26 febrero 2009

SEMANA ESPECIAL Divitas porteñas (primera parte)

3. PAULINA SINGERMAN (1911-1984)

Cabello rubio fascio
Ella es la comedia frívola, pizpireta y maricona de una época fascio total. Su reinado fue breve: poco más de cinco años, entre 1939 y 1944. Es decir, lo que duró la segunda gran guerra. Es por eso que en mi fantasía conserva una pátina de elemento evasivo identificable con los filmes alemanes e italianos y sus comedias de teléfonos blancos. Recuerdo que si en Alemania triunfaba en tesituras semejantes Lillian Harvey, en Italia lo hacía Assia Noris. Ambas rubias, sofisticadas, alocadas y cantarinas. Argentina tuvo a Paulina Singerman (que bien pudiera ser apellido teutón, sino fuera porque tenía antecedentes rusos). Fue en ese sentido la más radical en sus propuestas, pues no bien el nazismo sucumbió (terminando en el exilio argentino, en muchos casos) ella desapareció de la gran pantalla. Su cetro lo recogería con todos los honores la gran Mirtha Legrand, que hizo más carrera en papeles muy parecidos.
No puedo enjuiciar la obra completa de la Singerman por el hecho de no haber visto más que una mínima parte de sus triunfos, en especial La rubia del camino (su debut) e Isabelita (1940). Pero atendiendo a los títulos restantes bien podríamos asegurar que siempre se ajustó al prototipo antes perfilado y que convendría desarrollar, aunque sea brevemente. Caprichosa y millonaria (1940), Noche de bodas (1942) o Hay que casar a Paulina (1944) insistirían una y otra vez en esa imágen de niña rica y caprichosa, que abomina de la chusma (el pueblo, que dicho por ella llevaría tantas mayúsculas como retintínes) y que por el amor -que surge de imprevisto y en cualquier parte- es capaz de rebajarse a ese "pueblo" sin caérsele los anillos por ello. Romanticismo de tebeo de chicas en flor. Paulina es el mito de la Cenicienta a la inversa. Del "todo" pasa a codearse con la "nada", descubriendo de paso un mundo acotado (a ella, que sólo pisaba alfombras) y en el que abunda la diversión, la falta de pudor y la sinceridad (más allá de la hipocresía característica de las altas esferas burguesas).

Realismo oculto en pieles y rasos
Manuel Romero fue quien la dirigió más veces. Este director posee un curriculum de comedias estimables. Su fino instinto para retratar de manera rápida y un poco esquemática los distintos nucleos sociales del Buenos Aires de los años cuarenta constituyen hoy en día uno de los valores más seguros de sus filmes, en tanto que testimoniales de una realidad. Nunca denunciatorios, es evidente. Lo mismo que en las comedias de Orduña o Lazaga o en las historietas de la Bruguera se brega con una visión amable pero en modo alguno ficticia. Y sus patrones a seguir, se mueven siempre en la modernidad del cine internacional más exportado (que fue, huelga decirlo, el norteamericano). Sobre todo, Isabelita es lo más parecido a un vivaz reflejo de una screwball comedy, muy en la línea de un Howard Hawks o un Preston Sturges. La parte final es irresistible, en todos los sentidos. El espectador actual queda desarmado por el nonsense, el absurdo y la cursilería que es constante pero jamás molesta. Es más, la cursileria de las comedias sofisticadas porteñas es droga dura no bien le echemos un poco de humor, distanciación y altanería queer. Comprenderemos así que una burguesita que aspire a la seudo modernidad de la clase media siempre será remilgada a su pesar, siempre estará deseosa de echar una canita al aire en alguna boite para mucamas o zamparse una pizza en alguna trattoria infestada de emigrantes.
Romero no es nunca crítico pero deja relucir que a ningún proletario, por mucho orgullo que tenga y por mucho desprecio que muestre frente al explotador (al que por regla general tilda de parásito) le gusta, en masoquista modo, la pobreza (es más, todos los varones de la clase trabajadora, porque las criaditas resultan más pasivas y abnegadas, quieren ocupar el puesto de sus amos. No destruir un sistema, sino invertirlo). En Isabelita el hermano de la mucama de Paulina desprecia a los ricos, pero cuando llega la hora de divertirse opta por hacerlo en una sala de fiestas donde van los señores. Por un lado, se abomina de sus costumbres y por otro se toman sus vicios como modelos a imitar en cuanto hay pesos en el bolsillo.
¿El resto?. Un cuento para niñas, no muy alejado estéticamente de los tebeos de Florita o los posteriores de Claro de luna. Frivolidad extrema, historia rosácea y lujo desusado que aseguran ad aeternam una adhesión del publico marica. Y Paulina debería ser la santa patrona de todos los gays argentinos o no, de cualquier edad.

