03 febrero 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA


EL HIJO DEL CAPITAN CORAJE
de Sesén y Giralt (Ed. Toray, 1959)






La editorial Toray fue a finales de los cincuenta una de las más empecinadas en mantener un tipo de apartheid educativo en sus tebeos. Por un lado los niños tenían bien ocupado su interés en Hazañas bélicas (uno de los mayores éxitos de esta casa) y por otro las niñas eran bien surtidas en tebeos sentimentales del estilo Guendalina, Serenata, Rosas blancas. Asi pues un Boixcar vs. María Pascual fue un sinsentido en una editorial sujeta a un sistema de valores estratificador y asqueroso.
Asi las cosas, frente a la belicosidad de las gestas supremas de Hazañas, encontraríamos intentos frustrados de éxito con aventureros semi desnudos de nombres Tamar (seudo Tarzanito inolvidable) o este Capitán Junior que si no llega a pirata (como El espadachín enmascarado o El hijo de las galeras) es porque los actos de bondad se dirimían mejor en tierra firme (y eso que era un magnífico buceador). Se entiende que la acción se desarrollaba en el siglo XIX.

Capitán Junior es como tantos héroes un hombre que busca justicia, tal vez no sed de venganza (en eso sus propios enemigos, que tienen más que callar, resultan más obcecados) pero sí reclamar a pecho y espada el buen nombre de su padre muerto (el capitán Coraje, duque de Fardelys y conde de Marisa, con doble personalidad en tanto que el tópico de moda exigía héroes ocultos por un antifaz zorresco). Junior reclama dignificar a su padre, recuperar el trono que se le usurpó. Su estampa es todo lo impactante que requiere un valiente así: es hermoso, fuerte, de configuración apolínea. Y va semidesnudo. Su torso es espléndido y sin vello ninguno, como corresponde a todo as civilizado.Tan sólo cubre su decencia un pantalón de malla y una capa corta que le taparía por detrás hasta donde la espalda pierde su casto nombre (a la comodidad del atuendo se uniría la infalibilidad erótica del mismo).
Y para su misión no está solo. Con el van dos personajes rudos y primarios, físicamente opuestos. Uno se llama Magritas (enorme, con perilla, poco aseado, teme al agua); el otro, un larguirucho algo blandengue y torpe que responde al apelativo de Grandullón. A estos dos se le sumarán el bárbaro Gwuller, de piel oscura (aunque no negro) y con reminiscencias de un Cónan visto desde el peplum y no desde la Marvel.
Consecuentemente los malos son gentuza viciosa, fea y desalmada, atildados pero ridículos. Adictos al rapé y a la peluca de tirabuzones. Es de sospechar que en eses mundos imaginarios, los negativos de turno oculten en el fondo sangre francesa. El marqués de Quer, desde la corte de Tridonia desea la muerte de Junior. De manera clandestina ha organizado una sociedad secreta llamada La mota verde. Sus planes pasan por conquistar todos los reinos habidos y por haber. Ni que decir tiene que a esas alturas el tebeo adquiere unos tonos fantásticos que ensombrecen cuantos toques realistas (o más bien, históricos) pretendiera su guionista imprimirles. Hombres filosos, murciélagos gigantescos, la autoirónica referencia a El hombre invisible (era el año en que la televisión inglesa lanzó la serie basada en la creación de H.G.Wells, lo que le permitia al dibujante Giralt con la ayuda de Sesén de efectuar chistes privados y recursos sólo vehiculizables desde el medio en cuestión y a propósito de la propia técnica) ; y, en fin, las consabidas cámaras de torturas, pasadizos secretos infinitos que acaban en inundaciones de hielo hirviente... Mil y un detalles vistos en otros lugares, con otros protagonistas pero siempre con idénticos fines: los de poner en riesgo supremo la vida del protagonista principal.

El papel de la mujer en esta obra es lamentable. La rubia Elsa de Montroyal, vestida a lo Milady de Wynter siendo buena, se limita a lo que otras damas del tebeo: estar permanentemente asustada, a merced de los villanos y, una vez rescatada por el héroe, admitir su debilidad pero no su inutilidad total pues sabe que en la cocina del barco puede ser práctica (lo que, aún asi, algunos maliciosos pondríamos en duda, dada la cantidad de sirvientes que tendría en el palacio de donde salió regia y bien alimentada).
Por fortuna, la mediocridad del comic, donde las palabras llegan a repetirse unas detrás de las otras en una misma nube, lo que implica un grado de chapuza alarmante pero paradigmática de unos trabajos a contrareloj, se compensa con una paranoia de la "acción por la acción" que alcanza a reducir los cuadros a lo más elemental. En este aspecto, nunca el tebeo nativo se habría acercado tanto al sentido último del comic norteamericano y, de resultas, a su narrativa cinematográfica como con estos ejemplos de arte ínfimo y pobretón.
El hecho de que en el primer número el pimpollo ya debiera someterse al siempre gratificante suplicio del potro de torturas evidenciaría lo muy querido (y rentable) que era este juguete diabólico, ejemplo de subterfugios sadistas para lectores niños y para las calenturientas cabezas de nuestros guionistas y dibujantes.













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