20 febrero 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES (mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988)

Capítulo octavo


Hincando codos en la butaca de un cine

Mis bajones de ego era constantes. Acababa un novelón y me quedaba vacío y a la intemperie de nuevo. La cruda realidad me amenazaba con sus múltiples signos hostiles. Es definitorio que mi búsqueda de la verdad, de mi propia verdad -no la que los demás pretendían a hostias que fuese-, la encontrase en los templos. No me estoy refiriendo a los católicos, que de esos ya había profanado una
buena parte con mis semillas de maldad, sino a los del cine. Ya he dicho en más de una ocasión que los estrenos me solían dejar indiferente, que las oscarizadas muy triste y que las super millonarias super pobre de espíritu. Guiábame por la revista Fotogramas pero prestándole mayor atención a la sección de crítica televisiva (Belvedere aparte), pues si algo tenía la televisión socialista eran estupendos ciclos, manjares auténticos para los primeros poseedores de videocassete (que no era mi caso). Los templos a los que me refería eran, para ser precisos, un mini templo moderno y una catacumba (origen de todo, cimiento inseguro de una religión puro opio: el cine club Padre Feijoo, del que ya hablaré en un capítulo venidero).
Y muy cerca de casa se hallaba el primero de los santuarios. Desde un bajo pegado a unas galerias comerciales aquel cine, pequeño cine tuvo el arrojo de especializarse en la proyección de material minoritario, con preferencia por el cin
e europeo, asiático y del tercer mundo. No se pueden imaginar con qué satisfacción fue recibida la inauguración del local. Era, por descontado, uno de los primeros multicines que abrían en la región, con todas las comodidades e inconvenientes de los que hicieron gala este tipo de sitios. Los inconvenientes bien mirado eran pocos, y sólo afectaban a la remilgosa sensibilidad del cinéfilo ultra romántico (distinto de Maciste, más que nada por un asunto puramente generacional) de ver relegada a una pantalla de menor tamaño lo que en los templos comme il faut eran lienzos de plata kilométricos. Aforos inmensos que si no llegaban al colmo de la excentricidad como aquellos chinese theatres al menos poseían palcos, gallineros discretos, hermosos proscenios donde otrora alguna compañía de cómicos de la legua ofrecieron sus Benaventes con gran prestancia. Pero estos cines vetustos, hoy desaparecidos de la faz de mi tierra, ya no traían compañías de lo boulevardier, ni tan siquiera revistas, y sus pianos estaban mudos y corrompidos por la carcoma. Y ya no existía el blanco y negro (salvo cuando a Woody Allen o Coppola les daba el capricho). Curiosamente ahora el blanco y negro se había trasladado a los modernos micro clubs del sonido estereofónico, el sistema dolby y el aire acondicionado. Además las butacas estaban almohadilladas y parecían tronos. Y las programaciones eran tan poco comerciales que era imposible encontrarse a niñas chillonas o a pibines eructones al lado, especialistas en desviar la atención de lo que acontecía ante mis ojazos astigmáticos: que, al fin, ya era el milagro de la Revelación.
Pronto fui asíduo de estos nuevos vecinos, mucho más enriquecedores que los señores González o Piñeiro que me solían vigilar entre visillos desde el edificio de enfrente, a
lli donde vivían su mediocridad de clase media, cuando salía al balcón en bata. Por el contrario, los nuevos eran intelectuales, pecadores, fascinantes o pedantuelos... Pero todos guardaban un mínimo interés para mí. Y cuando en una gloriosa época se decidieron a programar estos empresarios una tanda de Hitchcocks inéditos a razón de uno por semana, el adolescente Betanzos se subió por las paredes, a punto de hacer las maletas y largarse p'allí, a suplicarles a aquellos inquilinos alojamiento bajo contrato permanente. Ellos respondían a los nombres de Grace Kelly, Farley Granger, John Dall o Thelma Ritter y volvían del mundo de los sueños, algunos de entre los muertos para satisfacerme por completo. Y es que aquellos Hitchcocks eran todos autorizados para menores como yo. Y ver a quienes siempre vi en pantalla pequeña ahora en una sala más apropiada a su rango era un placer dificilmente superable en un colegio salesiano que se conformaba con alegrar a los niños brutos con una del Bud Spencer y del Terence Hill.
Poco a poco, la legislación que afectaba a la calificación moral de las películas fue cambiando por una más acorde a los nuevos
tiempos. Y si lloré a raudales por habérseme impedido el paso de los dueños a un Nosferatu de Herzog (imperdonable, habida cuenta que me había tragado dos años antes el magnífico ciclo que de su director había emitido la segunda cadena de TVE) luego me resarcí con prolijas visiones de filmes de estreno tardío de Ferreri, Visconti, Fellini, Wajda, Szavo, Tarkovsky, Kurosawa, Fassbinder y la apoteósis de pelarle la naranja al pretencioso Stanley Kubrick (hubo consenso general entonces, y nos encontramos reunidos junto al empachante Alex nada menos que Ortiz, Mario, Javier y yo. Todo un record). Quería dominar todo aquel arte que me ofrecía la vieja Europa. Y reparé en que aquella sala tenía un nombre anodino, pues deberían haberla bautizado mejor Cine Perpignan, por su empecinamiento en dar títulos considerados peligrosos durante el tardo franquismo.

