03 febrero 2009

DIRIGIDO POR... FA. Vicky Cristina Barcelona (2008. Woody Allen)

Creemos en el amor (senil)


Es tan flojita la última película de Woody Allen (bueno, en su caso siempre hay que hablar de la penúltima) que no me apetece escribir más de dos líneas. Pero luego me embalo y...
El cine de este señor ya hace tiempo que me dejó de llevar a las salas de estreno, única manera de acercarme a estos lugares donde tampoco antaño fui muy feliz. Ahora con Internet, donde he conseguido toda su obra mejor me voy conformando, enterándome de las inquietudes y propuestas de este director que se va haciendo viejo de la manera más tortuosa que pueda existir: filmándola sin pudor y, como si dijéramos, en directo. Falta de ideas, guiones endebles, rodajes a todo correr, tratamientos de espacios y personajes tirando a viejo (pero más viejo en edad que el propio Allen) y con poca gracia, que es lo peor. Los personajes siguen haciendo referencias a sus psiquiatras, hablan por un tubo pero ya todo es grimoso, sin sustancia ni profundidad. Esa manera de encontrarse feliz con la última chica guapa de Hollywood debería competer a los dominios privados del artista y no inmiscuirse en su obra. A no ser (y debe de ser, siempre lo fue) que ese artista también salga en la película.
Javier Bardem es Woody Allen con menos años y con otro tipo de fealdad. La suya, la del español, es una fealdad a la francesa, parece cualquier galán anodino de la era Miterrand. Y hace de artista bohemio y mujeriego. Y encima español ¿a lo Picasso?. Lástima que a este pintor no le gusten las bellezas cubistas y las prefiera standards. Que se fije en las hembras por pares es lo de menos. Dentro del mozo se halla el don juan que todo latino lleva dentro. Porque lo de él son los tríos, la relación sentimental perfecta. Pero sin los compartimentos estancos de esposo-mujer-amante. Los tres amantes, revueltos y a lo loco. Sólo que los demás siempre deberán ser hembras.
Y las elegidas son dos turistas norteamericanas (Vicky y Cristina, una morena y la otra rubia), de vacaciones en Barcelona, apasionadas del arte, universitarias e instruidas. El acababa de salir de una relación tormentosa con una suicida paranoica (la tambien pintora, aunque frustrada, que encarna Penelope Cruz). Les propone cama, y una (Vicky) se echa las manos a la cabeza mientras que la otra (Cristina) lo deja en suspense. Está bien claro que la más reacia a acostarse con Bardem va a ser la primera que se vaya al huerto (al jardín, en este caso). Y es una lástima que Allen coja esos derroteros hetero convencionales. Los que implicarían la puesta en escena de una fantasía archiconocida. La de que la más dificil va a terminar cayendo. O que en el interior de las más frías siempre hay un volcán. Reaparece Penélope (cuando el otro estaba conviviendo con la más "libre" Cristina) y la película cobra vida. Ella no es que esté excelente (me parece escandaloso que la hayan nominado a un Oscar por lo que hace), es que el resto están tan insoportables que no es difícil que levante el ánimo con un papel cargado de absurdo y disparate.
Y pese a ello, Allen nos conduce a las esferas más lógicas del eterno cine de amores por triplicado, es decir: al menáge a trois. Lo presentimos. Y que en el cine no haya sorpresas y muchos presentimientos ya sería bastante sintomático de crisis, de dejar la profesión y retirarse. Pero Allen acierta al no querer hacernos a nosotros las vícimas de su obviedad, sino de darle la sorpresa a uno de los personajes de la historia (y que además es secundario, el novio de Vicky). Ahí revela inteligencia el judío, salva la papeleta con dignidad. Adquiriendo la película a partir de su última media hora un tono de comedia absurda, como en sus regulares tiempos, con el apoyo de una hippiosa Cruz que aparece y desaparece pero que condiciona al resto de unos personajes que se siguen debatiendo entre el conformismo del matrimonio (Vicky), las dudas existenciales pero con el amor por bandera (Cristina) y la simple devoción a las musas caprichosas y al nabo, más caprichoso aún (Bardem).

El tratamiento que da Allen de España (Barcelona y Oviedo, principalmente) es inaudito. Entre la España de la pandereta y Creemos en el amor de Jean Negulesco. La utilización repetitiva de Entre dos aguas de Paco de Lucia lo revela como un despaseé encantador (fuera de sus habituales querencias jazzys). El flamenco desde su óptica extra europea nos vuelve de nuevo como unos primitivos dueños del embrujo, a la altura de las músicas de los massai o de los cantos egipcios de Oum Kalsoum. Es decir, el respeto desde lo sobreseguro ante la falta de conocimientos (qué grande fue Mamoulian rebuscando entre el material de las minas e inéditos Lorcas para su Sangre y arena).
Que las protagonistas sean universitarias afectas al Arte exige que las localizaciones también se concentren en salas de exposiciones o a las puertas de un campus barcelonés. Pero, sinceramente, son ellas las que negarían sus propios personajes, con unas presencias físicas difíciles de asimilar en otros sitios que no sean un Studio 54 cualquiera. Y, por encima de cualquier snobismo habitual en Allen, insoportablemente reaccionarias en su manera de caer en las redes del macho español (será la confusión de la tierra extraña, como el reloj que se detiene en la casbah o la tramontana que obnuvila) y, aún más, al ponerse a buscar salidas a unas vidas que priorizan antes lo seudo sentimental a lo espiritual.

No hay comentarios: