26 enero 2009

SEMANA ESPECIAL: Waters 70's

1. John Waters (1946-)

Qué lástima que este especial me coja tan bajo de entusiasmo hacia él. Hacia Waters, icono de mi adolescencia. Será pues necesario que para encontrar un poco más de estímulo convenga ponerme el chip nostálgico orientado a mis felices finales de los ochenta. Cuando fue un descubrimiento arrebatador, surgido a la par que los largos de Paul Morrisey y el primer cine de Almodovar. Pases de madrugada en la 2 de sus títulos emblemáticos (salvo Pink Flamingos, curiosamente), la lectura compulsiva (hasta llegar a memorizar renglones) del capítulo dedicado al cine marginal norteamericano en mi enciclopedia del cine y donde él ocupaba un lugar destacadísimo consiguieron que momentáneamente me olvidase de Bresson y Zurlini. Por fortuna para mi (y el bien del blog, que busca el eclecticismo y no los compartimentos estancos, excluyentes, intransigentes, cerrados a toda contradicción) supe evaluar tanto los encantos -en su justa medida, sin fanatismos- de los destrozones filmicos como de extasiarme -en calidad de acontecimientos espirituales- con los otros.
Hoy en día, cuando la cultura basura que tanto alimentó Waters y sus maestros (HG Lewis, Joseph Sarno o Russ Meyer) ha degenerado hasta la náusea en miles de blogs que la honran en un puro regodeo estéril (pero pajeril) como antes lo hicieron los fanzines y la música pop, cuesta mucho encontrar un punto ecuánime en este universo freak. Es posible que tan sólo quede un respeto por quien fue uno de los padres del asunto, respeto por sus convicciones férreas (a pesar de su trasvase demasiado temprano al mainstream, Waters siempre parece ser fiel a si mismo, aun cuando sus chistes parezcan pegotes redudantes, equiparándose en ese sentido con el opuesto, sólo hasta cierto punto, Woody Allen. La carrera de nuestro homenajeado al ser más reducida con respecto al inagotable judío de Manhattan parece menos traumatizante en este aspecto). Y en esa autenticidad nunca nos quedarán dudas que jamás lo encontraremos dando una conferencia sobre Pudovkin. Se supone que para él las escuelas de cine son lugares espantosos. Con profundo sarcasmo, pero hecho consecuente como pocos, se explicaría que Waters sea profesor de subcultura en la European Graduate School.


Tiempo para el cine atrocity pero muy fresco. Tal vez lo más recuperable de aquel galimatías de tedios, imposturas, actos narcisistas, intentos de revolución fracasados por el mero hecho de entregarse a una difusión social nula, que fue el cine independiente USA de los años sesenta y setenta. Desde la evasión a unos mundos fantásticos, donde predominaba el mal gusto sublimado con ese desparpajo y enorme crítica a los modos y costumbres de los norteamericanos, esta criatura adorable hasta lo asqueroso, de gustos perniciosos y vicios confesables ha convertido sus sueños en realidad. Rodeándose para ello además de un equipo de amigos y fundando con ellos su propia compañia de actores y técnicos. Y con cuatro perras (de las de antes, de las de los años setenta) rompió tabúes sin contemplaciones y con mucho humor (negro, o marrón caca).
La estética del feismo le perteneció durante esa década de permisividades. Impuso sus derechos la maldad queer, quiza lo más memorable del fenómeno underground (en tanto que ni el hetero masculino-por no perder supremacia; ni la mujer-por faltarles arrojo o platos por fregar; ni siquiera la minoría negra -cuya agresividad no fue pareja a lo masivo que requeriría su denuncia- parecieron darse cuenta del potencial de destruir normas sociales y sexuales mediante el lado alternativo del cinematógrafo). Pero no sólo estaría en juego para entender a Waters su gaycismo a la vez activista y a la vez muy crítico (el dice sentirse más cómodo en un bar punk que en uno de ambiente). El entorno en el que se movió desde niño, su Baltimore le condicionaban para ver las cosas desde una óptica distinta a la que podrían sentir los chicos de California (y no niego que Bruce la Bruce consigu
e bastante bien pervertir los oasis de Malibu hasta dejarlos como verdaderos infiernos de caos, sudor y propagandismo militante).
No es que Baltimore sea una delegación USA de Bilbao, con sus Picios adictos a la violencia. Es que desde parámetros locales, Baltimore es lo opuesto a Las Vegas, al falso oropel, a un mundo de vanities. Incluso la capital del snobismo y la cultura high brow (New York), a Waters le asfixiaba. En sus tiempos de estudiante hizo lo imposible para que lo expulsasen pues no encontraba más inspiraciones que las que se vomitaban en los cines donde se proyectaba la trilogía de Olga, por poner un ejemplo.

