10 febrero 2009

SOLO PARA SIBARITAS

CHARLES FARRELL (1901-1990)

Siendo uno de los galanes más impactantes del cine norteamericano de los años veinte poco le duró la fama al bueno de Charles Farrell. La transición al sonoro la llevó pésimamente. Esto es algo que nunca querrán reconocer del todo los estudiosos. Tal vez porque ese tipo de carnaza ya la suministraban a manos llenas otros actores como John Gilbert (y aún asi habría mucho que puntualizar con el pobre Gilbert). Farrell pasó más inadvertido en los años treinta y desapareció en la siguiente hasta que el nuevo invento de la televisión lo acogió en una segunda juventud que, dicho sea de paso, ya no tenía ni por asomo y, siempre desde un ámbito de difusión muy de puertas para adentro (al menos su serie My little Margie no traspasó más fronteras que las que delimitaban las cocinas con tele de las abuelitas tipo Doris Day).
Y, sin embargo, para los amantes del cine mudo norteamericano (aquel que en un momento de su historia consiguió marcar la supremacia artística) siempre que recordamos el nombre de Charles Farrell nos trae estupendos instantes de apostura, sencillez y arrebato pasional en productos dignísimos. Porque en esa segunda mitad de los años veinte, cuando surgió en la gran pantalla, el machito tuvo la suerte de pasar por las manos de dos de los hombres más importantes del cinematógrafo entendido como arte: F. W. Murnau y Frank Borzage, nada menos. Porque su unión profesional con la señorita Janet Gaynor en doce filmes los elevó a ambos a rangos estelares como antes pocas veces se había visto. El nacimiento del star system tuvo en esta parejita ideal a dos de sus más importantes representantes. Porque Farrell de aquella fue un espejismo all american que si no llegó a cuajar fue tal vez porque no estaba de ser o porque, por el contrario, carecía de una cualidad extra o una cualidad concretísima para tan noble status. Esta fue, una virilidad a prueba de bomba. El actor estuvo a punto de conseguirlo pero ese prototipo no lo llegaría a culminar dejándole el puesto a un más oportuno Gary Cooper. Si Farrell era o no homosexual, si su matrimonio era un tándem crepuscular (simple paripé para el ocultamiento de unas apetencias impropias de un macho americano) es algo que se escaparía a las intenciones de mi artículo. Sólo sé que Cooper en eso fue intachable, modélico, independientemente de sus escarceos de madurez con starlettes fugaces (en cualquier caso, su representatividad en el alma del ciudadano americano ya habría alcanzado una solidez rayana en patente de corso. Y ante eso, ese mismo pueblo siempre supo perdonar). Cooper o el mismo James Stewart fueron esos epítomes desde los mil tropiezos de la vida, cómplices del New Deal sin más armas que la honradez y la integridad moral. No es raro que James Stewart fuera el protagonista del remake de El séptimo cielo, papel que había dado gran gloria al propio Farrell (pero hay que decir en su favor, que el original superaba con creces al de Stewart).
Volvamos al tema de su voz. Con la llegada del sonoro la de este actor se reveló bastante digna con respecto a lo que supondríamos que debería ser la voz de un galán. En cambio vemos el cine actual y hay voces que nos resultan imposibles, hasta desagradables por no hablar de las de nuestro cine español que está repletito de señores que o no se les escucha o no se les entiende bien. Pero sin remontarnos tan lejos en el tiempo, en los propios años cincuenta Brando era proverbial en su farfullez, algo que irritaba a los de la vieja escuela. Cosa comprensible, habían visto caer a tantos compañeros con la debacle del sonoro... La de Farrell ya digo que no era amanerada, era simplemente dulce. Como dulce y civilizada era su manera de desasilvestrar a una zagala Gaynor en la estupenda Lucky star (1929). Cuando la adiestraba en el uso del jabón o la vestía como una señorita llenándola de lazos, es algo que las víboras de Hollywood retuvieron en sus cerebros podridos con ánimo de desprestigiar al muchacho. Y era hermoso, era cortés. Su lado femenino estaba por encima del machismo imperante, del hombre-hombre. Y hacía de tullido, se sobreentiende que incapaz de satisfacer a hembra alguna. Encima, la Gaynor siempre se nos mostraba más enérgica y dominante en sus películas juntos (en su vida privada casó con el modisto Adrian, dando pisto a las pestosas).
Antes de tocar el Séptimo cielo del lado de su Gaynor, Farrell ya era un blandito. Pero no un alfeñique. Despertaba la admiración de las féminas por su belleza física. Tuvo la posibilidad de gozar de un larguísimo beefcake (mucho más largo que el más celebrado por los "entendidos" de The river) al principio de su carrera. Fue en la olvidada Old ironsides, en España estrenada como Trípoli (1926), aventuras navales de la marinería norteamericana en pugna contra los piratas italianos, con dirección del siempre impecable James Cruze y guión de una insólita Dorothy Arzner, cuya impronta puede ser la única causante de que en determinados pasajes veamos en el filme una respuesta comercialoide al Potemkin del ruso. Pues bien, Farrell se pasa la segunda mitad del metraje con el torso desnudo, en un ejemplo de exhibicionismo recalcitrante que, en su obcecación, sólo tendría similar en las cosas de Douglas Fairbanks, Valentino y Ramon Novarro. Como marinero con coleta es una enorme nenaza (pero ¡qué rica nena!). Hay planos tomado de espaldas portando una blusa con escote barca en la que podría ser perfectamente confundido con Dolores del Rio. El homoerotismo por culpa de él y, por encima de todo, del ambiente que le rodea, es superior al del filme de Eisenstein. El elemento femenino comme il faut está de más, eso viene a decirnos la escena romántica del beso mientras Farrell lleva a manos el timón. Justo cuando se inclina para besar a la chica (Esther Ralston) el barco a punto está de zozobrar. Y se arma una buena. Una mujer no pinta nada en un barco de rudos hombres, vendría a significar esto. Para homoerotismos de la virilidad auténtica deberíamos buscar antes en el marino Wallace Beery (pergeñando su prototipo de malo con buen corazón) y su eterno contrincante -pero amigo para siempre-; el de la peluca a lo Bette Davis y tatuaje en el pecho.

