29 enero 2009

SEMANA ESPECIAL: Waters 70's

FEMALE TROUBLE (1974)

Es una gozada. Junto a Cantando bajo la lluvia la típica película que utilizo para subidones anímicos. No es necesario que su director se la hubiera dedicado a un miembro del clan Manson (Charles "Tex" Watson con quien se entrevistó en la cárcel para tomar apuntes de algo y al que éste correspondió regalándole un helicóptero de madera que luce en los títulos de crédito) porque Female trouble va por otro lado. Al menos su esencia. Esta cosa de hembras es un dislate que entronca directamente en su rayadura con el cine de mujeres de la Warner de los años cuarenta. El itinerario vital de su protagonista, la aspirante a estrella Dawn Davenport -Divine- se adhiere al de otras heroinas del pasado, plagadas de excesos y desmanes, damas que en busca de una autorrealización no dudaban en llegar al crimen ante cualquier obstáculo que se les interpusiera en su camino. Los actos artificiosos e irreales de Divine en nada desmerecen a los de una Bette Davis en Como ella sola (pura inverosimilitud), sus affaires con esa hija insoportable tanto de lo mismo con respecto a los que sufría la Crawford en Mildred Pierce pero también la Lana Turner (nunca tan autobiográfica) de Peyton Place. La violencia adherida a la piel, a esa carne grasienta, tumefacta por momentos, implicaría que nos encontramos ante un homenaje a esa mama sangrienta cormaniana que a falta de Edipo aniquilaba en sus horas libres el ansia de ser estrella a toda costa.
Para Divine, lo más importante de su papel es que nos la enseñan humana, capaz de mostrar sentimientos, independientemente de la gracieta de vendérnosla delincuente juvenil con un pie en las paranoias criminales. Aqui entendemos a Divine como un ser que se rebela contra su entorno porque ese entorno es subnormal. Anhela el amor, aunque este siempre le salga rana. Se sacrifica por una hija que vino al mundo sin desearlo (fruto de una violación). Es decir, que dentro de ese sin sentido típico de los melodramas del viejo Hollywood, Divine Waters como Bette Wyler transmite acercamiento con un público adicto al cine de siempre, al igual que hacía Bette, cuyos comportamientos siempre tuvieron algo de catártico en el corazón de las amas de casa de clase media.
La posmodernidad del autor se nos antoja del todo digerible. Por que se alumbra desde la convicción, no desde la boutade. Y entra como la seda. Una de las mayores virtudes del filme, y que no tenían sus anteriores es esa capacidad de síntesis, de tempo justo en cada secuencia, de una narrativa lineal que se pretende clásica (como ya hemos dicho) y que pasa la revalida con un notable bien lustroso. Este era su cuarto largometraje. Almodóvar ni en el cuarto logró lo mismo. Todavía lo sigue intentando, aunque a muchos nos dé igual, perdida nuestra paciencia en su barullo freak.
Waters aqui estaba muy inspirado. Sus obsesiones críticas permanecen y guardan coherencia con el entramado general (la destrucción del nucleo familiar como motor de los males que aquejan nuestra sociedad, la doble moral de los individuos que conforman el establishment, la desmitificación total de todos los fetiches pop). Mientra que su cuadrilla, cada vez más desenvuelta frente a las cámaras, pasan poco a poco para los espectadores más watersianos a ser parte de una familia imposible. Divine, por ejemplo. No cansa, vuelve a estar radiante, orgullosa, repulsiva. Y, repito, que más humana que nunca. Hay un plano genial, que es una elipsis memorable, tras la boda con el peluquero en el que ella está hastiada insultando en silencio (su mirada asesina) la pasividad de un marido que no la hace feliz. Su expresión es memorable, su rictus exacto. Y, desde luego, Waters nos explica en esos pocos segundos de transición entre la felicidad esporádica de una ceremonia y el ocaso del amor que se juró eterno todo lo que pretendía: que el sacramento matrimonial es un gran fiasco.
Otro de los aspectos más memorables de Female trouble es lo que tiene de visionario de las modas inminentes. En plena boga glam Divine anticipa con todos los honores el punk, bien desde sus signos externos (ese pelucón tipo cresta que luce en el juicio que la va a sentenciar a la pena capital, irreverencia en su actuación delirante ante sus fans que acaban siendo tiroteados por la propia estrella) bien en sus signos más profundos (acratismo, nihilismo a ultranza, enésimo regodeo en lo trash como único medio de destruir una sociedad corrupta).
De igual forma, se nota una preocupación por darle un look lo más aproximado posible a las distintas épocas en las que se ambienta. En especial, es deliciosa la recreación de los primeros sesenta, con los vestidos pop de esas chicas adictas a la laca y el cardado. Todo esto tendría su culminación en Hairspray.
La música ya no es preminente, se pasa de una secuencia a otra sin otro sonido que los de las conversaciones de quienes toquen. El anecdotario queer es riquísimo: las pantuflas kilométricas de la teenager Dawn a falta de taconazos cha chá, la madre estúpida aplastada por el árbol de Navidad, el propio Divine de mostrenco violándose a si mismo (aunque utilizando al impersonator de Liz Taylor), Divine pariendo y arrancando con los dientes el cordón hecho a base de condones llenos de grasa de cerdo, Divine luciendo un vestido de novia precioso de sedas y tules y sin nada debajo, calándosele todo su felpudo king size, Massey otra vez de Blacanova metida en una jaula y neutralizada por el golpe de una pescadilla, las proezas de la cirujia plástica sobre el rostro abrasado de la heroina, Divine sobre una colchoneta circense, Divine gañán enseñándonos su polla ulcerada... Y ese final en la silla eléctrica, pero que ella entiende como su gran triunfo personal, lanzando un speech Academy Award, agradeciendo a todos sus fieles (amigos y enemigos) con no poca sorna el estar en esa situación límite, que es a lo más alto a lo que puede llegar una estrella de su envergadura ("the top of the world" que decía Cagney en Al rojo vivo).











continuará

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