09 febrero 2009

DELIRIOS SERIADOS

THE PERILS OF PAULINE (1933. Ray Taylor)

Difícil papeleta la de la novata Evelyn Knapp, sustituir a la reina de los seriales mudos Pearl White en este remake de los años treinta. No importaba que fuera rubia y menudita como la original. Hacía falta mucho más. Y Evelyn no andaba muy sobrada de virtudes. Lo más notorio era su nulidad como acróbata. Hay que recordar que antes de que Pearl White entrase a trabajar para Louis Gasnier en Pauline y Los misterios de Nueva York había sido ecuyére en un circo ambulante y caballista en algunos westerns anteriores a 1910. Y de que no era una desconocida para los espectadores norteamericanos. Evelyn en cambio sí lo era. Y pese a que su papel no implicaría para ninguna actriz el manejo de unos conocimientos interpretativos supremos, al menos la elegida debería adecuarse a unas elementales condiciones físicas parecidas a las de cualquier atleta al uso. Los heroes y heroinas de todo serial normalmente eran interpretados por actores sacados de las palestras y no del templo de Talía. Afortunadamente, esta Pauline no cae casi nunca en el ridículo (su gorrito sólo es simpático; a no ser su debilidad por lanzar grititos con sonido a cafetera a presión, muy buenos para probar los límites del invento del sonido -al que contribuyeron muchas scream queens de su época- pero algo indignos al provenir éstos de la heredera de una soberana tan autosuficiente) puesto que la preponderancia del personaje no sería mayor a la de sus partenaires y, sobre todo, a unos movimientos de masas que parecen arrastrados por el mal de san Vito. Se echaría en falta, en última instancia, todos los peligros que sufría Perla Blanca en ambientes ferroviarios (luchando encima de un vagón, su clásica imágen atada sobre los railes de tren) que en 1914 hicieron aullar a un sin fin de admiradores de la dama muda. Pero como sea que veinte años más tarde había mayor urgencia por presentar ambientes exóticos antes que entregarse a las posibilidades vertiginosas de un maquinismo propio de una sociedad fascinada por los últimos inventos mecánicos, la nueva Pauline se hizo viajera de ultramar, con grandes paradas en las junglas infestadas de alimañas de pieles preciosas (básicamente tigres y leopardos). De los trenes sólo quedaría la alusión para nostálgicos en los títulos de crédito.
El culto a los viajes, las expediciones y la arqueología comenzaron a ser un recurso obsesivo para todos los artesanos hollywoodienses que practicaban el género de aventuras. Aunque no sólo estos, también en el terror fue indispensable toda vez que la momia Im-ho-tep cobró vida bajo los vendajes más glamourosos diseñados por la Universal. Y con Evelyn también hubo atisbos de momias andantes, sólo que bajo un punto de vista tan cómico que parecía estarse anunciando la degradación del género terrorífico de finales de esa misma década.

En doce capítulos apasionantes, la meliflua heroína viaja de la China a Borneo, pasando por la India y acabando en Nueva York. Itinerario suntuoso para lo que en realidad era una sucesión de paisajes falsos rodados, como mucho, en algún lugar de Sudamerica. La justificación de todo era encontrar la otra parte de una tabla en la cual aparecía la fórmula completa de un nocivo gas toxico capaz de aniquilar a la humanidad. Pauline era la hija de un profesor anciano que deseaba poner a buen recaudo tan espantoso invento, fuera del alcance de cualquier desaprensivo. Pero es sabido que sin desaprensivos no existiría el suspense. En ellos radica buena parte del atractivo del serial. Y más si estos se presentan bajo aspectos físicos desagradables. Aqui el malo era el doctor Bashan (el insustituible John Davidson) caracterizado con rasgos orientales bastante extraños, rodeado de una cohorte de ayudantes de su misma especie. Perfectamente inútiles, conservan eso sí una increible facultad para perseguir por medio mundo a nuestra heroína, aunque nunca logren sus intenciones. Son una mezcla de Scarface y Fu Manchú que tienen nuestra simpatia debido a su inoperancia.
Y pese a todo, Pauline y sus amigos (con ese galán maravilloso que es Craig Reynolds que en el espléndido capítulo séptimo está inolvidable de smoking blanco y peinado a los años treinta) están siempre al borde de la muerte porque los nativos procuran defenderse de los intrusos de muy malas mañas (sin capacidad de razonamiento cuando se trata de los negros más negros que ustedes se puedan imaginar), porque en las selvas las bestias pardas están a pie de rama (aunque según discurren los planos del ataque sus tamaños van menguando hasta acabar transformándose en gatitos que se arrojan a los brazos de la chica), porque en el interior de los túneles, subterráneos y grutas las mil trampas están activadas y a la espera de un paso en falso.
Todos estos detalles son los que dan realmente vida autónoma a esta nueva versión. Que es original en el sentido de que no sólo Pauline se somete al peligro, también hay personajes secundarios que las pasan canutas (seres ajenos a la trama, tal vez víctimas de un tirano local) o las pequeñas victorias de Pauline que acaban con su dominación temporal sobre el doctor Bashan.

