24 febrero 2009

SEMANA ESPECIAL Divitas porteñas (primera parte)

1. LIBERTAD LAMARQUE (1908-2000)

Auténtica
Pertenece a la raza de artistas que comenzaron a demostrar sus facultades desde bien niños. Sus padres en cambio no eran del gremio, únicamente el patriarca durante su juventud había sido acróbata. De su Rosario natal, la pequeña de seis hermanos se trasladó junto a toda su familia a Buenos Aires y allí empezó a forjarse la leyenda. Una de las más imponentes que ha dado Argentina en el siglo XX. Se dice que en el tango hubo un rey y una reina. Ya hablamos ayer de ambos. El era Carlos Gardel, la reina fue ella, independientemente de cómo se la reconociera (la llamaron "la novia de America" y ya en su madurez Doña Liber). Sin embargo su coloratura vocal, su poderosa voz hicieron mucho por no delimitarla a un estilo concreto. Bien es verdad que como interprete de tangos fue la más celebrada aunque le faltase ese arrastre dramático, malevo, pernicioso que tal vez supo dar mejor una Tita o en la era de Piazzola la enorme Rinaldi o Mercedes Sosa, por ejemplo. Su delicadeza adorablemente cursi brillaba de una manera especial en los valses y en el repertorio lírico que nunca dejó de frecuentar en sus películas. Libertad podía haber sido una respuesta porteña a la Jeanette McDonald de los gorgoritos eternos. Estuvo en esa dicotomía siempre. El público argentino y luego mexicano la adoró sin plantearse en ningún momento en donde se podría mostrar mejor aquella gran facultad canora. Posiblemente era una discusión peregrina dada la versatilidad de la que siempre hicieron gala las damas de la canción. En el terreno operístico bien es cierto que Libertad debió afrontar la inevitable concesión al fácil consumo, aquel que la quería mejor delante de un aria masticable para la masa antes que con una más rebuscada o compleja. Igual que miss McDonald, igual que Deanna Durbin o Gloria Jean. Igual que Mario Lanza, cuyo nombre aún hoy en día nos puede despertar la admiración. Pero...
Lo importante en Libertad es haber forjado una leyenda a través del duro trabajo, continuado y agotador. Trabajo que rozaba el perfeccionismo las más de las veces. Bien en el teatro Maipo bien en los platós. Su imagen pública era intachable. Casó muy jovencita, tuvo una única hija y siguió trabajando hasta su muerte relativamente reciente. También es lógico que por debajo de esa imágen de perenne mimosa, de eterna dulzura y antañona elegancia haya dado al siglo potines suculentos que ella se encargó de desmentir al llegar la hora de escribir sus memorias. Y su altercado con Eva Duarte, la Evita mito, la de la caridad y demás epítetos tan sagrados para los argentinos como imposibles para una mentalidad mongo, fue de los que hicieron época. En intensidad y morbo a la altura de los lances eróticos de una Marlene hacia Imperio Argentina. De hecho, todas fueron mujeres imponentes, compartieron época y, a lo mejor, una soireé en un hotel de lujo. Damas de las que ya no hay.
Libertad negó en esas memorias que hubiese abofeteado a la inminente señora de Perón por haberse sentado en su silla de descanso, en el sentido de que sólo un culo de una verdadera estrella podía descansar alli. Dejaría abierto el ostracismo, por no hablar de boicot a la que le sometió el gobierno dictatorial. El mismo que la dejaba sin contratos para actuar en la Argentina o sin ofertas cinematográficas. Si bien los más conciliadores prefieren hablar de una situación general que partía de una escasez de celuloide dada la pobreza de medios del país, hay declaraciones de otras artistas importantes del momento (como la incombustible Catita) que llegaron a afirmar que habían notado por entonces cosas raras en el ambiente.
Sea como fuere, Libertad había entregado a los argentinos durante dos décadas (antes de su llegada a Mexico) todo un enorme legado de éxitos y de repercusión social como para que ningún dignatario bruto pudiera acabar con tamaño tesoro. Al parecer el corazón del argentino fue siempre tan, tan enorme que en el cabían doña Liber y don Juan Domingo pero, sobre todo, Santa Evita de los Desamparados.

