07 enero 2009

MACISTEROTIQUE tenebrae (2)

A principios de esta semana acabé el tratamiento para la sifilis que me puso María Esther. Ignoro si ya estoy curado por completo. Esta mañana he pedido vez para consulta y ella está de vacaciones hasta el día 14 del presente. Me han dado para otro especialista de medicina general al que acudiré este viernes. Mi estado psicológico es de expectación (es mi primera vez). Pero también no niego que este susto no me ha quitado las oscilaciones anímicas tan típicas mías. Voy del abatimiento más desolador a la euforía más contagiosa (y nunca mejor dicho lo de contagiosa). ¿Pero a quién contagio yo?. Me da la impresión de que durante estas navidades sólo he pasado mis malas vibraciones a los fulanos que atendían a mis conversaciones venéreas. Tipos del ambiente que han sobrellevado esto unas cuantas veces y que no te lo confiesan hasta el final, mientras tanto te desaniman todo lo que pueden (que si el tratamiento con grageas va a ser lentísimo, que si mis ojeras pronunciadas indican la pérdida de globulos rojos, que si puedo transmitirla por control remoto...), salvaguardando el báter sexual como bastiones sanitarios (ilusos, sino se me levanta y mi agujerito permanece cerrado a cal y canto desde que todo es negro a mi alrededor y no veo el sol del invierno, sólo bruma y calles desoladas -esto no es una idiotez seudo poética, es lo que es mi ciudad tras los fastos navideños).
Hay otros más casquivanos que me animan una barbaridad. Mis tiítas, como yo las llamo, mariconas carrozas con costra sifilítico-gonorreica adquirida con orgullo con el paso de los años, embajadoras de la penicilina, cancilleras farmacológicas, dependientas de cócteles explosivos que me sacan una sonrisa ridícula y me alientan a que le siga dando marcha al cuerpo (eso si: con condón) porque en el más allá no va a haber nada de nada (y en eso estamos de acuerdo, el más allá no va a ser como Hollywood, ni siquiera en sus peores épocas). Y esto es una opinión generalizada de mi entorno, o más bien, una generalización a partir, sobre todo, de la llegada de mis hombrecillos a casa durante las navidades.

Una de las tardes que más hundido me encontraba timbró el scatyolista Jose (qué casualidad que en nuestro previo encuentro, cuando no sabía aún nada de lo que incubaba, yo le regalé a la despedida una caja de bombones envuelta en papel de farmacia). Reconozco que aún es verlo y querer comérmelo y que me coma. No le veía su guadaña oculta, sabía que el sólo tiene una espada tal vez infectada en la punta que le habrá quitado el brillo épico para siempre. Le aviso que estoy empastillándome por el asunto de marras. Lo coge sin perder su expresión de ingenuo perverso. Me dice que si no me apetece lo dejamos por esta vez, que no hay problema. Yo le contesto que no se trata de eso, le pregunto que cómo se encuentra. El está perfecto. Todos están perfectos menos yo. No me lo explico. Me suelta que eso lo pude pillar de retretes (contacto con los mármoles y asi). Lo dudo. Le pongo el condón. Lo hacemos. ¿Un peligro?. Salivas, pero no sé...


El condón con el que me jodió el scatyolista Jose lleno de leche (¿infectada?)


El dos de enero llega a la una de la madrugada Victor. Lo mismo. No se inquieta. El está bien, no tiene (ni ha tenido) síntomas recientes de nada chungo a nivel genital. Eso sí, me dice que hay una herida en su trasero. Intuyo que es una disculpa, que hoy no quiere que se lo coma. No quiero hacer nada, pero lo desnudo por completo y lo meto en el catre. Quiere follarme. Ni hablar del peluquin. Su facilidad para romper condones lo hacen inviable. Se la chupo un poco con goma. Se masturba con el condón puesto mientras me deja rozarle mi rabo semi fláccido en ese ano inflado por la almorrana (su herida). Pero es espantoso aquello. Comienzo a temblar. El lo intuye y tiembla también (pero de placer, las sacudidas por la eyaculación). A los pocos segundos y, aún en esa postura, ambos de costado, nuestros temblequeos se acompañan de nuestras voces que tartamudean: hablamos en trémolo de analíticas y sintomatologías. El se reafirma por su buen estado general. Acaba de hacerse unas pruebas y todo ha ido bien (comenzó a trabajar en una fábrica en Vigo de controlador de alimentos, o asi). Pero resultaba ridículo, verme allí junto al chico de mis sueños, aquel que me hizo perder la cabeza este pasado verano, temblando de horror mientras acariciaba su piel suave y dura a la vez, su vello tan bien repartido en ese torso efébico, sus nalgas que voluptuosas aprisionaban tanto mi pene que llegué a sentir dolor. Cuando iba a quitarse el condón le avisé que lo tirara al suelo, que ya me encargaba con el microscopio que me había traído Papa Noel de hacer unas investigaciones. Se echó a reir, lo sacó, anudó la punta de la goma y me obedeció dejándolo por el camino de baldosas amarillas.


