28 enero 2009

SEMANA ESPECIAL: Waters 70's

3 a) THE DIANE LINKLETTER STORY (1970)

Cortometraje en 16 mm de nueve minutos de duración inspirado en el caso verídico de la conocida hija suicida del presentador televisivo y radiofónico Art Linkletter, uno de los mayores cruzados anti droga que dio Estados Unidos a nivel catódico aquella época convulsa. Diane, que trabajó mucho con su padre en los shows, se ennovió con un hippie y -como él- se hizo consumidora de LSD y marihuana. Esto produjo un conflicto en el hogar como bien plasmó Waters en este documento breve, escueto, casi warholiano (un par de secuencias tan sólo, una concentrada en el salón y otro en la planta superior, donde se halla en dormitorio de Diane). Los padres son interpretados por David Lochary y Mary Vivian Pierce. La cría es una Divine estupenda, que hace su aparición triunfal vestida con modas hippiosas y completamente colocada.
No carece de partidarios este corto, tal vez por su planteamiento anecdótico que más de uno podríamos tomar como un simple boceto de cualquiera de sus largos. El tono melodramático (que deviene histeria a la mínima de cambio, por decontado) está ahí pero siempre viene compensado por esos hilarantes diálogos que, conociendo previamente a su autor, nos despiertan una inequívoca sonrisa de complicidad (amén de que el tema de la destrucción del nucleo familiar desde dentro mismo de éste era ya una de sus obsesiones más marcadas). Independientemente de esto, el final trágico con una Divine que se ha arrojado a la desesperada por la ventana mientras esos padres, que desde un principio escudan su intransigencia en un insoportable tono de comprensión cristiana, al verla se autoinculpan pero sin apearse de la burra que asfixió a su hija (gritan: Hemos llegado demasiado tarde mientras que ella agoniza repitiendo el nombre de su amante) no quita para que nos deje el corto con una sonrisa tirando a amarga.
El caso Linkletter alimentó el morbo de los televidentes desde la prensa sensacionalista durante un tiempo, dando lugar asimismo a una canción de Bobby Darin -Baby May- en 1969 que incluía esta estrofa: Baby May had to pass away to hear her Daddy say I was wrong.





3 b) PINK FLAMINGOS (1973)

La primera vez que Waters trabajaba con el color. Y este es tan rosa, tan fucsia, tan negro negrísimo como el peor panorama que nos podamos encontrar en un báter público de provincias.
Pink Flamingos es su clásico por antonomasia. La película referencia de un cierto tipo de cine independiente en los años setenta. Su talismán. En realidad, no sería más que un perfeccionamiento de sus aberrantes propuestas anteriores sólo que lastrado por un peor guión, dentro de una historia que no avanza por la sencilla razón de que hay muy poco que contar (al menos si mucho que escuchar: la banda sonora es estupenda, a base de oldies con solera en un non stop que salva hasta los momentos más tediosos: ¡y poco antes de que lo hicieran Scorsese y Lucas!).
Lo que importa es ese desfile de freaks (paralizante colaboración de Edith Massey, sobre todo) que de nuevo me obligan a constatar que Waters era un fanático de La parada de los monstruos de Browning. Había algo de la Blacanova en la Divine Trasho o Maniac. Ahora viéndola aqui, viviendo en esa roulotte con esa madre espanto (metidita en un corralito de bebé, vestida con sujetador y faja y pidiendo huevos como quien pide chupetes) me reafirmo en esa influencia. Sólo que Waters la orienta al ano de sus espectadores, dejando la poética de los impedidos para quien lo sepa hacer mejor.
Divine se reitera como la mujer más asquerosa del mundo, la más ladrona y pendenciera, la más perra y la más outlaw. La que incorpora las raices capilares más marcadas de la historia del hairstyle cinematográfico a la moda teenager putón. Y que conduce peor que Farruquito. Pero sus poses se agotan frente al disparate general de una fauna que no conocen límites en sus vicios. Personajes del otro lado aunque ambíguos pues la censuran pero se sienten atraídos por sus artes negativas, gentes de doble moral que en su privacidad loca no dudan en mostrarse como realmente son: unos parafílicos de cuidado (exhibicionistas, pedófilos, fetichistas del pinrrel...).
La desvencijada roulotte de Divine, donde habitan sus allegados (su hijo, su madre, la inquilina itinerante Mary Vivian Pierce) es el microcosmos idílico para todo ser pernicioso. El mal ejemplo está allí: Mary es voyeur, el niño y su novia van de zoofílicos metiendo en el coito a una gallina por medio, en plan ménage a trois imposible.
Y cuando llega el cumpleaños de la madre -más gallinácea onda Blacanova que baby retarded onda Our gang-, dan una gran fiesta donde se congregan los más insólitos seres "al márgen". Una stripper que danza con una serpiente y, sobre todo, ese tipo que hace verdaderas virguerias con su esfinter dilatado. La droga fluye en ese sitio localizado en el extrarradio de Baltimore. Entonces llega la policia pero Divine vence. La fiesta pasa a ser un festín canibalista donde los apocalípticos devoran a los integrados. Y es cuando Divine pronuncia su frase capital (la otra no la pronunciaría ella, sino su hijo cuando le dice en la secuencia del incesto: Do my eggs, Mom y la otra le fela con todo el sacrificio del mundo), cual Escarlata O'Hara pero en vez de aferrarse a un rábano (cosa poco contundente para inspirar un climax comme il faut) se aferra a un muslo de agente, frase nunca tan declaración de principios: Matar a todos, perdonar el asesinato en primer grado, apoyar el canibalismo, comer mierda, esa es mi política y mi vida. Más claro imposible. ¿Luego alguien se permitió el lujo de considerar innecesaria la secuencia final de la caca de perro?. ¿Desde cuando Waters era el rey de las sutilezas y la antiredundancia?.












continuará

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