chaval, que ya veía que se estaba maleando. Lo que traía además una mengua de capacidad para la fantasía. Fue un duro golpe para él, que no volvió a moverse en el límite. Abandonó su relación con Rafa y se marchó del colegio. Pero no de mi vida. En eso fue fiel. Mientras las circunstancias nos dejaron. Volvimos a empezar desde cero. En cambio, la distancia por los estudios fue con el tiempo el detonante para que ya las cosas se precipitaran a un adios definitivo. De todas formas aún hubo tiempo de un montón de peripecias tontas como dúo que convendrá repasar en un próximo capítulo.


continuará

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