19 febrero 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

PIEL DE LOBO de Manuel Gago y Juan Antonio De Laiglesia (1959. Ed. Maga)



Cuando en 1980 la Editorial Valenciana sacaba del letargo de dos décadas a Piel de lobo, era consciente de que dicha empresa tenía mucho de agradecimiento, de obligatorio pero poco acertado homenaje póstumo al dibujante que otrora diese tantas ganancias a la editorial. Manuel Gago moría ese mismo año habiendo pasado los últimos de su vida en aquella editora que lo vio nacer. Concretamente retomando las historias del personaje que le hizo más célebre: El Guerrero del Antifaz. Y decía que nada acertada fue este repesca del entrañable indiecito rubio porque aunque se volvía al guión original ya no estaba su dibujante imponiendo su estilo eficaz y sobrio. La incorporación del color nada hizo olvidar a aquellos cuadernillos apaisados en blanco y negro de finales de los cincuenta.
Y eso que Piel de lobo constituía en la fecha de su primera publicación (1959) una vuelta de tuerca de otras ideas abocadas al éxito fulminante, siendo la más obvia Purk, el hombre de piedra (1950-57), viaje a la Prehistoria de inolvidable recuerdo para los escolares de esa década. Cuando parió a Purk Gago ya vivía un ritmo frenético de trabajo, consiguiendo multiplicarse con publicaciones en diferentes editoriales. Como la propia Maga, fundada por él mismo junto a su padre. Y será en Maga donde Manuel se traslade otra vez a mundos de animales prehistóricos, aportando una imaginación desbordante a la hora del trazo y las líneas expresivas. Amén de lo que se le deba a un nivel de guión a su compañero Juan Antonio De Laiglesia. Que fue mucho.

Si hemos de hilar fino, entonces habría que decir que Piel de lobo debe su génesis como personaje al mito de Tarzan aderezado con incrustraciones rocosas de un Conan típico de los Weird Tales. El arranque de la saga es el mismo, independientemente de que ambas influencias también convergieran entre sí en los años treinta. Un niño que ante el ataque bárbaro es arrebatado de los brazos maternos, y aunque la madre no muere deberá llevar el peso dificil de vivir años sin saber del paradero de su hijo. El pequeño será educado por lobos, de ahí su peculiar aullido para alertar a sus fieles protectores selváticos siendo pimpollo. La acción se desarrolla en un tiempo y lugares inciertos pero es de suponer que la época de las invasiones bárbaras y vikingas estaban muy próximas en los mapas cronológicos que manejaban en la mesa de redacción los autores.
De nuevo como en tantos casos más, la fantasía asienta sus reales por encima de cualquier cuestión historicista. Y la amalgama de estilos se apoderan de una trama con intenciones aviesas: las de conseguir un puro enganche del lector. Lo terrorífico es particularmente inolvidable, sobre todo en todo lo que atañe al fenómeno vampírico (la aparición de Vultur de Górgona es grandiosa). Pero más aún lo será el inquietante capítulo en que el protagonista es embrujado hasta el punto que muta sus comportamientos en los de un antropófago (en realidad reacciona como lobo que es, pero al no transformarse fisicamente el significado es puramente canibalista). A punto está de devorar a la bella (y amada) huerfanita Luana.
A la rubiez de ambos (Tristán con su Isolda, no sabemos si de un Fort apache o del Walhalla) se contrapondrían los cabellos negros de la efímera princesa Irga. Ni que decir tiene que en la versión posterior de la Ed.Valenciana estas mujercitas castas se volvieron despampanantes con sus escotazos de vértigo y su muslamen al aire, aunque conservando la pureza (y en el caso de la isóldica Luana, por doble motivo).

Piel de Lobo
en realidad se llamaba Taim, y había nacido en el reino de las montañas de Ul. Hijo de Yargo y Ada, será separado de estos cuando los hombres osos de Tanako (de la ciudad Lacustre) invadan su territorio. El símbolo conservado sobre su cuello (el totem de Ul hecho con marfil de mamut) a lo largo de los años ayudará a esos padres a descubrirlo en toda su plenitud física. Justo cuando lo vemos adolescente rubio como el oro, sobre un caballo blanco inmaculado y con los únicos arreos de un taparrabos y un arco con sus flechas que le tapan parcialmente el apolíneo torso. Ese adolescente de actitudes salvajes pero de rostro igualito a Romy Schneider (de alguna manera era una Schneider tan salvaje como la real, que luego se refinó junto a Visconti y Chanel) desconfiará de las revelaciones de sus padres auténticos y seguirá viviendo en las ruinas de un santuario abandonado al lado de los adoptivos: la loba nodriza Burma y el anciano mago Garú.
Además ha salvado a Luana de una muerte segura y desde entonces son completamente inseparables. Esta historia de amor no es fundamental, nunca lo han sido estos asuntos en los tebeos para chicos en tanto que la acción y la fantasía ininterrumpidas prevalecen con todos los derechos del mundo frente a lo sentimental. Infinidad de animales antediluvianos (ictiosaurios, brontosaurios...), seres mitológicos (centauros, unicornios, cíclopes, faunos...) o directamente salidos de la imaginación de sus fabricantes (hombres topos, peces lagarto, hombres oso, reptiles gigantes) cumplirán con la misión de enriquecer la trama principal ayudando o estorsionando, según los casos, al muchacho. Un héroe desnudo que siempre vence en buena lid con las solas armas de su pericia y puntería con el arco.












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