02 febrero 2009

DELIRIOS SERIADOS

0. Breve historia del serial (segunda parte)

El serial en el cine sonoro tiene tres etapas temáticas bien definidas. Tres etapas que bien podrían ser el planteamiento, el nudo y el desenlace de su propia historia interna con respecto al género cinematográfico de aventuras, del cual se nutre con descaro (como ya apuntamos en la primera parte de esta introducción). Por un lado, la del arranque, a principios de los treinta, con una dedicación casi exclusiva a lo selvático y el mundo de los exploradores (Trader Horn y Tarzan como patrones a seguir), llegándose a recurrir a las figuras de personas conocidas como el matrimonio Martin Johnson y Osa Leighty, cazadores en la vida real que protagonizaron Across the world with Mr. and Mrs. Martin Johnson (1930) o narrando historias autobiográficas en primera persona como Hunting tiger in India (1930. G. M. Dyott).
El nudo (o ecuador) entraría con el período de la segunda guerra mundial y el mensaje patriótico al que se acogerán no sólo los Supermen sino practicamente todos los ases de la acción barata (asi supimos que en los recónditos rincones de las junglas de plástico acechaban infinidad de colaboradores nazis o japoneses hijoputescos en tanto que para todos Africa era un fortin excelente para la consecución de sus fines). Será a principios de esa década nueva cuando la sociedad Universal abandone la producción de seriales pasándole el testigo a las más pequeñas de las majors (Columbia y Republic) que producirán cada año entre tres y cuatro (siendo uno de ellos reposición).
La tercera etapa será la de la decadencia, la de la falta de interés del público, pero también la de las ideas agotadas. Cuando el serial se va directamente a las galaxias más alucinantes, a los reinos de la ciencia ficción. Atrás quedarían los intentos de animar un subgénero con los recursos más variopintos: el western con vaquero cantarín (casi lo único que se aprovechó del invento del sonoro), o las reminiscencias del mito de la Atlántida, aunque en este caso como en muchos otros eran derivaciones que ya habían sido probadas con mejor efectividad en el cine mudo.

El cine mudo como tantas otras veces dejó todo atado y bien atado. Muchos actores de los años veinte se reintegraron con los mismos oficios en el invento del sonoro, algunos conservando estelaridad (Tim McCoy o Buck Jones) y otros relegados a papeles secundarios como el caballista William Desmond. Jack Mulhall (The social buccaneer. 1924) alcanzaría en el período de entreguerras protagonismo en filmes de directores no adscritos al serial como Frank Borzage. Pero en 1937 reapareció en el cine de episodios con la memorable Tim Tyler's Luck.
Tal vez la máxima estrella que dio el período sonoro fue Larry "Buster" Crabbe, un campeón de natación que había pasado su juventud en las Islas Hawaii. Este actor dio vida a dos de los personajes del comic más queridos por los norteamericanos, Flash Gordon y Buck Rogers, amén de ser un maravilloso Tarzan apócrifo y de su especialización en otro género típico USA como el western que lo circunscribirían como parte del folclore americano. El representó además un prototipo de belleza masculina que explicaría a la perfección los años treinta, década del culto al cuerpo en muchos paises civilizados. Pero a Buster Crabbe ya nos lo encontraremos en el capítulo dedicado a la creación de Alex Raymond, asi como en un inminente Sibaritas.
Deberíamos resaltar a John Wayne, otro actor venido del mudo que triunfó a principios de los treinta en el serial (Los tres mosqueteros del desierto, 1933), antes de que John Ford y Howard Hawks lo sacaran de esos ámbitos para introducirlo definitivamente en los capítulos de la historia del cine con mayúsculas. Habría que sumar a la lista de grandes estrellas que empezaron desde esas zonas bajas a Boris Karloff (King of the wild, 1931), George Brent (Lightning Warrior, 1931) o Ruth Roman (Jungle queen, 1941).
El caso Bela Lugosi es paradigmático de un empecinamiento desusado. Cuando tantos de sus compañeros habían abandonado la modalidad, él siguió apareciendo bajo los rasgos de un Chandú o en el recordado Sombras del barrio chino (1936).
Sin embargo los grandes realizadores ya habían dejado estas veleidades pasándose de todos modos a la serie B o complementos de programa. En los próximos lunes nombres como los de William Witney, Ray Taylor-L. Collins, Ford Beebe o Reeves Eason-Joseph Kane saldrán a relucir con todos los derechos del mundo.

Las compañías poseedoras de archivos intercalaban viejas películas en sus seriales. Esta táctica no sólo atañía a los más pobres sino que incluso el Flash Gordon de 1936 (uno de los más caros del sonoro) pegó escenas de La momia de Karl Freund asi como noticiarios de actualidades para abaratar costes. Otra forma de conseguir ganancias rápidas fue la costumbre de preparar filmes o bien en dos etapas o bien condensados (de seis a siete bobinas) reduciendo las múltiples aventuras a un must con destino a paises que no absorbian seriales. Asi el subgénero volvió a introducirse en los cines franceses en la década de los cuarenta. Los filmes condensados apenas duraban una hora con lo que ésto tenía de caótico, imposible de seguirse a un nivel narrativo.
Otra costumbre fue la de, según avanzaban los episodios, utilizar trozos enteros de episodios anteriores (casi siempre con la excusa del flashback). Con todo esto, se hace muy complicado deducir cuánto costaba un serial. Según fuentes, uno de la Columbia (alrededor de treinta bobinas) estaría entre los cien mil dolares.
En cuanto a las rentabilidades, ya entraríamos en el terreno de las entelequias directamente. El dinero que ofrecían las salas de cine a los seriales era de cincuenta dolares por episodio, pero si tenemos en cuenta la distribución en el extranjero (bien en formatos de proyección semanal, en dos tandas o de manera condensada) sería lícito pensar que los beneficios eran lo suficientemente altos para mantener unas producciones a razón de siete u ocho anuales.
La ayuda publicitaria en la propia prensa daría buenos resultados aún en 1953 al promocionar The lost Planet de tal forma (y como se reproduce en la Historia del cine de la editorial Salvat, 1979) : "El público acudirá semana tras semana a sus salas para conocer los secretos de la radio autonómica, del rayo hipnótico, del reactor del espacio, del platillo volante, del desintegrador térmico, del vibrador sónico, del cañón cósmico..." (The Motion Picture Herald).

En los próximos lunes nos aproximaremos a este fascinante universo cutre, plagadito de imaginación y copia, con diez ejemplos de seriales comprendidos entre los años treinta y mediados de los cuarenta. Elegidos según las apetencias personales de un servidor o por la razón de que estos son los que han podido llegar a mis manos desde mi faceta de buscador impenitente por esos mundos de dios, a veces tan peligrosos e insondables como los que nos proponían desde la pantalla artesanos suicidas. A todos los efectos, un trabajo de arqueología preparado desde el corazón, nunca desde la ambición por el oro típica de un explorador blanco.


continuará el próximo lunes con
LOS PELIGROS DE PAULINA (1933. Ray Taylor)

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