06 enero 2009

SOLO PARA SIBARITAS

William Haines (1900-1973)

William Haines era monísimo. Y además era un excelente actor de comedias, capaz de ponerse dramático a la buena de cambio si lo requería el guión. Son primores que llevo constantando estos últimos meses tras haber conseguido media docena de filmes de su época de mayor auge en taquilla (1925-30). Por ello, me ha enamorado como un perdido. Ha conseguido el galancín recuperar mi vieja vena de enganches platónicos por los astros de la pantalla. Ha sido un feliz descubrimiento. Aunque bien mirado, en modo alguno ignoraba yo a William Haines, sólo que el transcurrir de los años, de tantas generaciones asesinadas unas a otras hasta llegar hasta este nuevo siglo, lo habían convertido, según mi percepción, en un nombre minúsculo de la historia del cine, una anécdota con sabor a escándalo (justo lo que le decía a Marion Davies su personaje de actor de tercera en la maravillosa Show People). Me informaba de su vida privada el especialista en malos rollos Kenneth Anger desde su Hollywood Babilonia. Además de lo de guapo y buen actor añadía su faceta -nada desdeñable a tenor de su repercusión y fama- de chupador de pollas. Al parecer en esa dificil técnica era todo un experto. Dejó pocas sin catar. Entre ellas la de un advenedizo Clark Gable antes de sus operaciones estéticas, antes de los años treinta. De ahi al potín legendario de Lo que el viento se llevó hubo un paso, que en el caso de Anger era un pormenorizado recorrido de alcobas repletas de varones que me hacían sonreir a la par que me llenaban de perplejidad. Que luego se esmerase en contar largo y tendido su etapa de decorador de interiores ya me traía al pairo, pues de siempre fui un niño con el dormitorio muy desordenado. La cuestión era que Haines había entrado en mi adolescencia (finales de los años ochenta) como una sombra marcada por el escándalo de la sodomía y como un icono imposible de reverdecer en tiempos de escasez de reposiciones de sus filmes.
Es pues un placer dedicarle un pequeño tributo a este maravilloso joven, dinámico, muy expresivo (sin caer en la ridiculez), sentimental y melancólico (pero no llorica), arrogante y vanidoso también, dueño de una curiosa mímica que lo emparentaba mucho con los cómicos de categoría de su generación pero que, gracias a unos productos ambiciosos, como nacidos para que él los interpretase, trascendían la barrera del mero slapstick. Si estuvo encasillado, al menos su encasillamiento era lo suficientemente rico en matices como para que el público no sólo no se aburriese de él, sino que lo adorase desde la escasa rimbombancia, la misma de la que siempre hizo gala.
Fue además un moderno. Hizo suyo el espíritu de los años veinte hasta el punto que bien pudiera ser un equivalente masculino de la chica It de la escritora Elynor Glynn. Pero como sea que hablamos de cine y no de literatura, convendría alertar que cuando el it apareció en la pantalla tal modernidad se materializó en la imagen de una Clara Bow tan pizpireta como escasa en otros talentos. Todo lo más, era una embaucadora de hombres (y felatriz de igual manera) y una bailarina discretita de charlestón. De formar parte de la sociedad trabajadora, su falda corta luciría antes de taquimeca en una oficina de financiero o tras un mostrador de unos grandes almacenes de la quinta avenida que en una fábrica de armas, pongamos por caso. En cambio, con el flappereto los años veinte apuntaron directos o, si se prefiere, desde una coctelera explosiva con más ingredientes y que incluía no solo fellatios (o sea, frivolinas) sino la seriedad de la camaradería, el afán de superación a través del deporte o el cumplimiento del deber desde una pureza de la raza no exenta de ambiguedades nacionalistas (la ingenuidad yanqui siempre puesta en tela de juicio). Es decir, aparecía en el amanecer de tanto confetti la "verdadera" responsabilidad: la de, llegado el caso, defender un país a golpe de fusil (compromiso obligado, diría yo, dado el sexo al que pertenecía; y en eso como en otros muchos aspectos responsabilidad siempre superior a la mujer, por esa mentalidad falocrática tan yanqui) . Aunque con "descansos del guerrero", es evidente. Y si el chico no se puso a bailar ritmos sincopados al menos tocaba el banjo como nadie para enamoriscar a mozas que eran enormes estrellas, actrices y amigas (ergo confidentes) pero cuyas inclusiones en los repartos eran algo emplastos innecesarios.
Haines se movía mejor en ambientes masculinos. Sus filmes son en su mayoría un cántico nada ruboroso a la juventud viril. Pero no en un sentido machista, sino desde la inconsciencia de los pocos años de unos mozos que se van abriendo con no poco dolor a la madurez. El homoerotismo de filmes como la universitaria Brown of Harvard o la académica West Point (dos de sus mayores éxitos, y sin lugar a dudas, dos comedias que permanecen perennes a los envites del tiempo) estarían más cerca de lo aportado en ese sentido años después por un Top Gun que por un Brideshead. Pese a lo que podamos pensar por las propias características personales del actor (su pluma era traducida como unas bromas infantiles del niño que había en él -ese complejo peterpanista del que bebemos gran parte de los gays universales-, y que utilizaba en los argumentos para atraer a las chicas) este amor-otro no partía de Billy sino de sus compañeros de cuarto; habitualmente muchachos apocados, debiluchos y que alimentaban una insana adoración por su amigo de barracón, siempre experto deportista. Esa afabilidad con las chicas, apellidáranse Pickford, Davies, Lombard o Crawford contrastaba con el trato que dispensaba a los cadetes. Con ellos era arrogante, indisciplinado, bravucón y algo pendenciero. Pero en seguida eran los superiores los que lo terminaban enderezando (en el sentido de aleccionar al niño grande que se desubica por simple aburrimiento), haciéndole ver que el verdadero espíritu castrense empezaba por el trato fraternal (casi el espejo de uno mismo) en pos de un bien común: el servicio a la patria.