Cine para pasar el rato. Galanuras que pretenden nublar la pobreza de un papel. Las mejores interpretaciones de Farrell las encontramos en los films que realizó con los dos maestros antes citados. Con Murnau en City girl (1930) apareció silvánico y estupendamente fotografiado (el poeta teutón lo mimó mucho con la cámara, sabiendo sacar chispas de su irresistible sonrisa, cáscadas de pelo de su cabello negro azabache). Farrell parecía representar una imágen de hombre rural, idónea para lanzar una idea del pueblerino como garante de la pureza norteamericana. Recordemos que en The river (1929) de Borzage llevó ese bucolismo incontaminado hacia el terreno de la desnudez corporal. Pero es que previamente uno de sus principales papeles protagónicos ya lo preferían de leñador en sus cabañas, vistiendo en vaqueros y camisas a cuadros y a un paso del salvaje bosque (Clash of the wolves, vehículo para el lucimiento del perro Rin Tin Tin aqui transformado en lobo bueno). Al igual que George O'Brien, su trasplante a la gran ciudad era un reto frente a los mil entresijos que se agazapaban en medio de enormes rascacielos.
Borzage supo sacar de él muchos matices. No sólo se amoldaba bien a la comedia, también bordaba las escenas de amor y podía dar, de repente, un giro rotundo a su actuación para transformarse en despótico y cruel (siempre por un malentendido, que en seguida se resolvía para que aquello tuviese un happy end). En Lucky star además conmueve con su interpretación de parapléjico. Gracias a la facultad de Borzage para crear atmósferas teñidas por la fatalidad el melodramatismo de algunas secuencias algo forzadas supera el riesgo de la ridiculez. Y asi poco importó que de estar impedido pasase al final a sostenerse con una sola muleta, porque la razón era canónica: podía abrazar a su amada Gaynor (que volvía a él renunciando a una vida mejor económicamente pero horrible en lo sentimental).
Este director tan espiritual trasciende el bochorno del exceso de manera tan digna (tan creible) que resulta asombroso cómo sus películas siguen despertando comprensión y ternura. Tal vez la más perjudicada con el paso de los años sea Street angel (1928), pese a que en su tiempo gozó de enorme aceptación (la Gaynor por su interpretación fue recompensada con un oscar, uno de los primeros de la historia de la estatuilla). El drama de la mujer pobre que se ve arrastrada a la prostitución se mostraba de una manera muy liofilizada: practicamente la chica se limitaba a quedarse estática a la puerta de su casa a la espera de un hombre que le diese de comer. Sin embargo, su gran amor Farrell al descubrir tales deslices renegaba de ella hasta límites inconcebibles. La tensión emocional subía tanto que nuestra moral progresista nos alerta de que la reacción del galán estaría siendo desproporcionada. Y de que la solución es mucho más inadecuada: de cara al final se encuentran en una iglesita y la Gaynor lo convence de que en el fondo seguía siendo más virgen que la propia virgen que los miraba compasiva. Y, ante tan suprema testiga, Farrell le dio la bendición. Pero el espectador actual sabe que ni tanto ni tampoco. Prevalecería como la mejor cualidad de este título otra vez la atmósfera romántica, de brumas y pecados, de noche y sentimientos a flor de piel. En muchos aspectos, se adelantaba a El puente de Waterloo.
Uno de los últimos trabajos para Borzage fue After tomorrow (1932), película sólo recordable por un momento de intimidad que deriva en forcejeo sin malicia alguna (como cuando Kate y Cary Grant jugaban en los divanes decó) y que gracias a la planificación de la escena adquiría matices eróticos típicos del pre code (la madre de Marie Nixon se los encontraba caídos del sofá y sin parar un momento de manosearse).
En cambio, la estrella de Farrell ya de aquella estaba apagándose. El relevo de la nueva generación lo desplazó por completo. Y el supo retirase en seguida de aquello. Como dato curioso, señalamos que fue durante un tiempo alcalde de Palm Springs, uno de los padres fundadores de esa comunidad californiana. Ah, y que de jovencito quedó algo sordo, debido un accidente durante el rodaje de uno de sus primeros filmes (Old Ironsides).

2 comentarios:

Louella dijo...

¡Qué guapérrimo! ¡Y qué envidia...! Ser CENSURADA... Lo que YO siempre he querido ser toda la vida. En algunos tugurios me han sugerido amablemente que cierre la puerta por fuera, pero eso de que a una le nieguen el saludo... Ah, qué maravilla. Usted lo ha conseguido. Me quito el sombretito y me lo como.

maciste II dijo...

A mi me ha costado casi cincuenta meses. Pero ya lo he conseguido. Dudoso reputacionado. Habrase visto. Yo creo que fue o su Lang o mi Filomeno. Entre les deux mon coeur balançe...