Distintas maneras de admirar a un anti héroe
Arrastré en múltiples ocasiones a Mario conmigo. Su saber era limitado pero recuerdo que en muchas ocasiones ante la emisión televisiva de algún clásico en blanco y negro vibrábamos en sincronía y durante alguna pausa publicitaria nos solíamos llamar para compartir emociones. Por descontado que al acudir al teléfono nos topábamos con la línea ocupada (por nosotros mismos que anhelábamos ser los primeros en dar la noticia de un alumbramiento fascinador). Esto pasó por ejemplo durante el pase de El zurdo de Arthur Penn. Nos había marcado profundamente el personaje de Billy el niño q
ue había interpretado un bisoño Newman, aún con el estigma Brando en la mirada y en los gestos. Pero la intelectualización a la que sometió Penn a tan en principio ramplón personaje (decir Billy el niño nos sonaba a las novelitas del oeste que mi padre leía en las pensiones o a los seriales de Roy Rogers de su infancia. Algo rechazable por naturaleza, pues matar al padre era perentorio desde nuestra óptica) fue una grata desviación, no dudo que de connotaciones europeístas y aún dentro de aquel furor que les entró a los directores del western con el vienés Freud y el psicologismo. Pero al Zurdo lo veíamos frágil, al borde de la impotencia, cuando no de la homosexualidad no asumida. Tardamos meses en encontrar un personaje igual. Pero apareció. Y Mario y yo lo hicimos nuestro. Creo que más yo.
Tratábase de Clyde Barrow, curiosamente otro Penn. Eran, de nuevo, hijos de un tiempo turbulento, personajes con una carga de violencia desmesurada, sólo entendible por un desequilibrio emocional pro
viniente de los más pétreos rincones de su psique. La rebeldía ya no era un malcriado de clase media llamado James Dean. Ahora era un outsider con pistola en la chequera y sodomía que no se atreve a decir su nombre. Un Robin Hood al que le molesta la luz del sol y que se nos muestra poco épico y bastante torturado mediante planos abruptos, como de cine de la nouvelle vague. Estas reflexiones no se las hacía a Mario, que se quedaba con los rasgos más superficiales del anti héroe americano. Esto es, la belleza física unido al poco respeto por el mundo de los adultos. En el fondo, el se sentía igual, con más razón pues era un adolescente auténtico, mientras que Beatty y Newman eran hombres hechos y derechos con dolores adolescentes (y dando tumbos, afrontando caídas como el mejor bebé incapaz de quedarse erguido).
Cierta frustración que me proporcionaban los debates con mi amigo no im
pedían que me hiciera especialmente machacón llegado el fín de semana, tirándole del hombro hasta alcanzar introducirlo en mi nuevo cine. Vimos Viscontis y Fellinis a punta pala. Mi pedantería no me ayudaba a entender que el compañero no tenía por qué compartir mi fascinación por las mismas cosas. Y que tenía una paciencia que ya estaba bordeando sus límites. El angustiado chaval no era franco conmigo y me lo hacía saber desde sus aspectos más groseros. Un bostezo frente a un lienzo vedutisti en Confidencias, un revolverse en la butaca propinándome un codazo ante un interminable travelling de campiña eslava en cierto Vajda. Hasta que un día noté que me empezaba a abandonar. Por un momento pensé que era lógico. Pues yo mismo a veces concluía que el arte y el ensayo podían ser muy pelmas, tan pelmas como yo. Pero luego decidí que Mario no me merecía. Sus motivos eran horribles, idólatras a más no poder. Todo se basaba en un caso hormonal. Pues cuando le empezó a picar la entrepierna me abandonó por lo más prosaico. Que no era un concierto de rock o un partido de fútbol. Sino que el muchacho me dejaba para irse a putas. Aquello ya no tenía perdón ante mis ojos de cinéfilo. Preferír gastarse la paga en una fulana del arrabal antes que en presenciar el sublime acto sadomasoquista de una Catherine Deneuve fustigada atada a un árbol, era una herejía que jamás se hubiese atrevido a llevar a cabo a nuestros verdes años el mesías François Truffaut.
Porno para menores
