06 febrero 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES (mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988)


Capítulo séptimo

Un vaso de sangre sobre mi agenda académica



Podría ser un título de un giallo si estos optaran por dar protagonismo a los adolescentes en sus repartos y no a actores que parecían sacados de un spaguetti western. Y también el nombre de mis notas de primero de bachillerato si las hubiera enmarcado y exhibido en un museo de los horrores. Definirían por completo mi paso por las aulas salesianas a lo largo de aquellos diez meses que comprendieron la temporada 1983-84. Falta de interés por los estudios, ningun espíritu de colaboración con el grupo, imposible feeling con los nuevos profesores. No niego que la mayor parte de estas características a ojos de los docentes eran una verdad como un templo. Pero no creo que tuviese tanta falta de interés. Por ejemplo, a mi había asignaturas que me gustaban mucho, como la literatura y la lengua gallega, amén de que el inglés y la historia las concebía como sumamente necesarias en mi formación (sobre todo, la segunda) pues estaba inmerso en el planing de mi nueva novela que giraba en torno al mundo de los cuáqueros y de la postguerra de la independencia norteamericana. En cambio, no podía soportar aquellas tensiones que se vivían en el día a día del colegio. Preparaciones extenuantes de pruebas parciales, exámenes trimestrales, elaboración de apuntes y deberes que llevar a casa... Y el horror supremo de la Educación Física.
Siendo esto último terrible, lo peor seguían siendo los exámenes. A mi que me preguntase un profesor, que se supone estudiado, temas relacionados con lo que fuera me parecía una estupidez. Si ya lo sabía, ¿porqué me lo preguntaba a mi, y a todos?. Si aquello venía en los libros, lo más cómodo para el alumno es que al disponer de éstos (pues eran nuestros, pagados por nuestros papás religiosamente) es que acudiéramos a ellos siempre y cuando los necesitaramos en nuestra vida futura, adulta. ¿Qué sentido tenía aprendernos tantas maravillas de memoria?. ¿Era para que no nos diese un alzheimer súbito, ejercitando nuestras neuronas hasta que nos salieran en ellas músculos?. Yo, por ejemplo, las tenía muy bien ejercitadas con mis copiosas listas cerebrales de los distintos actores que formaban la cuadrilla de la Fox, la Universal y la Metro Goldwyn Mayer. Y por bajar a terrenos más vulgares, sabía ordenar las distintas fases de la civilización gracias a la serie Erase una vez el hombre.
En segundo de bachillerato disfruté de lo lindo de la asignatura de Literatura española. Con aquel maestro (que también impartía la de Lengua, donde fui uno de los mejores redactores del curso) adoré el siglo de Oro, descubrí los lados más torvos de Bécquer y otros románticos, me enamoré de Whitman (que ya hace falta tener ganas de enamorarse), y definitivamente, con el Poeta en Nueva York decidí que Lorca siempre me acompañaría en los avatares de esta vida loca que me iba a tocar en suerte. Pero ahora que lo pienso, tratar de que profundizáramos en la biografía y obras de nuestros escritores desde Alfonso X el Sabio hasta Antonio Gala en diez meses nada más (con el intermedio sublime de tener a cojones que leer el Quijote en el plazo límite de lo que duraba la Semana santa) ha sido una de las aberraciones más grandes (y torturas, de paso) a las que sometió el sistema educativo a los de mi generación. Por solo hablar de literatura.
Era como una sensación de prisa constante la que me transmitía aquel mundo adulto. Como si mi adolescencia se fuera a acabar muy pronto y antes debiera cumplir con todos aquellos asuntos megalómanos. Qué craso error, que desastre total que me abocaría a darles la espalda mientras la mayor parte de mis compañeros se doblegaban como bien podían desde unas vidas ordenadas y laboriosas. Que no eran las mías. Al menos ordenadas.
Y la agenda académica llegaba puntual de las imprentas del inquisidor condenándome al infierno de las acémilas desde ese rojo censor que me atormentaba tanto y que causaba descontrolados ataques de ira en mi casa. Teniendo en cuenta que aún venía arrastrando las ciencias naturales de séptimo de EGB yo no tenía razón de ser en un pupitre al que limitaba a calentarle el asiento y de vez en cuando a pegar bajo su tapa carrañas de mi nariz. Cualquier niño despierto en mi circunstancia ya estaría trabajando de mozo en un almacén. ¿Podría haberlo hecho yo en el de mi padre?. En plena época de despidos y de los pocos empleados que aguantaban a cual más Judas, a Macistito a lo mejor no le quedaría más remedio que ponerle también él una denuncia por incumplimiento de pago del jornal.
Con todo el tema de mi burrez supina, aún le di las gracias a papá que me permitiera ir de excursión a Vigo con el colegio ese fin de curso. No sé porqué siempre mis padres eran reacios a dejarme ir a esos viajecitos escolares. Probablemente temerían que el autocar se fuera por la barranquilla. En Vigo fuimos a ver la Citroën, que como comprenderán era una fábrica que a mi me apasionaba desde que estaba en el útero de mi santa madre. Pero durante el trayecto hubo buenas risas y revelaciones importantes. Villajos sacó de su carpetita un recorte de prensa con la letra de una canción de las Vulpess. Pasándola de mano en mano, el escándalo televisivo Me gusta ser una zorra de estas punkitas buenas tuvo algo de iniciático, de pergamino misterioso de los seriales antiguos, cuando los protagonistas encontraban un trozo de plano de un tesoro escondido en un sarcófago milenario. Ortiz sabía del I wanna be your dog y mentó su saber. Entonces Jorge que había traído una cinta para escuchar durante el viaje se la pasó al chofer, resultando ser una grabación del Diario Pop (Radio 3) de la noche anterior. Cuánto les agradecí a aquellos pijines de mi clase, odiosas criaturas de ropitas nuevas y como de ir al golf, con morenos invernales de estación de esquí, efebos lindos y dorados hasta la náusea (siempre en comandita por esa extraña razón que a algunos no se nos escapa, formando entre ellos ese reducido círculo de elegidos y a ojos admirativos de los profesores más paidófilos), cuánto les agradecí, decía, el que hubiesen evitado que durante el trayecto cantasemos loas a San Juan Bosco con su pasatiempo. Que de ese modo modelno fuesemos ya pillando el soniquete al signo de la cruz de Décima Víctima, impidiendo que Ayatolah nos tocara los cojones (según los paisanos Siniestro), enterándonos de las crisis proféticas de Canut y Berlanga de luto riguroso, avisados por Polanski y el ardor de que si hubiese por el camino un ataque preventino de la URSS no sabríamos a lo mejor cómo reaccionar. Aunque para eso no estaría de más ir anotando los sabios consejos de Sindicato Malone como posible solución (estos serían: robar unas cuantas bombas, veinticinco portaviones y un reactor nuclear). Turbulencias sonoras, malos augurios, amenazas bélicas todas, pero con capacidad de encararlas moviendo los pies y dando palmas sobre nuestros asientos.