Entre el tango y el delirio
La carrera cinematográfica de Libertad arranca en 1930, la era del art decó y del auge del tango. Una de sus primeras películas es precisamente una exaltación del baile que se titulaba, para no darle más vueltas, Tango! (1933. Luis Moglia Barth). Este filme hoy en día sólo tiene un valor arqueológico (e histórico, fue la primera película sonora). El cine sonoro se estaba implantando muy mal, el celuloide es cochambroso a más no poder y, aun por encima, la línea narrativa peca de deficiente. A la juvenil Liber se la emparejaba en el reparto con la otra grande, Tita Merello, pero en ningún momento ellas dos se tropezaron en ninguna secuencia. Secuencias que iban muy mal hilvanadas y que, a través de numerosas estrofas escritas sobre la imágen, pretendían ir dando paso a una historia ad hoc. Lo que importaría de Tango! es que ya estaban perfilándose los roles de estas dos diferentes damas. Asi Tita era una cantante de cafetucho bonaerense, amante de algún rufián, se supone que pecadora y, por ende, idónea para que brotasen de sus labios los achares de alguna milonga sentimental. Por otro lado, Libertad iba elegantísima, su mundo no amenazaba en ningún momento con naufragar pues viajaba en los más lujosos transatlánticos, allí donde cantaría para animar a los tripulantes distinguidos un vals embrujador bajo la lunita de nácar.
Libertad era artista en la mayoría de sus películas. En Besos brujos (1937. José A. Ferreyra) nos la vendían cabaretera, mujer de conducta dudosa para la burguesía capitalina por el mero hecho de actuar en cafés concert. Y, en cambio, la vimos entonces y parecía una emperatriz decó. Estaba enamorada de su galán de bigotillo fino, pero la familia de él no la quería de nuera por lo que antes comenté. Además el jóven ya se había comprometido con una pituca de la alta sociedad. Y aunque la chica (más cursi que un guante) se ponía histérica, el seguía amando en el camerino a Libertad. La otra despechada se presentaba delante de la cantante inventándose un embarazo para que así Liber lo dejase en paz. Ante semejante revelación, ella rompía su vínculo sentimental con el pollo pera. Y aqui empezaba lo alucinante. El folletín desmadrado made in Lamarque sin frenos ni cortapisas ni sentido del ridículo. Si hasta entonces parecía que estuviesemos asistiendo a una vulgar versión de La usurpadora de John M. Stahl, lo que vino a continuación fue un delirio Dietrich/von Sternberg con primitivismos tarzanescos de la mejor Vivienne Segal. Y es que Liber era vendida en subasta a un grasiento admirador que la raptaba de su alcoba llevándola forzada a la selva. Alli, en una choza, la retuvo lo que quiso. Era un hombre con sentimientos y le intuímos ternura (trasunto de cualquier Wallace Beery) pero demasiado rudo para que Libertad, que venía de un mundo de champán y ramos de rosas rojas lo tragase de buenas a primeras. Además ese entorno era tan hostil... ¡Si se le aparecían cocodrilos a la puerta del hogar!. La verdad es que esos momentos son sublimes para los que apreciamos el camp extremo y el humor involuntario. Porque ella se asustaba a la mínima de cambio por cualquier cosa que se moviese a su alrededor (¡hasta por una rana!). Vestida de tarzana guardó un parecido físico con aquella Ave del paraíso de apellido Del Río, dama con la que curiosamente terminaría trabajando en más de una ocasión. Sus temores por la fauna salvaje no le cohibieron a la hora de darse un baño desnuda en el lago. Mientras ella descubría la fauna indómita con ojos de aterrada, su amado, que la estuvo buscando por cielo y tierra, rondaba por la zona. Pero al mozo le picaba una serpiente. Lo rescataba el secuestrador y lo llevaba a la choza. Libertad no reparaba en quien podía ser ese hombre tumbado boca abajo. Vio que había caballo disponible y emprendía la huida. El galán se restablecía y confesaba sus intenciones. El otro se daba cuenta de que esa mujer a la que buscaba era Libertad. Y ella regresaba por que se había iniciado una tormenta de órdago. Y se hacía la dura pues lo que quería es que el fulano salvase a su amado del veneno de la serpiente con sus remedios. Y se hablaban cantando. Es un filme totalmente reivindicable. Uno de los ejemplos de cómo no habría que etiquetar a esta estrella de reina de la lágrima, simplemente. Porque también hizo muchas de sonrisa irónica y cómplice.