Pero no debí ser muy intolerante cuando mis protestas ante tamaño malgaste de dinero no consiguieron romper nuestra amistad. Debía ser ya un niño
muy heterodoxo, pues me rebajé a los execrables dominios del porno comunitario cuando a horas imposibles programaba proyecciones X en su casa. No sólo las veíamos a dos, de hecho creo que nunca esto hicimos, sino que congregábamos a varios compañeros del colegio en sesiones que yo no encontraba nada estimulantes. Ni por el material alquilado ni por el morbo de la comuna. Porque es que no había tal morbo. La mayoría de los niños no eran de mi predilección. Y luego estaban todos estáticos, mirando a las suripantas en acción siendo taladradas por sementales exageradamente armados pero de espantoso físico como quien estuviera viendo un documental de fauna ibérica. Alucinaba con la suerte de Mario por tener videocassette y el poco rendimiento cultural que le daba. Sus pases pornográficos eran de carácter clandestino a todas luces. Debíamos tener cuidado con la chacha que algunas veces merodeaba por el pasillo, aunque normalmente ésta ya había marchado. Me acordaba de aquella vieja canita al aire que habían disfrutado mis padres en casa de mis primos en los años setenta cuando se encerraron en el salón para poner en un proyector algo de Amsterdam. Ahora nosotros estábamos en igual condición. Y eso me hacía sentir incómodo, vulgar y, lo que era peor: un vicioso burgués.
Sólo una vez me excitó aquello. Cuando vino uno de los compañeros más guapos y bien hechos del curso. Se recostó boca abajo sobre la alfombra mientras nosotros ocupábamos los sofás. Era como si asi su postura pudiera disimular su erección de manera más discreta. Pero asi, frente a mi, frente a todos, lo que en realidad ofrecía el chaval era una alternativa a lo que pasaba en aquel canal del video. Y sin necesidad de zappings. Yo era incapaz de mirar para otro siti
o que no fuese su trasero perfecto, bien cubierto por aquellos pantalones vaqueros azul marino que jamás podré olvidar. De vez en cuando miraba para el televisor, para no hacer evidentes mis sensaciones alternativas. Pero lo que salía de la tele me provocaba demasiado rechazo (por no hablar de asco): una puta repintada se la chupaba con avidez canibalista a un carcamal parecido a Torrente Ballester (¿o era a Aranguren?. En cualquier caso, no se trataba de ningún Mike Henson). Yo, que luchaba en los báteres por desviar mi mirada de los genitales de los ancianos exhibicionistas, ahora tenía que celebrarlos con ojos excrutadores. Asi que bajaba la mirada hacia el pompis de aquel Apolo perfecto. Y sudaba los siete sudores atento al reloj inmisericorde. Y su pompis, pese a la penumbra de la habitación, juraría que se iba moviendo lenta pero persistentemente al compás de los dígitos de mi reloj alarma doce melodías, en claro síntoma de calentura y fricción.
Las sesiones porno se desarrollaban a las dos y media del mediodia. Cuántas veces llegábamos tarde a clase por culpa de la curiosidad de los otros por conocer los desenlaces de tan inquietantes tramas (ni que fueran a terminar en boda al estilo de Historias de Fila
delfia...). Nuestra entrada en las aulas cinco o diez minutos de la hora oficial era celebrado con fuertes risotadas por parte de los otros compañeros y el malhumor del profesor de turno. Y sin embargo, la satisfacción de Mario y sus socios al reincorporarse a sus pupitres era bien diferente a la mía, si es que la había en mi, que creo que no. Porque en ellos se estaba desarrollando un placer por la aventura de un mundo adulto al que pronto pertenecerían. En cambio yo, cuando esto sucediera iba a seguir aferrado a la eterna adolescencia de mis héroes de la pantalla. Desde otro punto de vista más prosáico, tratábase en todo caso de una manera de no perder a un amigo que estaba ya dándome sobrados indicios de querer apartarse de mi mundo de irrealidades formándose por su cuenta un equipo de cineforumistas que eran, en verdad, una pandilla de puteros.

continuará

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