Lo deportivo en el cine de Haines es una reiteración deliciosa. Y casi absurda. Porque aunque lo veamos en la Marina o en una escuela militar tan férrea como West Point siempre pasará más tiempo jugando al fútbol americano, a las regatas o al beisbol en las competiciones organizadas con otros regimientos que en el frente y en primera línea de tiro (a estos deportes habría que añadirles el golf en Spring fever, donde fue un pollo pera encantador). Seguramente esa época de paz, de entreguerras, estimulaba a los guionistas a crear en Haines el símbolo perfecto de una juventud sana, muy pija (la bonanza económica de esa década), decidida (prolongación del mito del vencedor típico de su filosofía vital) y siempre acechante ante cualquier peligro soterrado que del exterior estuviese por venir (y con Haines encontraríamos a Wallace Reid, Fairbanks y muchos más). Su cuerpo era atlético (aunque sin pasarse), su mirada sincera, su sonrisa pícara. Un all american boy que no extremaba su masculinidad como si hacían Johnny Mac Brown, Francis X. Bushman o un incipiente John Wayne, estos tres estudiantes de Harvard en la citada Brown.. que terminaban desesperados por culpa de las mil y una gracietas del chiquito (¡que aún por encima se llevaba al final a la chica dejando a los otros, pretendientes frustrados, en sus soledades compartidas de vestuarios!).
La Metro lo mimó mucho. Sobre todo cuando tomó las riendas Irving Thalberg, dejando un poco de lado al zar absolutista Louis B. Mayer. Existía sincera amistad entre productor y actor. El wonder boy Thalberg y su esposa Norma Shearer solían cenar con él numerosas veces. Sabían de su pasión por la decoración y también de su estrecha amistad con Jimmy Shields (su pareja sentimental y su doble en las películas: un marinero de profesión). La comunidad gay de Hollywood, cuyas reinas mayores eran Mitchell Leisen y George Cukor, tenían pues que festejar la aparición de una nueva pareja destinada a permanecer junta hasta el final de sus días. De todas formas, Haines era un gay desmadrado, incapaz de llevar una vida discreta como aquellas reinas selectas. Sus bajadas a los antros de perdición eran constantes, su alarde de ligues salían de su boca con tanta expresividad que Thalberg empezó a preocuparse. Un conflicto sexual que trascendió a nivel judicial ( y en el que estaba comprometida la virginidad de un menor) terminó por colmar el vaso. La paciencia del mandamás de la Metro llegó al límite y lo echaron sin más contemplaciones. Se habló mucho entonces de cuales habían sido las verdaderas causas del despido. La teoría más difundida fue que Haines tenía mala voz, que no servía para el sonoro. En realidad, su voz era espléndida, ajustadísima, excelsa en comparación con otras estrellas femeninas, que sonaban a trompetín pero que por cuestiones cameras seguían haciendo en el nuevo período películas (a la par que el ridículo).
Estos tejemanejes (de él y de cientos más), ideales para que un Anger colmase dos tomos de sangrantes libelos no nutrirían el guión de uno de sus títulos más memorables, la antes citada Show People (en España absurdamente titulada Espejismos). Porque aunque allí había malicia no existía mala baba, todo lo más un profundo cariño por la profesión (era cine dentro de cine). Sólo por esta comedia maestra de King Vidor, Haines ya debería ocupar un lugar privilegiado en el Olimpo de los más grandes comediantes (y no por una mamada a Reth Butler). Pese a que su papel estaba supeditado al de Marion Davies (que aqui roza la genialidad en su frivolidad extrema; luego vendrían la Harlow, la Monroe o la Kendall, pero antes fue ella en un papel donde estuvo sabiamente dirigida) consiguió rodearlo de múltiples matices en sus vaivenes emocionales: de la gansada a lo serio pasando por un romanticismo a la altura de un Cary Grant (jamás sería un Gilbert o un Barrymore, majestades de la severidad y el alcanfor, ni falta que le hizo). De hecho anticipaba a Grant (en lo sofis) con unos toques del Tony Curtis más comedienne (en lo sport). Para lectores modernos, diríamos que un equivalente contemporáneo lo hallaríamos en el mejor Tom Hanks. Pero yo me quedo mil veces con Haines.
De su trabajo como decorador, decir que derrochó buen gusto durante décadas. Adornó primorosamente el hogar de sus mejores amigas, los despachos de los dictadores de Hollywood, de grandes personalidades. Pero sus problemas con la homofobia yanqui no cesaron aunque ya no estuviera en los cines. La pintoresca Legión blanca (una suerte de Ku Klus Klan de la moral y las buenas costumbres) descargó su violencia y amargura contra la pareja gay dejándolos malheridos, tumbados a golpes y chorreando sangre en la playa de El Porto. Esto ocurría una noche de Pascua de 1936.
Haines murió de cáncer en 1973, legó su herencia a sus hermanas. Shields se suicidó al poco tiempo. Según apunta Anger, el breve viudo dejó una nota que rezaba: Sin Billy nada tiene sentido. Y yo añadiría, "sobre todo, parte del cine norteamericano de los años veinte".


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