Risas y lágrimas
Tal vez la más representativa de los años treinta fue Madreselva (1938. Luis César Amadori). Es una película que me recuerda mucho a Loca por la música de Deanna Durbin. Posiblemente la tuvo presente este director tan cosmopolita cuando decidió que Libertad podía ascender desde un mísero teatrillo de marionetas a los más grandes palacios de la Opera con tesón y golpes de suerte. El tópico de la artista triunfadora pero sufriente de amores aqui se cumplió según las leyes del dramón de toda la vida. Incluía una de las escenas finales más kitsch de la historia del género: cuando cantaba el Chanson d'amour desde lo alto del altar de la iglesia ante una pareja de contrayentes y que no eran otros que su gran e imposible amor y su propia hermana. Lamarque con un enorme ramo de flores y entornando los ojos al cielo se habría transmutado en la Madre de Dios.
Puerta cerrada (1938) fue otro gran hit Lamarque. La historia se ajustaba completamente al estilo masoquista extremo de la dama, que aquí se presentaba saliendo de la cárcel de viejita por un crimen que decía no cometió. Vimos que era necesario un flashback que pusiese luz a aquel misterio y que, de resultas, le permitía salir guapa y demasiado juvenil para recordar aquellos años del ayer. Y, por supuesto, artista de variedades finas, cantando cuplés de pícara puritana. Se casaba con un hombre que le salía malevo, la dejaba preñada y luego la abandonaba. Regresaba con muy malas intenciones y ella en un forcejeo de pistola lo mataba accidentalmente. El hermano, que había intervenido en el asunto, la ayudaba a escapar pero la policia en seguida la detenía, siendo culpada del crimen. Le caían veinte años y doscientas lágrimas. Cuando salía ya peinaba canas Sono Film. Su única intención era ver a su hijo, buen mozo y mejor estudiante que vivía en una casa enorme de gente bien. El problema de la penitente ahora era su hermano, en malas compañías. A Liber la rodeaba la mafia impía, el bajo fondo más tango, y el amor de madre fue confundido con la codicia de la plata. Moría en los brazos de su retoño, creyéndola la mejor amiga de quien le dio el ser.
Parece que Puerta cerrada (cuyo momento cumbre sigue siendo la interpretación del tango titular) sea una anticipación del I figli non si vendono (1952. Mario Bonnard), donde Lea Padovani se enfrentaba a calamidades casi idénticas. Hay diferencias, claro. Y todas favorecen a la italiana. En aquella se aprovechaban mucho mejor (hasta agotarlos) los resortes folletinescos de las relaciones materno- filiales (multiplicadas por dos y hasta por tres, con los sadomasoquismos de la ex reclusa con el hijo que quiere recuperar, de la madrastra con el hijo adoptado, o las del vástago con su propio bastardo); en la argentina, que la precede, se perdían tantas perlas en una serie de sucesos de temática negra que dejaban muy forzada la angustia sentimental (aún con todo, y como no podría ser de otra manera, angustia insoportable, exacervada, de mil lagrimones y me quedo corto, pues sólo asi se podía justificar en el tercer mundo tanta maternidad repudiada y "fuera de la ley").
Siguieron los melodramas (por utilizar un eufemismo) y, de pronto, las comedias alocadas al estilo Hollywood (por utilizar un término piadoso). Entre estas últimas debemos considerar a Eclipse de sol (1943. Luis Saslavsky) como otra gema de su filmografía argentina. Ella era Sol y era Sol porque además era rubia. Pero nunca supimos que quiso hacer en concreto con el color de su pelo. Porque se ponía pelucas morenas y luego volvía al pelo natural (que estaba claro que no lo era). La trama partía de una serie de equívocos amorosos. Hermanos que querían a unas hermanas, Libertad que era regia pero se hacía pasar por mucama en la residencia de sus pretendientes para complicar la situación... Y el final feliz pero loco como en las screwball comedies de Sturges o Capra. Y hay que decir que en lo frívolo estaba sencillamente adorable.
Volvió al drama en El fin de la noche (1944. Alberto de Zavalia), si bien sin tantos excesos, lo que la beneficiaba grandemente. Resplandeció su belleza serena en lo que pretendía ser una recreación de la Francia ocupada de entonces. Se trataba de lanzar un mensaje de esperanza, casi roselliniano, sin ningun interés por ahondar en la llaga. Y por eso mismo, sin mencionar un sólo instante al tema nazi, como no podía ser más lógico dada la realidad política de la Argentina. Libertad hacía de cantante sudamericana esperando a que le diesen pasaporte (nos dejó dos grandes perlas, Cuesta abajo y Uno) y, por eso mismo, se veía arrastrada al duro oficio de espía (o colaboracionista) debiendo abandonar a su hijita y separarse de su amor clandestino (un simpatizante de la Resistencia). Para los amantes de la llantina contó con dos escenas prototípicas del mito: la separación de la hija y la muerte final (de una finura encomiable). Por lo demás, tópicos y más tópicos, con muy poca acción para el barullo que se respiraba en el ambiente y mucho salvoconducto y cínicos con mal acento francés -onda Casablanca- como para que nos lo tomáramos demasiado en serio.
La sutileza a lo Ingrid Bergman no debió ser lo que los fans esperaban de su diva porque en seguida recuperó toda la sangría del folletín en
Cabalgata del circo (1945. Mario Soffici), título importante de su filmografía puesto que fue aqui donde tropezó con la problemática Eva Duarte. Su partenaire era Hugo del Carril y todo giraba alrededor de las carpas circenses. Soffici tuvo un buen momento para lucirse en las secuencias de exteriores con los carromatos atravesando los caminos de dios. Sin embargo, la película abusaba en demasía de lo sentimentaloide. Y, en cambio, no hubo pasiones desaforadas como exigiría todo filme ambientado en el circo. Se salvaba por lo inverosimil de algunos detalles. Lamarque podía igual ser una compañera de un lanzador de cuchillos como ecuyére. Y como sea que siempre debía escalar posiciones en el estrellato de las variedades, la veíamos en la segunda mitad del metraje como gran cantante en teatros regios. Otro rasgo inverosimil fue el maquillaje al que se sometieron Hugo y ella cuando pasaban los años y asistían al estreno de la película de su vida que interpretaban...¡sus propios hijos!.

