13 enero 2009

DIRIGIDO POR... FA. Ala-Arriba! (1942. José Leitao de Barros)

Ala-Arriba! es un sencillo tributo a las clases humildes personificadas en un pequeño pueblo de pescadores sito en la localidad portuguesa de Póvoa do Barzim. Resulta cuanto menos una cinta interesante de ver en la actualidad por sus aspectos positivos y negativos tanto a niveles ideológicos como estéticos. El director era un hombre adscrito de lleno a la dictadura salazarista, comprometido de primera mano con el Estado Novo, el partido del régimen con el que trabajó coordinando festividades, desfiles y marchas militares.
Ese parafascismo de Leitao de Barros en modo alguno empañó ideológicamente su obra cinematográfica, al menos no del todo, a la que dotó de una curiosa vena reivindicativa de lo popular que apenas rozaba los folclorismos. Su legado para con los desfavorecidos a pesar de -por razones obvias- no incluir la denuncia de sus situaciones de vida aspiraba a edificar un espíritu nacional que llegase a ser comprendido por el mundo entero. El dolor de sus gentes, el dramatismo, la autoconmiseración típicas del alma portuguesa (que el fado musicó de manera magistral) ensombrecería cualquier componente oficialista. Y demostrando que habría que hilar muy fino en el terreno de las generalizaciones. El carácter ambicioso de su carrera artística (escritor, pintor, cineasta, decorador y actor) lo entroncaría de manera indirecta con un D'Annunzio y, en esa vena populista, con el D'Annunzio de los Cuentos del río Pescara antes que con el del Inocente. Y ni siquiera veríamos una ligazón expresamente cinematográfica -de mímesis- con otros países afines como Italia y Alemania (como mucho, si el Tercer Reich transformó a Schiller en una superproducción, Leitao de Barros optó por Camoens aunque hasta ahí llegaría la conexión aria: concesión al cantor nacionalista). Tal vez Italia y España darían un espejo al que mirarse mejor con los productos que en los años cuarenta el portugués concibió muchas veces forzado o, cuanto menos, con escasa motivación en sus reconstrucciones históricas (del XIX). Las que enmarcaban dramones de alcurnia como As pupilas do senhor reitor (1935), Maria Papoila (1937) o la más interesante A Severa. No en vano, cuando se inició una alianza Portugal-España (alianza que no llegaría a fructificar, de todas formas: como mucho acabó con el afincamiento en nuestro país de los galanes Antonio Vilar y Virgilio Teixeira y poco más) Leitao se volvió a decantar por el cartón piedra con su Inés de Castro (1944), tal vez hoy en día interesante por ese vigor narrativo, gusto por el interiorismo y una tendencia pictoricista que le venía de antiguo. En cambio, considero que dicha facultad para crear belleza visual adquirió en la vena popular mayor consistencia. Las posibilidades de lo paisajístico y que el tuvo tiempo de perfeccionar en el mudo con sus cortometrajes de ambientación rural.



