22 enero 2009

ESCALA EN HI FI. Por Cordelia Flyte

SILVER JEWS y Lookout mountain, lookout sea
Ganas de vivir


La crítica profesional (o la que aspira a ella) tiende a tratar a David Berman (a principios de los noventa, miembro de Pavement) con cariño y una profunda admiración motivada bastante por esos desastres emocionales que le han llevado al intento de suicidio de hace algunos años. Sin embargo, todo esto no le apartaría de una singladura muy típica de los héroes del rock: con sus peripecias de abuso de drogas, consecuentes depresiones, callejones sin salida que abocan a perder las ganas de seguir viviendo, posterior salvación gracias a las desintoxicaciones de turno, la estabilidad sentimental y el acogimiento a las religiones (en su caso el judaismo). Todo ese deja vu. Lo que debería llevarnos al respeto incondicional de este neoyorkino, músico y poeta, son sus excelentes canciones con su grupo Silver Jews, (características de la "baja fidelidad" aunque con el tiempo afianzándose en sonidos más rotundos o si se prefiere sofisticados) y una constante expansión de su talento creativo hacia el terreno de las librerias más exigentes. A efectos musicales, la historia del indie rock norteamericano de la segunda mitad de los noventa no se entendería por completo sin la presencia oscura, brumosa, a veces ininteligible (pese a las letras maravillosas repletas de imágenes y yuxtaposiciones hilarantes) de esta banda. Country rock de autor que gracias a sus vaivenes interiores también vería como su obra avanzaba por lo más tortuoso. Nunca, y esto sería un aspecto positivo porque de mesiánico David no tiene nada, de manera grandilocuente o en primeros planos. Su trayectoria ha ido pareja siempre a una modestia y sencillez incomparables. Lo que le vuelven un amigo cercano, un íntimo trovador sin las querencias por las masas de Bob Dylan (a quien se le suele comparar), ni tampoco con el aislacionismo decadente de un Cohen (aunque a Cohen se le parece bastante en muchos de los cortes - Suffering jukebox, p.e.- de este su último trabajo Look out mountain, look out sea, y si tirásemos del hilo vaquero hasta a un Cash o un Lee Hazzlewood).



Open field


La amargura que delata el disco (inolvidable la citada Suffering jukebox, esa gramola de bar que sólo dispone de canciones tristes en su repertorio pero que nunca se vomitan sencillamente porque a la gente no le apetece escucharlas al preferir vivir en un falso mundo de trampas y autoengaños) siempre se matiza con una pátina de cariño, de esperanza por una alternativa mejor, incluso colorista (al menos en estrofas y musicalmente, pues la voz de David sigue siendo inclemente, monocorde y hasta apática -las fiestas para otros). Y si de repente nos invita a bailar (a lo fronterizo, por no decir a lo latino) en Aloyisious, bluegrass drummer el frenesí se nos revela demasiado breve y comedido. En los medios tiempos es donde mejor brilla el talento musical. Melodías envolventes como la soberbia San Francsico b.c., el sencillo hit Open field (casi con coritos del fallecido twee pop) o ese cierre, broche final, de oro y (luna de) miel junto a su señora Cassie We could be looking for the same (invitación a que entremos en la intimidad de la pareja y su búsqueda a dos de lo mismo, mirando hacia el exterior con la ventana abierta en un futuro compartido, receptivo a las posibilidades de la vida, no con los cerrojos del hogar echados, causa de tantos fracasos sentimentales). En el fondo, es un trabajo íntimo, de alcoba (la nuestra y la de ellos), para escucharlo una y otra vez mientras lees o repasas fotos de tu pasado. Es su renacer sin alharacas. Con mucha clase.

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