El condón atado con el que se pajeó antes mi adorado Victor, lleno de leche (¿infectada?)


Ayer llamé a Pedro. No aparece por casa así que no me quedó más remedio que ponerme en contacto. Tenía excelente excusa (le había grabado un DVD con películas de Rene Bond y Cadinot). Como no le ví mucha intención de pasar por junto mía le pregunté cómo estaba. Con un poco de gripe. Le avisé que tenía que decirle algo personalmente. Sospechó que se trataba del funcionamiennto del ordenador, como de costumbre. Pero no iban por ahí mis tiros. Asi que se lo dije de buenas formas. Tampoco se inmutó. Sus genitales están ideales, según su opinión (perita en dulce, de rechupete del bueno). Le aconsejé que se hiciese las pruebas serológicas pero ya se las ha hecho el mes pasado y todo está bien. Esto es la hostia. En seguida me pidió tranquilidad y preguntó qué es lo que iba a hacer hoy (eso significaría que vendría para el folleteo). Me eché a reir. Le dije: Joer, cómo sois. Desde luego el cementerio debe estar lleno de fiesteros (lo dije en gallego, festeiros). Me devolvió la carcajada y se despidió al final con un cuídate.

Aparte de mis hombrecillos, durante el tratamiento mantuve tres contactos esporádicos siempre con protección. No sé si esto será bueno o recomendable, pero el condón algo debe proteger. Por un lado, dos en diferentes días con el mismo tipejo. Un pobre señor al que vi hace poco con una puta por la alameda. Una vez, se la chupé con condón, y otra le hice una paja sin él. Por otra ocasión estuve con un oso estupendo. Quería que yo le follara pero se me bajó por la tontería que llevo dentro. Luego me preguntó si podía follarme a mi y no le dejé. Se corrió pajeándose mientras servidor le comía las tetas.


En fín. No quiero prolongar un post de tan mal rollo por la misma razon de que no quiero prolongar un tratamiento extenuante para curarme esto. Si pretendo avisar a mis chicos, lo hago desde el pánico. Afortunadamente ellos me conocen demasiado y le echan ironía (yo jamás podría hacérmelo con un tipo sabiendo que estuviera infectado de algo, a no ser que lo quisiera en el alma como los quiero a ellos o, si se tratara de un desconocido, que fuese un menor). Lo que siempre he necesitado es un equilibrio mental. No dejarme avasallar por los malos pensamientos y vivir la vida desde el optimismo. Pero eso me es muy difícil de lograr. Suelo tener más bajones que subidones. Eso siempre pasó. Por ejemplo, ayer que estaba con el blog escribiendo sobre William Haines mi cuerpo sentía extraños dolores. Por un lado pasaba de una sensación febril, a una ligera picazón de garganta, esta desaparecía y notaba de pronto dolor debajo de la cadera. ¿Hay algo de cierto en ello o son suposiciones mías?. Si son de verdad , ¿querría esto indicar que debo seguir tomando más antibióticos?. Si es así, ¿entonces llevo con la sífilis más del período que cree mi doctora, o es que a lo mejor no debí practicar sexo estas navidades para no entorpecer el proceso curativo?. Estas serían cuestiones para ella, pero ella no está. Y entonces seguimos en la misma... pero peor, pues un tratamiento si debe continuarse no tendría que interrumpirse por sus vacacioncitas dichosas. ¿Dónde está esa mujer?.
Como comprenderán me como mucho el tarro. Fíjense que este carraspeo... me dá que hasta puede que sea una secuela de todo, una secuela crónica que derivará en un cáncer faringeo-amigdalítico típico de homosexuales masculinos golosos y que me llevará a la tumba definitiva de los festeiros. Claro. Pero lo que más me jode es pasear por los sitios de ambiente y ver a asquerosos comepollas de aqui para allá, rebosando salud y buenos sentimientos, busca que te busca, chupa que te chupa... Y sin una puta bacteria que las retire definitivamente de la profesión. O tal vez ya la lleven, y con mucho orgullo, como comentaba tiíta Rafaelona mientras me daba el vahído. En fín, seguiremos informando, ojalá sin el tenebrae adosado al título... y a mi nuez de machote (aunque lo de machote ya lo pongan en duda ustedes. Y no es para menos).

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