21 enero 2009

Estampas de santos. Por el reverendo Belcebú von Bleu

Queridos hermanos. No sé cómo es (los designios del Señor) que siempre acaban por aparecer cositas relacionadas con el santoral. Y buscando en lugares impensables aparecieron estas tres postalillas que a Maciste (y a su amiga Louella supongo que también) le hará ilusión.
Santa Bette Davis surgió no de ninguna carpeta metida en algún archivero, sino en un cajón cerrado a llave donde guardo todo el material nocivo por mí confiscado a antiguos alumnos. Eran los años ochenta, cuando daba clases en diferentes internados y escuelas rurales.
No podría aseguraros con exactitud a qué adolescente pertenecieron estas estampas de la simpar actriz norteamericana: venían dentro de una revistilla pornográfica que empezaba en Gay y terminaba en Sex, pero cuyo nombre no consigo descifrar por sus extraños lamparones y por más que acerque la lupa (posiblemente Andros Queerman o Gilda Love lo averiguaban con sólo echarle un vistazo). Como se llamase es lo de menos, su contenido era aborrecible, un claro y desagradable ejemplo de publicación a quemar de inmediato. No sé porque no la quemé yo en su momento, sería que no caían cerca las hogueras de San Juan. Será que descubrí pronto estos divinos retratos inéditos entre sus execrables páginas. Los de una diva como no hubo otra igual.
No es la primera vez que Bette se convierte en santa en mi capilla personal no bien me planteo un análisis minucioso de su filmografía. Pues sabed, queridos hermanos, que ella no sólo fue envidiosa, embustera, mentirosa, egoista, pendenciera, vengativa, odiosa, arpía y sinverguenza. Tambien hubo una Bette buena, víctima, ingenua, sensible, humilde, temerosa. Una Bette santa.
Es de suponer que mi viejo alumno (era un adolescente, hoy ya será un cuarentón) también lo viese asi y reparase con deleite queer en estas tres fotos que nos la presentan off the record, infantilista o dragona (y por primera vez inapropiada). Explico esto último: la última estampa pertenece a su intervención en el drama de T. Williams La noche de la iguana, que en cine protagonizó Ava Gardner pero que en teatro lo interpretó aquella. Y considero que Bette aqui no dio la talla de un papel que mejor convenía a una actriz algo más jóven, algo más mágica, algo menos etiquetada como malísima, algo más sensual. Todos requisitos que sí cumplía la mujer que menté, la de la versión para la gran pantalla. Y en última instancia, la expresión de Bette no es la de iguana, reptil pacífico sino la de otro más nocivo y letal. Con lo cual traicionaba la historia desde su propio título.
Dicho esto (y esperen un minuto que voy a beber un poco de aguita bendita) : admiren ese otro lado que ustedes podrán aborrecer, resultarles indiferente o simplemente acoger con cariño mitómano. Quédense con la Bette que quieran, pero tengan presente que ella fue tan grande (quiza la más grande) que pudo albergar dentro de si misma un montón de registros que por culpa de las etiquetas es posible que a muchos se nos pasaran desapercibidos.

AMEN


SANTA BETTE
(de nuevo)




1 comentario:

maciste II dijo...

Bueno padre, es lógico que todos los que amamos a Bette la prefiramos en sus papeles negativos (ella tambíen los prefería. Pero porque sabía que eso rendía en taquilla). Al menos, supongo que entre la legión de fans habrá quine se haya dado cuenta de que sus maldades no eran maniqueas, como las de cualquier villano de western ramplón. Sabemos,y la crítica pedante nos lo supo explicar a su manera, que ella estaba representando a un tipo de mujer de la clase media nortemaericana. Y a través de sus actos (a menudo, disparatados)este mismo público se sintió reflejado de forma inusual. Pues Bette transgredía de tal forma unas normas impuestas, unos cánones de conducta que la erigían como una revolucionaria a ámbitos domésticos(que es donde debe empezar la revolución. Destrozando el nucleo familiar. Una feminista sin histerias)como nunca se vio antes. Lástima de clisés, de malos guiones, de absurdos directores.
De sus otras facetas, pienso que EVA AL DESNUDO consiguió magistralmente aunarlas, en un papelón lleno de matices, recovecos y complejidad psicológica. Su cénit.