06 enero 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

OLIMAN de Pérez Fajardo (1961. Ed. Maga)


Siguiendo con esta jornada bloggera tan deportiva, les presentamos ahora a un "pimpollo dibujado" cuya profesión era la de futbolista. Se llamaba Olimán y surgió en principio como reemplazo muy necesario (dadas las características de este país con respecto a estos asuntos balompédicos) del retiradísimo Rudy de los años cuarenta. En este sentido, el buen Olimán fue un nuevo intento (considero que fallido) de sublimación del deportista. Lo vemos además como un auténtico gentleman en el vestir (fuera de los estadios) impecablemente trajeado (a lo Dick Tracy, diría yo) que en nada se parecía a su predecesor, algo más costumbrista (aunque costumbrismo había en esta historia de Pérez Fajardo. Tal vez los detalles más entrañables y que actuarían incluso como exponentes sociológicos de primera mano de un país subdesarrollado fueran sus casticismos: empezando por el nombre de los jugadores). Y es que la búsqueda de la cotidianiedad (testimonial o no) era algo inseparable de nuestro tebeo patrio (sobre todo, cuando tocaban las risas de la Bruguera), pero en este tipo de héroes, tan cercanos a la vez que muy distantes (las primas ya eran abusivas de aquella) debían alcanzar rangos de obligatoriedad.
Igual que el cine comercial, el tebeo estaba destinado a reflejar modas y costumbres pero también a ser ejemplo de virtudes, de afanes de superación (en tanto que sus consumidores eran los niños). Y un futbolista reunía todos estos conceptos. Si además, simpatizaba en comportamientos intachables y expresividad retórica con el antiguo régimen y su política triunfalista, entonces a nadie extrañó que Olimán terminase siendo editado por la editorial del capo Bernabeu, a la sazón dueño y señor del club más afecto al oficialismo de entonces.

Lo más curioso de este pobretón tebeo es la facultad de haber sabido equilibrar las facetas fantásticas (algunas de pura irracionalidad) con el empeño de divulgación de este deporte. En el primero de los casos, esas reminiscencias de lo negro (o policíaco) alejando las tramas del estadio para acercarlas a los callejones nocturnos y sus claroscuros, detalles chuscos como objetos y animales imposibles que se inmiscuían en medio de un partido (alterando el curso del cronómetro, a la vez que poniendo en un brete a los jueces) o el nonsense monguístico de ese intento de envenenamiento de todo el equipo de Oliman en el hostal donde estaban alojados por parte del alcalde de la localidad de los rivales; aunque también podríamos incluir en los toques irreales el comedimiento y educación de los públicos en las gradas (no soltaban ni una palabrota). En el segundo de los casos, las conversaciones entre los arbitros, linieres, jugadores... que tenían mucho de catecismo futbolero para el lector. Asi, a la vez que los críos se divertían con su lectura aprendían las normas de tan patriótico y noble juego. Y por qué no, tal vez se terminasen cumpliendo los sueños de tantos de ellos, iniciándose en el fútbol profesional con un mucho de suerte y esfuerzo. Justamente los valores que Oliman defendía cada tarde de domingo con su equipo aspirante a la primera división.
Fuera de campo, acompañaban a este aguerrido macho (de rostro tan inexpresivo que diríase esculpido a piedra, como si fuera un militar de la segunda guerra mundial robado al Hazañas bélicas de Boixcar) el menorcín de turno (Quique) y una jóven de inquietante parecido a Maria Schell (se sobreentiende con esto que se trataba de un personaje positivo) llamada Doris, periodista deportiva realmente fría y asexuada, cuyo único punto de interés en la historia, de todas formas (aparte de conocerse el reglamento de pe a pa), era su calidad de mujer en un intrincado mundo de hombres.












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