16 febrero 2009

DELIRIOS SERIADOS

UNDERSEA KINGDOM (1936. Reeves Eason y Joseph Kane)

Es una perla de la memoria colectiva de un montón de abueletes norteamericanos. Lástima que el tiempo le haya hecho flaco favor a esta respuesta Republic del mucho más estimulante Flash Gordon de la Universal. Su revalorización actual admitiría muchas tragaderas que convendría poner en solfa en favor de ejemplos mejores. Ejemplos que los hubo, como veremos en esta misma serie. Undersea Kingdom ha envejecido mal no por que sus efectos especiales sean pobrísimos o porque su imaginería resulte ridícula. Undersea Kingdom está mal porque la emoción no se produce casi nunca, porque sus trampas se solucionan de una manera muy cortante y sosa, porque la acumulación de batallitas consigue empachar hasta el punto de mostrarse reiterantes y desabridas. Algo de estos males también aporta el guión. El chicle- trama es minúsculo, de sabor muy temporal y es alargado innecesariamente sin ir aportando entre medias aspectos que logren ya no apasionar, tan sólo mantenernos cómodos en nuestras butacas ante las peripecias del héroe y sus villanos.
La claustrofilia del serial contradice la esencia de un argumento que toma un paraíso tan inabarcable como la Atlántida como ubicación principal. Esas grutas, esos bosques, esos sets interiores los hemos visto infinidad de veces en otros Republics. El proceso de mitificación de ese reino sumergido no logra trascender su irrealidad por mucho que el adulto se sienta niño. Es sencillamente una frustrada abstracción.
Al menos hay detalles que mitigan tanto desastre. Uno de los aspectos más originales del serial radicaría en haber aunado con desigual fortuna tanto en su ambientación como en su código de signos elementos del pasado, presente y futuro y, de resultas, apostando por lo que es el mayor logro de sus fabricantes: el anacronismo. Por un lado, tanto el vestuario como ciertos accesorios, como la naturaleza de las gestas violentas provienen de un aquelarre a la Antiguedad (concretamente, la época romana), muy en boga con los desfases bíblicos de Cecil B. DeMille (Cleopatra, El signo de la cruz). Por otro lado, estaría ese presente en la maquinaria posiblemente recogida de documentales propagandistícos del poderío militar estadounidense (el mismo arsenal que desplegarán luego en la contienda mundial) y, por descontado, con el look de guardarropía de los personajes secundarios, digámosles, terrícolas. Y luego, estaría ese futuro, mezcla de Julio Verne y George Méliès, sin la inventiva de ninguno de ambos con los robots de hojalata, la pantalla reflectora, el submarino y el desintegrador... Con el atuendo plateado (su casco de penacho imposible) del propio héroe, que bebería antes de las influencias majestuosas de pretéritos gladiadores que de titanes siderales a lo Flash Gordon (y aún así, Flash Gordon sería antes un príncipe valiente del medievo al que se le hubiera subido lo ario-hitleriano a la cabeza, zona capilar).