Diálogos con pluma
Hay diálogos increibles en ambos filmes. Por ejemplo, en Una rubia en el camino Paulina, que se llama Isabel Costa Reina pero que prefiere que la llamen Betty (que es más pijo), se ha fugado de casa porque su novio la engaña. Ella acaba de flirtear por despecho con un conde viejo, más feo que Picio y se venga del novio anunciando su boda con el conde en cuestión durante una fiesta. Pero se achanta y pone pies en polvorosa. En su escapada la recoge un camionero, alto y fuerte (Fernando Borel) que la lleva a cenar con los suyos (está medio liado con la humilde Sabina Olmos). Y Paulina, que al principio es reacia a sentarse a comer con la plebe, finalmente se encapricha del gañán al verlo enamoriscado de la otra. Su intención es que la lleve a la ciudad esa misma noche. Y esa misma noche, durante el trayecto, ella le lanza el hechizo de amor. Fernando Borel se llama Julián. Y a Julián lo presenta en casa de sus padres, delante de sus pretendientes. Todos se quedan mudos. Es natural, el cambio de la chica ha sido radical. Y ella misma lo reconoce. La pinta de Julián desentona con la elegancia rancia de los otros. Asi pues, comienza el proceso de convertirlo en un verdadero gigoló. Lo trajea, lo manicurea y le corta el pelo. Ya hecho un pincel lo presenta en sociedad como quien presenta a una mascota lamecoños. Sus amigas protagonizan un diálogo irresistible:

- Oh, que galán -dice una


- Qué regio -dice otra


- Parece Tarzán -ex
clama la primera

- ¿Cómo se llama, querida?


- Julián -contesta Paulina


- Oh qué feo, Julián. ¿Por qué no le ponés Julie?


- Venga Julián un día por el club, a dar unas brazadas en la piscina -comenta el único varón del grupo, presumiblemente gay


También en Isabelita existe una escena entre un grupo de amigas que cuchichean en torno a las acciones de Paulina, que es de antología. Ella ha bajado a codearse con la servidumbre (otro desengaño con un muñeco de la alta sociedad, of course) y se encuentra en una boite junto a su admirador (el antes citado hermano de la sirvienta Sofía Bozán) que le acaba de regalar unos discretos zorros que luce ahora por los hombros. La han captado desde una mesa contígua las amigas de Isabelita (que en realidad se llama Alcira García Méndez). Esto comentan las pitucas viboronas:

- Oh, qué horror. ¿Qué hace Alcira rodeada de la servidumbre?

- No lo puedo cre
er... Es una de sus excentricidades, seguro

- ¿Y se han fijado en los zorros que lleva sobre el cuello?


- Si ella los lleva es por que se han puesto de moda


- No son zorros, creo que es conejo -replica el varón del grupo, posiblemente gay


Al día siguiente aparecerán todas en la casa de Isabelita la rica con zorros horribles para que se los toquen.


