18 febrero 2009

BISUTERIA POP


CON BATILLA DE COLA
(copleras serie B, C, D....)
primera parte


Grande esta malagueña. Y que poca suerte tuvo, habida cuenta de que era hija de enormes artistas. Su padre, Luquitas de Marchena... su madre ¡la Niña de la Puebla!. Cantaba muy bonito y muy variados palos del flamenco, en especial las malagueñas (como no podía ser de otra manera). E hizo cine. Pero casi nada. Con Farina una, con Valderrama otra. Y con el Príncipe. Pero su padre, que era muy chapado a la antigua, no quería que la nena se dedicase a eso de los focos. Al parecer le prohibió que aceptara ser la protagonista de Un caballero andaluz (1954. Luis Lucia). Y no la protagonizó, claro. Que escogieron a quien escogieron. Dificil creerlo, pero eso cuenta a veces la Soto.


Siempre a la sombra de la hermana, Carmen Flores. Lo cual no es óbice para que esta señora siempre haya demostrado poseer personalidad y estilo. Que para algo lleva un apellido que marca a cualquiera. Lola siempre la quiso mucho, hasta el punto que se la llevaba de giras, hasta la metía con calzador en sus películas, aunque fuera en un papel minúsculo. Gozó de un repertorio propio justito y eso se notó bien a la hora de hacer balance. Al menos estrenó una copla maravillosa, de título Te he de querer mientras viva (corrían los años 50). También hizo suya La Malvarrosa, una más entre las mil heroínas magníficas que dio el género.



Incombustible Conchita Bautista, la de las mil caras y gestos, la de los mil estilos y modas. Teniendo en cuenta que su paso por las tablas comienza a principios de los cincuenta a nadie extrañará tantas metamorfosis y requiebros. Cantaba de todo, y todo muy bien: copla, saetas, sevillanas... Y el pop, claro. La rumba y el flamenco pop. Y en los setenta, lo ligero. Fue a Eurovision un par de veces y se trajo más lágrimas que triunfos. Poco importó. La Bautista siempre fue adorada por sus fans españoles. Y es que se dejaba querer. Todo simpatía.



Esta "hija de..." empezó a hacerse notar a finales de los sesenta con canciones que en nada aludían a la fiebre del coplerío faraónico y necrofílico que le pegó después. Ella iba de moderna pero elegante, sonido boite para canciones melódicas, hoy totalmente desfasadas. Un toque sexy, otro toque clásico (como de cupletista antigua) y a buscarse la vida... que no por ser "hija de..." ya tenía el terreno abonado. Además siempre fue más lista que el hambre. Y con una mirada de gorgona como para echarse a temblar. Lástima de un Pallavicini en su vida. Se conformó con un Oliveros, que ya es bastante.


Icono gay en su tiempo para mariquitas ahora otoñales. Encarnita tuvo también varias etapas. Antes de ser la representante en la Tierra del flamenco pop fue muchachita ye yé muy chic con querencias por la bossa nova y los slows. Estuvo en Italia, conoció a Modugno, vistió Courréges y a la vuelta lo vendieron tintorro y se volvió coplera moderna. Hasta la extenuación. Versionera y pelucona. Mientras, su marido Waitzman le ponía los cuernos y le hacía sufrir de muy mala manera. Recientemente salió en el "tomate" lanzando un S.O.S.: que la iban a deshauciar o algo así. ¿Quieren más?. Pues, estaba muy nerviosa; decía que necesitaba galas o sino tendría que vender todas sus pelucas. De lo contrario, se iba a encontrar patitas en la calle. Un horror.


Estrellita fue fugaz. La nacida en Palma tuvo su momento y lo aprovechó, allá en los años cincuenta del pasado siglo. Estrenó Campanera (que ya es estrenar) y batió records de ventas y de radiables de discos dedicados. Se hizo acompañar por el Trío Guadalajara y siguió esperando que algún maestro con pedigrí le compusiera algun éxito más. Asi Marino le escribió un par de perlas fifties: Que bonito es el querer y Manolo de mis amores. Cantó de las demás hasta que otras vinieron a sustituirla. Se retiró con sencillez, dejando una brisa sonora, un halo de dulzura en sus discos. No superó la década que la engendró.


Es un pecado calificar de serie B a una mujer que tuvo que ser serie A total. Porque cantaba mejor que ninguna (en el conservatorio quisieron hacer de ella una mezzosoprano), porque interpretaba lo dramático de forma espeluznante y porque tenía un estilo propio que bordaba y en el que nadie le llegaría a superar: los boleros aflamencados. El problema de Imperio de Triana (no confundir con Imperio Argentina ni con Gracia de Triana o Marife de Idem) y de otras buenas de la copla es que carecían de un repertorio propio. Se limitaban las más de las veces a redecorar lo ajeno, quizá superándolo pero encontrando de todos modos la indiferencia del crítico exigente. Gracias a los boleros alcanzó participar en Festivales de la Canción. Aunque el verdadero espaldarazo fue su colaboración con el maestro Quiroga que le creó el espectáculo El lirio de los deseos. Murió siendo aún relativamente jóven.
Es una de mis favoritas. Por sus capacidades interpretativas, su dignísimo segundo plano y -¡por qué no!- porque me gusta que se llamase en realidad Maria Dietta.


Poco sé de La Jerezana. Se supone que nació en Jerez y que destilaba sabores y aromas dignos del mejor vino de su tierra. Que haría vibrar en colmaos con los viejos éxitos que rescataba, sabiendo que eran infalibles. Asi en esta grabación para Discophon retomaba el clásico María de la O, reciente la revisión de Marifé. O A tu vera. Pero yo me quedo con un tema más recoleto, uno que cuando era veinteañero siempre ponía en mis sesiones dominicales matutinas: En la misa de doce. Una delicia de cha cha chá flamenco.
En la contraportada del disco se la promocionaba con las siguientes palabras: "Hace gala de su sensibilidad artística partiendo de la recia dulzura de un suspiro hasta el grito apasionado".



Otro nombre menor con excelsa portada de disco. Dejaba claro la misma que Julita Díaz, aunque no muy conocida, pertenecía en pretensiones estéticas al gremio de las folclóricas finas. Suntuoso kitsch y repertorio de no mucho relumbrón. Intérprete correcta y poco más. Su fugacidad en el género le impidió que le quedase el cuerpo de reinona.


continuará

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