Clan Devon: la saga de las sagas


Pero el apocalipsis de la tardía movida musical no era nada en comparación con el momento de darle a mi padre la dichosita agenda. Mal humor, expresión asesina, amagos de hostiones y, finalmente, dulcificación de la reprimenda a través de un tono conciliador y un mensaje comprensivo pero directo. Yo diría que hasta escalofriante. Y después de aquello, la soledad de mi cuarto, con la seguridad de que ese fin de semana no habría paga. ¿Para cuando la sugerencia de una suba de un diez por ciento, tan siquiera?. Y a lo mejor, una reflexión por mi parte y en privado de qué era lo que estaba haciendo yo en aquel colegio. Mejor dicho, qué era lo que hacía al llegar a casa. Si aparecía pronto, aún cumplía religiosamente con mi cita con la televisión. Y con 3, 2, 1 contacto, mi programa favorito, con la malograda Sonia Martinez. Pero la tele acababa y tenía que ponerme a hincar codos en tan odiosos libros de estudio (ya estaba bien que los tuviera encima durante seis o siete horas diarias en su hábitat natural. ¿Pero tambien en casa?). Desde luego que en mi cuarto les hice grandes boicots y menosprecios. Barajaba un proyecto literario. Mi feliz compromiso con la irrealidad.
Y aún seguía dándole vueltas a esa novela río ideal. La que diese en las narices a escritores tan birriosos como Edna Ferber, Margaret Mitchell o James Michener. Necesitaba superarme a mi mismo y superarles a ellos. Lo había intentado en Sagas. Y aún asi mi nula capacidad crítica dictaminó que me había ido por los cerros de Ubeda antes que por las plantaciones de Alabama, tal como pretendía. Por no hablar de los anacronismos constantes. Mi sentido de la superación en materia de creación literaria era harto inaudito. Se medía por la cantidad de páginas que era capaz de escribir y del número de pasiones desbocadas a las que arrojar a mis personajes de generación en generación. Se sobreentiende que esa novela debería ambientarse en el viejo Sur, arrancando del siglo XIX hasta nuestros días. Y nunca me vi tan dispuesto. Mis armas no eran escasas. Desbordante fantasía, almacenamiento de imágenes mentales sacadas de series como Raices, Centennial y Dallas y un manual de estilo a mi lado llamado Bahia de Chesapeake del bestsellerista James Michener. Ante cualquier titubeo, o laguna en mi historión, abría ese libro y copiaba frases que yo consideraba de alta calidad para que diesen más empaque al mío.
Y lo mío se tituló Clan Devon. Sus protagonistas respondían a nombres rimbombantes, se desenvolvían en paisajes típicos de lo rural, como los que salían en Gigante o Lo que el viento se llevó. Pero tanto los nombres de ellos como los lugares donde amaban y mataban habían salido de Michener. No fue una copia al dedillo, de pe a pa. Porque tan sólo me sirvieron de calentamiento inicial. Cuando me noté lo suficientemente engrandecido para volar sólo, lo hice de forma histérica e incontenible. Llené en pocos meses media docena de libretas con asuntos que ya excedían los límites del gusto melindroso del norteamericano. Me estaba adentrando por los terrenos más sucios de un Harold Robbins. Pero quedaba bien, según mis entendederas. Cuando aquello parecía no tener fín, me planteé la recta final de una saga que alcanzaba ya la séptima rama genealógica. Los Paxmore y sus rivales los Turlock estaban agotados pero aún renacieron de sus cenizas queriendo ser dandys de Hyde Park cuando antes habían sido petroleros habituales de la taberna del irlandés.