En tierra no muy extraña
Pronto llegó el autoexilio en tierras mexicanas y el debut no pudo ser más prometedor. Gran casino (1947) la iba a emparejar con la máxima estrella masculina del país (Jorge Negrete) mientras que Luis Buñuel abordaba la dirección. Pero la película no gustó. El artista aragonés trabajó a disgusto con unos artistas que se le habían impuesto y, encima, sin poder introducir toques personales. Era una película de encargo. El fracaso en taquilla lo hundió en un silencio de tres años. En cambio, Lamarque y Negrete siguieron imbatibles... y cada uno por su lado. El cine mexicano tuvo el gran acierto en unas cuantas ocasiones de dotar al mito Lamarque de una pátina de neurosis que, además de enriquecerlo psicológicamente (y, por descontado, sin faltarle jamás al respeto), dio instantes excelentes de melodrama enloquecido. Lo era mucho Si volvieras a mí (1954) pese a los contínuos fallos y trampas del guión. Crevenna apostó por el grand guignol antes de Aldrich, gracias a sus maneras para el género de terror y enfocó con Luz de gas la máscara lacrimosa de una diva que nunca antes ni después se pareció tanto a la Norma Shearer de The women sin por ello dejar de ser ella misma. Otra vez pura bondad que no podía augurar nada bueno. Terminaba siendo altamente nociva dentro de su propio entorno familiar, adoptando semblante y actos de repulsiva villana frente a una Silvia Pinal en su papel de amante del marido (se llamaba Lidia Kane porque Elsa Bannister ya había habido una) o de su propia hija (de insólita ambiguedad gracias a estar atontada con las hechuras de Fernando Casanova). Se respiraba una atmósfera malsana, una mórbida transgresión que no cundía del todo por obligaciones lógicas para con un público que no requería más que poder llorar a gusto con el mito. Así vimos que al final triunfaba el orden familiar con el estúpido marido regresando al lecho conyugal y dejando de ser un ente ridículo (ventajas del macho de sienes plateadas), con la hija abandonando los venenos de las obleas y curando a la madrecita querida, con la amante que agoniza de un balazo comprendiendo que no hay adulterios perfectos si la oficial es una paranoica de los sentimientos capaz de acabar con todas las otras del folletin latino que se le interpongan en su camino.
Retornó a asuntos más livianos con la compañia artística de muchos cantantes patrios, de vozarrones imponentes, charros de oro como Pedro Infante con quien rodó la agradable comedia Escuela de música (1955), donde era maestra de conservatorio y salía al principio feucha y vestida de negro (al parecer estas profesoras son tan austeras en su indumentaria como cualquier dominica). En seguida reaccionó vistos los problemas económicos y se soltaba la melena en el sentido más respetuoso de la palabra. Cambió la severidad del atuendo por los vestidos de noche, más en consonancia a cómo vestían las directoras de orquestas de señoritas. Y su rivalidad con Infante era espléndida, a pesar de la obstinación de este macho en hacerle la competencia a Mantequilla o Resortes. Mas cuando entonaba cualquier canción los resultados eran asombrosos. Ambos pudieron lucir su versatilidad en números diferentes pero con el denominador común del tropicalismo. Tal vez la apoteósis fuese su interpretación a dúo y ¡en portugués! del célebre Brasil de Ary Barroso. Y no cayó Historia de un amor porque la dama la reservaba como remate del filme del mismo título que dirigiría Roberto Gavaldón tan sólo un año más tarde.
En realidad, esta Historia se parecía sospechosamente a la Serenata nostálgica (1941. George Stevens) de Irene Dunne. Es decir, evocación con algo de comedia y mucho de drama (como la vida misma) del pasado de la protagonista a través de los discos de su colección. En el caso de Liber, se sirvió de un disco (cantado por ella, que para algo era cantante afamada) y luego de diferentes objetos que decoraban el elegante salón de su residencia. El resultado fue un algo indigesto conglomerado de anécdotas entre el griterío humorístico del mariachi y el dramón tercermundista, deja vús al compás de mucha canción latina. Y si en el clásico la elegante miss Dunne las pasaba canutas para conseguir la custodia de aquella niña (no digamos cuando la pequeña moría), aquí hubo más de lo mismo pero a lo bruto.