Además contiene momentos de una espectacularidad inusitada. En el primero y en el último de los capítulos la destrucción del templo por las bombas y el gran incendio del edificio del cual deben arrojarse al vacío Pauline y compañero si no quieren perecer abrasados (primero y último respectivamente) son proverbiales en este sentido, aunque habría que suponer que se tuvo que recurrir al archivo de la productora, recurso infalible para abaratar costes. Sea como fuere ambos momentos conservan aún la emoción del peligro, la tensión del caos.
Pero probablemente mis momentos favoritos se concentren en el séptimo y octavo. Su llegada a Borneo se plantea con un ritmo menos enloquecido, como si se tratara de crear una atmósfera de intriga más pausada, en la que cupiera el detalle y la insinuación. El juego de las miradas. La puesta en escena. Y es admirable. Todo sucede en un hotel restaurante para turistas con piscina exterior donde campan a sus anchas unos cuantos tiburones. En el restaurante los protagonistas conversan animosamente. Los malos están unas cuantas mesas más adelante y han contactado con una espía que deberá de encargarse de robarle a Pauline la parte de la tabla del tesoro que guarda en el escote. Esta dama negra es inolvidable pero demasiado fugaz, aqui y en cualquier parte, como para que nadie se acuerde hoy de ella. Se llamaba Beulah Hutton y tenía una presencia majestuosa, morena, peinada con moño regio. El forcejeo entre ambas se produce no sin armar un buen revuelo que hará que aparezcan en la habitación los malos y la troupe de la chica, asi como algunos encargados del hotel. La lucha entre todos arrastra al grupo hasta el balcón donde al fondo se hallan los tiburones a la espera de que se rompan barandas. Y se rompen, cayendo Pauline y su mozo a ese vacío tan concurrido. Las escenas submarinas son fantásticas, mientras que la inevitable salvación de los héroes es tópica pero incapaz de ensombrecer todo el delirio previo al que nos sometió un director que nos estaba revelando, durante unos minutos tan sólo, su capacidad de crear una puesta en escena barroca y a la vez muy clásica.

Lo que fue después de Evelyn al término de este serial carece de importancia. No así su compañero Craig Reynolds que con diferentes nombres artísticos prosiguió en la serie B durante un par de decadas más. Y por encima de ambos, John Davidson que repitió villanías desde disfraces diversos en seriales míticos como los del Capitán América, el Capitán Maravillas, Dick Tracy, Charlie Chan o Mr. Moto y, cómo no, sin olvidarnos de su sinigual sumo sacerdote en Los peligros de Nyoka (1942).
Muy relacionado a Davidson se hallaría el director Ray Taylor pues juntos trabajaron en el serial Dick Tracy. Taylor empezó a rodar a finales del cine mudo con filmes de bajo presupuesto. Y en ese plan económico continuó la siguiente década. Suyos fueron los más memorables Chandús de Bela Lugosi, el inminente en esta colección Robinson Crusoe on clipper island (con Ray Mala), además de haber ayudado en la dirección de los diferentes Flash Gordon de Buster Crabbe. Por sólo mentar sus trabajos más representativos o digitalizables en la era del DVD.
En cuanto al personaje de Pauline, Hollywood insistiría directa o indirectamente en él a lo largo de su historia con desafortunados resultados. Betty Hutton se acercó a la figura de Pearl White en The perils of Pauline (1947. George Marshall) desde la caricatura, en lo que se pretendía un biopic de la actriz. El tono bufonesco y desagradablemente distanciador frustraría que se pudieran aproximar las nuevas generaciones de espectadores a las excelencias de la homenajeada. Por otra parte, la payasa Hutton no daba el pego ni por asomo. Esta respuesta femenina del insufrible Bob Hope estaba desubicada por completo en tanto que parecía haber salido directamente de una cocina americana para quedar atrapada sin transición sobre las vías de un tren que amenazaba con hacerla añicos (delantal incluido).
Treinta años más tarde los ingleses tomaron de Pauline el pretexto para una serie de locuras derivadas del original (fieras que atacan, caídas en precipicios, villanos acechantes...) en lo que era sin ningun género de dudas una consecuencia del tirón comercial de los filmes de James Bond, ahora con protagonista femenina en apuros (Pauline estaba interpretada por Pamela Austin y el filme lo dirigía Herbert B. Leonard). Lo que vendría a demostrar sutilmente que las claves del éxito del agente secreto de Fleming con más armas que nadie no excluirían su elasticidad para cambiarse de sexo. Y esto último sin incoherencias pues aquellas claves estaban sustentadas desde cimientos tan seguros como los que patentó en una lejana época la suprema Pearl White.


Vean el próximo lunes...

UNDERSEA KINGDOM (1936. B. Reeves Eason y Joseph Kane)

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

Pearl White against pirats