Apoteósis que crearán escuela
(y una insensatez)
Y las réplicas perladas se suceden sin parar. Isabelita es abandonada por este humilde jóven (que además es pianista y compositor) y se compromete con el ricachón al que no ama. Antes de casarse, una noche que van la pebeta y su novio en coche, de pronto, ella le pide al chofer que detenga el auto. Se baja y entra en la pizzeria donde un día cenó con su amor verdadero. El italiano de turno le envuelve una pizza de anchoas y ella entra en el auto de nuevo. Entonces su pretendiente le pregunta que qué es lo que hay en el paquete. Al decirle que se trata de una pizza le obliga a tirar esa porquería inmediatamente. Isabelita, que viste un vestido de noche a lo Jean Arthur y va envisonada de blanco a lo Carole Lombard, responde con enorme emoción abrazada a la pizza: Ni hablar. Es el último recuerdo que me queda de mi juventud.
Y, por supuesto, otro descacharrante momento es el de los instantes previos a la boda, con Isabelita ya engalanada de novia pero con cara de viuda. Antes de abandonar la habitación agarra del armario los zorros del pobre y se los pone al cuello. Su madre reincide en el tema de las porquerías, tirándoselos sin más contemplaciones por la ventana como quien tira un trozo de mierda.
El final del filme está a la altura de lo anterior. La marcha nupcial es interpretada por el humilde músico que amó y que ignoraba que se tratase del enlace de la muchacha. Al darse cuenta de lo que está sucediendo cambia la tonada por otra más reconocible, más personal (por la canción Isabelita que él mismo le compuso en su día).
Este detalle lo recogería exactamente igual Alberto de Zavalía para la apoteósis de La doctora quiere tangos (1949), ahora con Mirtha Legrand como la rubia protagonista del dislate. Si bien esto es paradigmático de la personalidad que impuso en su momento Paulina Singerman en el cine sofisticado de su país también es cierto que la imitación no partiría tanto de un modelo nacional como de cualquier comedia alocada de la era Roosevelt, fuente de inspiración soberana para todo director con ínfulas de evadir a un pueblo -embelesado con el artificio- de una realidad que los superaba en total inercia. Pero el transplante falló cuando se utilizó a Capra como referencia clave para Elvira Fernández, vendedora de tienda (1942). Y falló mucho pues no había nada más ridículo que una Paulina transformada en un John Doe pésimamente trazado. Problemas de un guión estúpido que aún asi no pisaba freno, sacando a masas enfervorecidas con pancartas, reclamando las fuerzas vivas la presencia de una tránsfuga protagonista convertida de la noche a la mañana en el sueño sublimado de toda una colectividad obrera. Pero ¿para qué?. Si en el fondo, Paulina seguía siendo la misma, la burguesita rica, monstruo femenino que quería divertirse un poco haciéndose pasar durante una única jornada por la empleada humilde de los grandes almacenes que dirige su papá. No importa que ella viniese de Norteamerica trayendo ideas de una nueva mujer, con la igualdad de los sexos por bandera, incomodada por las atenciones excesivas de una familia que la seguía tratando como ser frágil e inferior por naturaleza. No prima el modelo Katharine Hepburn, porque cuando ella se queja de una situación reaccionaria que la denigra como ser humano lo hace con la misma convicción con la que antes se molestaba por el escaso vestuario que disponía para lucir en un weekend. Capra está en mente, pero la mente no da para más. La crítica bienintencionada de la sociedad consumista que todo lo devora (opúsculo capriano) es sustituido por el tema rosáceo de la hija que oculta su travesura en casa (a esto se le añadieron canciones cursis, himnos nada castrenses a la heroina popular, diálogos maricas, para que el cine nacional se note). La pureza confundida con lo superficial. Egoismo de pituca que, pese a sus alardes de compresión, no intentará insinuar la menor mejora de unas estructuras sociales que siempre la beneficiarán. Sonroja ver a huelguistas coqueteando con una ideología comunista, proletarias disfrazadas de clase media con aspiraciones aristocráticas, lanzando consignas de un Lenin pasado por la sensibilidad de la revista Para ti. En definitiva, la tal Elvirita se parecía más a la Mecha Ortiz de Mujeres que trabajan que a una amazona sin espada. Habría que pensar, pues, que el cine argentino, independientemente de esa conmovedora pero imposible voluntad de parecerse a lo mejor, no supo muy bien qué hacer con su star system, siendo las más de las veces sus estrellas intercambiables, sus roles identicos los unos de los otros (no sólo de manera individualizada, sino entre ellas). Un error que a la larga provocaría la crisis total de principios de los años cincuenta.


continuará mañana con...
MIRTHA LEGRAND

2 comentarios:

Francisco dijo...

Felicitaciones por este artículo sobre Paulina Singerman, que fue mi actriz favorita desde que era chico, cuando mi viejo me llevó a verla en teatro en "Esposa último modelo", a la que después siguieron "Catalina, no me llores" y "Ah, si yo fuera rica", todas en el viejo Teatro Apolo. Después siguieron muchas más, pero mi objetivo era sólo felicitarte, y darte fuerzas para seguir, porque todo lo que escribís, es muy bueno

Valeria dijo...

Te quiero felicitar por el artículo. Paulina Singerman fue una grande, una de las mejores actrices cómicas de su época.Todavía me hacen reir sus peliculas, tenía un talento muy especial.
Desde ya muchas gracias por escribirlo y por recordarla.