20 enero 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

KIT-BOY de Alan Doyer (Ed. Soriano 1956-57)




La falta de tradición en España fue el motivo de que hubiera muy pocos ejemplos de historietas dedicadas al género de la fantaciencia. Bien es verdad que se produce una paradoja. Gracias a que la Hispano Americana de Ediciones empiezan a reeditar en nuestro país a finales de los años cuarenta un montón de clásicos del comic nortemaricano, los pequeños lectores van enganchándose también al fenómeno sideral, sobre todo, con el Flash Gordon de Alex Raymond. En cambio, donde más se notará esta inclinación por parte de los autores hacia las aventuras fantásticas será en otros géneros como el policíaco o el de aventuras exóticas (en donde la extravagancia parecía no tener un límite, digamos, planetario). De todas formas, todos y cada uno de los géneros tebeísticos eran enormes usurpadores de otros que a simple vista no les competían. Y asi cuando aparecieron los primeros héroes interespaciales no deberíamos echarnos las manos a la cabeza al deducir que en realidad lo de espacial era sólo un pretexto para enmascarar un tebeo de acciones bélicas típicas y tópicas.
No lo fue asi el genuino Al Dany de Hidalgo (Ed. Clipper) que, curiosamente, tomaba prestada del clásico de Raymond lo somático del personaje central. Pero Hidalgo fue inteligente y no pretendió más de lo que sus posibilidades creativas le permitían. Me refiero a que en lugar de tirar por un barroquismo que hubiese resultado ridículo por no original (y, sobre todo, no superable) optó por la simplificación dentro de las viñetas y por un tono de máxima expresividad. Al calor de Al Dany, pronto aparecieron sucedáneos (el radiofónico Diego Valor aparte), ni la mitad de buenos que aquel, siendo el más recordable Red Dixon, que nutría de ganancias a la pequeña editorial Marco con un estilo más grandilocuente y, por ende, del todo fallido en ese "quiero y no puedo" (por la contra, tuvo mayor aceptación entre el público que Al Dany).

Por descontado, que los patrones que siguieron con Kit boy eran los mismos que con Red Dixon: intentos desesperados por inventar mil mundos fantasiosos en los que no habría que descartar sus posibilidades de plagios y, de repente, una tendencia a la acumulación de personajes y acciones que hacían perder la sensación de unidad del conjunto. En el primero de los casos, observaríamos en Kit boy una neurosis de la acción por la acción en forma de batallas que no en vano lo entroncarían con cualquier tebeo de Hazañas bélicas de su momento. Como éste, el maquinismo se muestra lustroso y fundamental (hasta aparecen tanques sobre bases lunares) y los investigadores, profesores y científicos -aliados a su vez con infinidad de seres estrambóticos (pero positivos) surgidos de reinos galácticos- forjarían un ejército de hombres que bien pudieran haber desertado de algun comic vecino tras hartarse de luchar en Ardenas o Guadalcanales dibujados. Y patriotismo seguían teniendo. De hecho, atufaban bobo imperialismo usaca. En el segundo de los casos, la aparición de dichos aliados desvían el foco de interés de un héroe titular ¡que ya eran tres cuando apareció el primer número!. No sólo estaba el rubio pimpollo Kit boy y su carita de niñín (pero tan apolíneo que era una contradicción total, hasta el punto que si separásemos en cruel tortura su cabeza del resto de su cuerpazo y le colocásemos otro en consonancia, parecería más apto para travesuras escolares que otra cosa), sino que también le secundaban el capitán Rider y el profesor Roy Dash (de barbita existencialista). A ellos se les fueron sumando pintorescos hombres sapos (tan absurdos como inapropiados para una saga espacial que se precie de serlo con dignidad) o el calvorota príncipe Jukor que terminaría relegando en muchas aventuras a Kit-Boy a un par de miserables viñetas.

No me olvido de que las primeras historias aún guardaban cierto orden y unidad de estilo . Asi que nada nos impidió enamorarnos -desde un arrebato por lo quinceño- del rubito intrépido como tampoco -desde lo adulto- de la magnífica malvada (aunque sólo temporalmente) princesa Sira, una de las más voluptuosas vampiresas siderales que dio el género. Sira era hermana de Yagor, sus soldados eran espantosos hombres dragones dispuestos a cualquier cosa. Pero lo que hace memorable al personaje era ese físico atómico y extremadamente provocativo en contraposición a las recatadas heroínas en traje sastre de un Inspector Dan, por ejemplo (sólo en El Guerrero del Antifaz encontraríamos a hembras tan opíparas, ¡y aún en nombre de Alá!). Asimismo la creíamos hepatítica perdida (por mucho follar) al jurar y perjurar Kit-boy que la maligna tenía un color amarillento nada interesante. De todas maneras, Sira cayó en las redes de malos más malos que ella y su muerte pudo ser atroz (su cuerpo enterrado en la arena, mientras sus ojos maquinadores soportaban el horror de ver cómo hormigas gigantes rojas se aproximaban a su cabeza al descubierto con intenciones aviesas). La salvaban los buenos, asi que la lista se aliaba a ellos. Pero su presencia terminó siendo un guadiana tentador (iba y venía, tal vez para no agotar al personaje o no agotar a pajas al colegial español de los años cincuenta con tanto gorro frigio y tanta poitrine).

Independientemente de ese turbador erotismo aportado por Sira y a otros níveles el propio mancebo titular (estupendo verlo enrrollado a una temible serpiente de la que pudo desembarazarse el solito con ayuda de su cuchillo), destacaríamos el diseño de robots y de pulpos gigantes que se arrastran por la arena, de ciertas escenografías a propósito de grutas interminables, de agujeros negros vertiginosos y poco más. Pues el estilo grosero y poco inspirado del tebeo dieron al traste con toda reivindicación patria del género fantacientífico adecuándolo mejor, ya digo, a los níveles de un bélico sólo que cambiándoles previamente (como un patrón de mariquitas para niñas) uniformes y lugares.
Esta incómoda revelación daría como lógica aplastante el hecho de que el propio Boixcar (responsable de Hazañas bélicas) acabase tomando las riendas de una nueva serie de ciencia ficción titulada Mundo Futuro, proyecto a pesar de todo teñido por el fracaso.











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