Conservan esos detalles un valor, escaso pero valor al fin y al cabo, que todavía nos hace sonreir y regocijarnos. Aunque poco nos importen los actos locos, sin sentido, reiterantes hasta el hastío de villanos que no dan una y buenos que las dan todas. Incluso no nos afectarían las engañosas soluciones a los previos minutos finales (cliffhangers) pue sabemos que eso era moneda de cambio para todos los seriales de su época. Nos sobreponemos al dislate porque tambien Ray "Crash" Corrigan está eficaz, gallardo, mayestático. Su físico es tan imponente que no dudamos un minuto en que haya sido entrenado en las mejores palestras del fascio usaca. Tal que ahí se le sitúa en el primer capítulo: en un combate de wrestling en un gimnasio mientras va alimentando la imaginación mitomaníaca del pequeño hijo del científico que lo contempla embelesado y oculto en una tarima. Alevín de hitlerjünge que se pasa el serial disfrazado de boy scout por no poder llevar svástica en la solapa (la culminación del prototipo sería Terry Lee y unos cuantos legionarios de pantalón corto más, ya en plena guerra). Pequeño actor que, sin embargo, es superior en fuerza y astucia con respecto a la chica de turno, sencillamente porque aunque infante es del género masculino, mientras que ella como fémina se debe contentar con esperar al último episodio para respirar tranquila su inoperancia y para que su héroe la estreche entre sus brazos comprensivo en tanto que su reposo (aunque sin efusiones, pues el crío acecha disfrazado de robot, que eso la asusta). A lo largo de la aventura, vemos que esta jóven no es nada coqueta pues no se cambia de traje sastre ni de sombrerito ad hoc ni una sóla vez (tampoco lo haría en un futuro Nyoka con su indumentaria de exploradora, pero al menos a Nyoka le entendíamos el despiste pues tenía más cosas en las que pensar). La invalidez del sexo femenino en Undersea Kingdom es escandalosa cuando atisbamos ligeros ninguneos ante la damita, cuando ni siquiera Crash Corrigan se permite el esfuerzo de salvarla de morir intoxicada por un gas letal. Será el propio niño el que lo haga, dejando su inferioridad más en evidencia si cabe. Las armas de una mujercita cuyo profesión es la de redactora de un periódico y que se nos vende como energetic (como energetic también lo es Crash) se limitarán a ser las de dar muestras de enfado, desesperación, histerismo, iniciar discusiones con los tiranos de esa Atlántida de peluche y, todo lo más, plantearles razonamientos muy escuetos, en su versión diplomática que, por descontado, jamás surtirán efecto, porque para solucionarse los entuertos en el serial nunca cupieron los discursos buenrrollistas del New Deal sino la astucia militar, los puños, la acción física, en suma. Es el triunfo de la velocidad, entendida como espectáculo de masas. No en vano, en la famosa carrera de cuádrigas de Ben Hur las determinaciones las dictaba la furia con la que el auriga castigaba con la fusta al caballo domeñado. Y el ejemplo que acabo de poner ya vemos que no es del todo inapropiado, si reincidimos en el hecho de que Undersea Kingdom bebe constantemente de una imaginería sacada del viejo Imperio (la guardia de los respectivos tiranos se saludan a la romana, independientemente de que unos vayan de negro y los otros de blanco). No me extrañaría que gran parte del material se hubiese aprovechado de lo que le sobró a DeMille en los títulos antes citados. En cualquier caso, si hubo novedad y transgresión a partir de una copia suprema esta sería como mucho que en una misma cuádriga del serial cabrían Ben Hur y Mesala. Asi vemos más de una vez a Crash compartiendo este tipo de vehículo con un compañero de su tripulación, tan fornido y apuesto como él. Ignoro si Gore Vidal conoció el detalle cuando amariconó la versión de Charlton Heston o si se limitó a ser "mala" empalmándose con la novela original o fantaseando con la leyenda urbana de Ramon Novarro al redactar sus diálogos.

Conmueve ver a los villanos en acción, vestidos de faraones de mardi grass atacando a Crash con catapultas medievales o lanzando misiles desde huecos de torreones cuya velocidad de propulsión es tan chusca que siempre pensamos que van a caerles en el propio recinto. Y entre los malos, un Lon Chaney Jr. antes de dejar de afeitarse (El hombre lobo), cuando era un todoterreno de la baratura incapaz de desprenderse de esa expresión de asco innata, como de estarnos confesando "quiero ser más que mi padre y me estoy pasando la vida en estos fregaos".

Es evidente que Undersea Kingdom no logró superar en calidad y medios a su competidor Flash Gordon, como mucho lo igualó en el corazón de los críos que la vieron en su estreno, como decía al principio. Sí que es verdad que Corrigan trascendió en la profesión, anotándose una carrera prolífica, siempre en el género de aventuras. Nada más merecido, pues su torso y sus muslos en nada tenían que envidiar a los de Larry Buster Crabbe. Su magnífica anatomía tan idónea para "filmes de acción" ya la había ponderado un hombre tan exquisito como Cedric Gibbons cuando lo eligió como saltador de lianas en Tarzan the ape man, la primera cinta de Weissmuller. Era su doble en empresa semejante. El mozarrón que en un principio había sido tratado por el maravilloso culturista Bernarr McFadden (Ray acudió a este egregio atleta para que le corrigiera un problema dorsal), acabó entrenando con él y aleccionando en lo sucesivo a un montón de estrellas de la Metro en el gimnasio de la productora.
Finalmente decir que Undersea Kingdom fue rescatada en 1966 en formato largometraje para ser emitida por televisión. Durante cien minutos los hijos de los que la vieron cuando eran niños pudieron degustar las escasas bondades de un serial que tal vez en esa versión reducida habría tenido mayor justificación. Es por eso que en algunas copias en DVD venga incluida en la colección de TV Classics, aunque respetando la estructura de serial en doce capítulos.



VEAN DENTRO DE DOS LUNES

ROBINSON CRUSOE ON CLIPPER ISLAND
(1936. Ray Taylor y Mack V. Wright)

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