La mujer que no tuvo infancia (1957. Tito Davison) fue otra comedia que la emparejó con el otro gran intérprete masculino de la cinematografía mexicana. Ni más ni menos que Pedro Armendáriz que llegaba al proceso de frivolización máximo al atreverse a bailar ¡un rock and roll! vestido de noche en una sala de fiestas. Aquello fue tan insólito como desconcertante era el tema del film: el caso de esquizofrenia de Liber que la llevaban a sufrir ataques de personalidad donde retornaba mentalmente a la niñez. Por eso que todo el repertorio musical se construyese en base a este hecho surrealístico-sonrojante (baste con ver a doña Liber jugando a las muñecas en una reunión de abogados para que me entiendan), sonando muchas melodías infantiles. Salvaron el embolado, en última instancia, la veteranía de los titulares y ese ambiente sofisticado tan reconfortante del D.F. de los años 50.
Pero estas concesiones al musical ligero fueron excepciones en una lista copiosa de títulos folletinescos, a cual más tópico e inmundo. La estrella estaba perfectamente integrada en el star system azteca y jamás desmereció en papeles que bien podían haber sido interpretados por figuras nacionales de la talla de Marga López o Dolores del Río, especialistas en la materia. Además siempre la permitieron cantar melodías porteñas, incluyéndose en su repertorio cantables que rememoraban su gran pasado.
Entre todas las porquerías que realizó en aquellos años críticos, yo me quedo con El pecado de una madre (1959. Alfonso Corona Blake) junto a la diosa del Río. Porque aparte de enfrentarlas en un mano a mano total, nos la ofrecían por primera vez en el rol de "la otra", de la querida de un hombre casado. Ni que decir tiene que esa condición la llevaba sin asomo de vicio y voluptuosidad. Ante todo, con mucho dolor de madre. Y para que no nos quedaran dudas el elemento masculino de ese trío moría en un accidente de coche tan pronto comenzaba el filme. En el coche también iba ella que quedaba parapléjica y con un hijo fruto de sus amores con el difunto al que ya no podía mantener. Para hacerlo se presentaba en el hospital la mujer por ley, Dolores, tan reina como siempre y, tras los lagrimones de rigor, Libertad le dejaba que se lo llevara.
El caso es que pasados los años, nuestra homenajeada, que por supuesto había sido cantante, volvía a caminar (Corona Blake fue un magnífico director de cine fantástico, y aqui se nota) y con una suma de dinero que le ofrecía el hospital (ella nunca pudo pagar) retornaba a Mexico en busca de su hijo. El pequeñín ya era todo un pimpollo que seguía los pasos de su madre auténtica (el creía que era Dolores) en el mundo de la canción. Libertad llegaba a la mansión de la otra pero Dolores le pedía por favor que sellase sus labios por el bien del inocente. La argentina aceptaba con resignación el asunto pero, como buena masoca, iba a pedir trabajo en el cabaret donde actuaba aquel. Manteniendo ese vínculo afectivo en lo incógnito trababa contacto con el jóven aunque inmiscuyéndose cada vez más en asuntos relacionados con lo sentimental. Finalmente el chico se enteraba de antíguos adulterios del padre por un recorte de prensa y Libertad se marchaba derrotada. Terminaba actuando en un teatrillo de mala muerte, avejentada y con la mínima salud. Dolores, atormentada por el peso de su silencio, admitía ante el muchacho que Libertad era su verdadera madre y no solamente la amante de su difunto padre. Entonces ambos iban a verla (ella siempre cantaba Recordar por su masoquismo crónico, como la Del Rio era edípica) y tras decirse las verdades ella moría en sus brazos. Y la Del Rio miraba hacia atrás con lágrimas en los ojos pero con la satisfacción del deber cumplido, ese que la quitaba para lo que le quedase de vida la cruz de una mala conciencia.
Es decir, el folletín puro y duro. Reminiscencia de otros del estilo surgidos en Italia. Cuan preferibles estos subproductos a los actuales culebrones televisivos.

De vuelta
Y en ellos siguió, incluyendo un escarceo interatlántico con España junto al niño Joselito (Bello recuerdo. 1961) y que volvía a representar a una artista retirada y profesora de música. Cantaba La cieguita al niño prodigio, que no era su hijo sino un huérfanito (as usual) de familia rica. En 1967 volvió a Argentina en beauté con un gran éxito del teatro musical: Hello Dolly. De todas formas el cine de su país ya había cambiado mucho, encontrando refugio en la televisión. Asi actuó en muchos programas musicales y aceptando trabajar en el nuevo formato de los culebrones de marras, que recuperaban para mal la fórmula clásica de los antiguos folletines. Durante el rodaje de uno de tantos le sobrevino la muerte, siendo sustituida por la también magnífica (y muy experta) Silvia Pinal.
Con el nuevo siglo, Libertad se iba para siempre, como si su reino en realidad hubiese sólo podido pertenecer al que llenó de manera excelsa con sus trinos y gorjeos. Los mismos que registró en la casa discográfica Regal en la que estuvo contratada prácticamente a título vitalicio. Escuchada su voz o vistas sus interpretaciones más ligeras (es una opinión mía) me reafirmo en la idea de que la artista permanecerá eterna en el recuerdo de sus admiradores pase el tiempo que pase.


continuará mañana con
TITA MERELLO

1 comentario:

Francisco dijo...

¡ Felicitaciones por el blog!El artículo sobre LIBERTAD LAMARQUE "La Novia de América" es magnífico. Ella será inolvidable en el recuerdo de todo su público que la amó y la seguirá amando, a pesar de las prohibiciones ocultas. Gracias por recordarla.