Fue durante la reposición de Retorno a Brideshead, allá en 1984. Entonces reparé más en sus protagonistas. Me quedé con la anécdota, y me quedé muy mal. Porque el fino homoerotismo de Sebastian Flyte y Charles Ryder comenzó por culpa de mi sexualidad cada vez más prioritaria a ser enguarrado por pensamientos retorcidos, dignos de aquella loca suntuosa que los secundaba de vez en cuando en Oxford (y que luego fue Lorca en la ficción). Obsesionado por introducir mariconeo en mis páginas, lo hice mirando a Sebastian y a Charles en un espejo al que el amigo wildesco previamente hubiera salpicado con semen rosa. Una masturbación literaria que rateaba personajes muy dignos para lavarles el cerebro orientándolos a una mentalidad antagónica o, lo que es lo mismo, transoceánica. Porque del cowboy John Wayne al académico John Gielgud hay un abismo. Y, sobre todo, porque tal vez sus caras fuesen las mismas, pero sus cuerpos seguían siendo, en monstruoso trueque, los de la mocosa calientapollas Lucy y el capataz recalentado Ray Krebbs. O sea, la auténtica deformación del siglo parida por un escritor berkana en ciernes.
Sea como fuere, con Sebastianes de rodeo y tataranietos de no se cual pariente paleto de James Michener, mi novela llegó a su fín.
Carlos me sugirió llevarla a encuadernar. Me tentó tanto la idea que asi lo hice. Fui a la ciudad vieja, donde unos artesanos viejecitos y encantadores trabajaban en un pequeño bajo con materiales bastante rudimentarios. En pocos metros cuadrados se concentraban pilas de libros, revistas y fascículos. Le entregué mis manuscritos a uno de ellos. Los miró muy por encima y preguntó que cuántos tomos quería de aquello. ¿Tomos?. ¿Es que acaso había escrito yo una enciclopedia, una nueva Recherche?. Chesapeake tenía casi mil páginas, pero cabían perfectamente en un solo volúmen. Al aconsejarme hacerlo por partes, le dije que los dividiera en dos tomos, teniendo cuidado de separarlos bien, o sea por capítulos íntegros, sin que quedase a medio acabar ninguno al final del que sería el primer libro. Luego me preguntó el color de las tapas. Elegí el azul marino, siempre elegante, con los lomos encarnados, siempre llamativos en cualquier estanteria de libreria culta. Iluso de mi, también le presenté un collage de fotografías a base de actores televisivos (al igual que había hecho en mi anterior Centro Médico, dándoles rostros precisos a los protagonistas) para que los empastara como pudiera a guisa de preciosa portada de gran tirón comercial. Pero se echó a reir alertándome de que aquello era inviable... a no ser que acudiera a una imprenta buena o a un litógrafo o algo parecido. Pero, sinceramente, que mi creación quedase inmortalizada como libro de piedra me parecía un exceso y una extravagancia. Me conformé con el azul noche, sin estrellas ni ná. A fin de cuentas, sólo era mi opera prima (todo lo anterior eran bocetos). Ya luego me las arreglaría de ponerle una etiqueta con el título o algo. Pero no se la puse. Tal vez porque el resultado final de las encuadernaciones no me gustó nada. Admito el día que fui a buscarlos y me los entregaron en mano como uno de los momentos más impactantes de mi adolescencia. Pero cuando los abrí, aquello era ininteligible. La culpa no era de los artesanos, sino mía por haber sido poco previsor y no haber respetado el suficiente márgen en los laterales izquierdos de las hojas para que luego pudiera la guillotina hacer el acabado. Me gustaban las páginas, parecían nuevas. Y allí estaba mi letra. Pero costaba bastante abrir cada libro. Se me vinieron a la cabeza aquellos cofrecillos-joyeros de cierre imposible que guardaba mi madre en su mesilla de noche. Y encima pesaban. Bueno, eso era lo de menos. Era un motivo grande de orgullo que mi creación tuviese tanto peso específico. Eran como mis sagradas escrituras que al final resultaron, si no libros de piedra si las tablas de la ley que un día el barbudo Moisés Heston cargó con vehemencia por aquel monte tan pinturero. Pero mi destino no era el suyo, el mío seguía estando tras las verjas aparentemente abiertas de un colegio religioso.


continuará

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