Corrían mediados de los sesenta. Tuvo suerte de pertenecer a la última generación de yanquis educados en el ocio de los "palacios de pipas" y drive-in's, únicos sitios donde se pasaban filmes de segunda y tercera fila. Pero no era dificil tampoco des
de una insignificante localidad entrar en el cine amateur (a pesar de que él no considera a ninguna de sus primeras experiencias de esa forma): sólo bastaba disponer de una cámara de 8 mm -regalo de su abuela- y juntarse con los amigos para darle una salida a tamaño tesoro. El resto lo aportaba la imaginación desbordante y perversa de un veinteañero con ganas de incordiar. Títulos como La bruja de la chaqueta de cuero negro (1964), Roman candles (1966) o Cómete tu maquillaje (1967) permanecen tan inéditas como incitadoras de todo lo mejor del autor (La bruja... según sus palabras sólo llegaría a exhibirse una vez en una cafeteria beatnik en Baltimore). Curiosamente con esta última descubrió a su estrella Divine y empezó a atacar desde la irreverencia y lo estrafalario a la sociedad bienpensante. Cómete tu maquillaje golpeaba a uno de los tabúes más poderosos de ese país al girar el guión en torno al asesinato de JFK en Dallas (Divine era una pintoresca Jackie Kennedy pasada de rosca).




Divine se llamaba Glenn Milstead. Ambos eran vecinos. El gordito vivía en su mundo de sensibilidades extremas, adorando a Liz Taylor (tal vez por que Liz Taylor podría ser él, ahora que había engordado tanto la Cleopatra) y muchas más. Era diferente y sus padres no entendían que su niño prefiriese vestirse de estrella del Hollywood dorado antes que de jugador de baloncesto. Los niños de su barrio lo masacraban. Pero Waters no. Acababa de ser expulsado de la universidad por fumar marihuana y quería trabajar en el cine como fuera. Contactaron con una serie de actores locales, habituales clientes del Hollywood Bakery y se forjó el mito de los dreamlanders. Estos serían (Divine aparte), la impresionante tarasca Edith Massey, Mary Vivien Pearce, Mink Stole, Maelcum Soul y David Lochary, a los que habría que añadir todos los esporádicos actores y actrices con los que contó a lo largo de una filmografía que aunque reducida abarca tres décadas. Y es que para ser dreamlander no hace falta una fidelidad total, desde el principio: basta con haber participado en un par de filmes para alcanzar ese rango.

Durante los próximos días trataré de acercarme lo mejor que pueda al mundo pre mainstream de Waters. El que más me ha llegado, pues si bien filmes como Polyester (1981) o Hairspray (1988) me han calado por diferentes razones (la primera película por su intencionada recreación del mundo de Sirk al que deformaba a su gusto; Hairspray por su llamativo look sixties pop muchísimo más reconfortante y exacto que el de Grease) no creo que hayan superado el delirio, la atrayente suciedad, la causticidad frivolona de su magnífica Female trouble o la urgentemente reivindicable Mondo Trasho. Y debo de aclarar que sus últimas producciones no las he visto, mis amigos me han desaconsejado que lo haga. Asi que me parece haberme quedado cronológicamente en Los asesinatos de mamá (1994) y, aun asi, ésta la encuentro forzada en sus intentos de transgredir. Y lo que es peor, poco conmovible en su ejercicio desesperado. Fallido ejemplo de conciliar sus propiedades autorales con una gran industria que lo devora todo. Curiosamente Kathleen Turner en un papel desmadrado (nunca mejor dicho) que hubiera hecho reincidente a Bette Davis de haberlo interpretado treinta años antes (es decir, cuando aún podía encajar los papeles de madre con credibilidad, apoyando la causa -de paso- del freakismo aldrichiano) no lograba sorprender tanto como cuando fue señora de Michael Douglas en aquel filme de malicia más estrepitosa por lo que tenía de insospechada. Hablo de La guerra de los Rose (1989. Danny de Vito), todo un mini hito entonces de filme políticamente incorrecto en torno al estamento matrimonial y que hoy en día debería ser tomado como ejemplarizador (manual de cabecera) para todas y cada una de las amas de casa subdesarrolladas (o, por no ser crueles, sumidas en la inercia del conformismo a cojones) que ven peligrar sus vidas por culpa de unos esposos de machismo subido.

No creo que vaya a tener tiempo de hacer comparaciones entre Waters y el cineasta español Pedro Almodóvar. Al menos ambos han dejado a un lado, con los años, los grandes riesgos que les abrieron un hueco en el mundillo cinematográfico de sus respectivos países, aunque bien es verdad que el manchego partiendo de una admiración más que descarada ha logrado en la actualidad ser mucho más celebrado que el otro. Es pues una cuestión que admitiría sus reflexiones. Y en la que no niego que el asunto del marketing (que Pedro domina como nadie) tendría mucho que jugar (independientemente que sea un director europeo, con lo que esto atañe de mayor riqueza cultural, e incluso subcultural). Pero ya digo que esto es algo que excedería mis primeras intenciones. Dejo los comments abiertos por si a alguien le apetece abrir el debate.




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