Alá- Arriba! por ejemplo, contiene momentos muy inspirados al respecto y aunque los críticos prefieran su María do Mar (1930), de tema y ambiente parecidos, en modo alguno habría que desdeñarlo en el sentido que es un ejemplo perfectamente válido de cine de régimen que lograría trascender sus propias limitaciones ideológicas a la vez que ampliaría sus posibilidades de estilizaciones efectuadas en el pasado. No existen referencias políticas en este historia de sentimientos rodada con actores no profesionales (todos vecinos del pueblecito de Póvoa do Barzim, o al menos eso nos explica el narrador). Si bien, nos percatamos, con profundo desagrado, del dominio moral y religioso que ejerce el cura del pueblo en la vida, en la existencia de todos y cada uno de sus habitantes, presos del atraso y la incultura. Es la ley y el orden traducidas en castigo divino para quien no cumpla con las normas de conducta, que puedan hacer peligrar una pureza de raza que yo creo que no es de este mundo y que ya vienen de tiempos milenarios, arraigadas en las mentalidades y, como tales, heredadas a perpetuidad por las generaciones futuras. La presencia del cura, de ese cura, sería por lo tanto la de un mero garante de que no se mueva nada un ápice, de que la vida siga su curso y que ante cualquier problema o infortunio (bien por causas domésticas o externas, es decir, los desastres naturales) el ser humano recurra una vez más a la fe cristiana por medio de la oración y la pasividad total (en la secuencia final, el propio abad -en un plano aterrador por lo que tiene de reflejo fanatista de un poder que excede a lo racional- sujeta la cruz a guisa de arma de fuego enfrentándose a la Naturaleza furiosa, lo que lo transformaría en una suerte de Cruzado neurótico con mucho de inquisidor).
Ese papel del religioso es el lastre del filme, no ya sólo por lo que significa sino, por encima de todo, por su preponderancia como elemento positivo en la historia; bien por ser el narrador que altera nuestra atención -rompiendo el ritmo interno-, en su despachito con sus peroratas al espectador en cámara fija, bien porque estas son innecesarias en tanto que sus explicaciones ya las llevarían a la práctica los pecadores caídos en la desgracia de la tentación de la carne (desde su cualidad de cine catequista se entendería). Y esta no es otra que la vulgar (pero siempre efectiva para mentalidades primarias) historia de la pareja jóven y sus amores contrariados (la infidelidad de él con una gitanilla de verde luna), deshecha por el infortunio y el pensamiento arcaico, cuyas leyes inviolables (en su caso, la separación definitiva de los prometidos, pasando por el destierro del muchacho) deberán acatar si no quieren que caiga una maldición sobre sus respectivas familias.
Quedarían momentos románticos, de tentación sexual incluso, bastante acertados mientras el testimonio de los peligros diarios en el mar se revela como factor secundario pero aún así presente de manera fatídica en la parte final: la de la tormenta que amenaza con peligrar la vida de muchos de los hombres. Y, por descontado, en su propio título. "Alá-Arriba!" era lo que gritaban las mujeres mientras tiraban de las cuerdas que sacaban las barcas llenas de pescado de los marineros. Es lícito preferir estas pequeñas partes del filme frente a otras más suplementarias como los bailes folclóricos y las ferias pues será en lo primero donde Leitao nos sorprenda gratísimamente (pese a lo paupérrimo de medios: el naufragio ocurre en la orilla) con lo que bien podría ser un anticipo curioso de uno de los filmes más bellos de la primera etapa de Luchino Visconti, La terra trema (1948). En este último, lo sentimental no era tan preponderante como la toma de concienciación política frente a una situación real de unas pobres gentes (I Malavoglia) sujetas al caciquismo más inmovilizador. Pero Visconti era un director marxista que en el documentalismo de ficción pudo desarrollar todo su credo (al menos, el más urgente, típico de dopoguerra).
Leitao, en cambio, prescindiría de marxismos de ninguna clase para llegar de manera pintoresca- pero desde el conocimiento cinéfilo- a lo soviético y, huelga advertir, que solamente desde un punto de vista estetizante. Porque los primerísimos (y veloces) planos de las mujeres enlutadas, de sus hombres luchando frente a la adversidad de las olas encrespadas, nos remitirían al cine de los maestros rusos de los años veinte. Ese rústico montaje de atracciones (al que habría que añadir la cámara al ras del suelo para crear contrapicados hermosos donde los pueblerinos alcanzan rangos épicos bajo cielos inmensos) lo tomaría de igual modo Florián Rey aplicándolo a los segadores andaluces en su inolvidable Morena Clara pre guerra civil. Lo que indicaría que lo que nació como un medio artístico de propaganda del Partido Comunista acabó al poco tiempo como fórmula (de primera calidad) en paises ideológicamente opuestos.
Contemplando los alaridos de pena, las oraciones histéricas, el llanto desbordado que retrata con precisión microscópica el portugués convendríamos que estaba mirando directamente a Eisenstein, pues según la célebre definición de Leon Moussinac: un filme de Pudovkin es un canto, un filme de Eisenstein es un grito. Aunque aqui el grito no quisiera denunciar nada.


6 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Tardía colaboración cinematográfica luso- española (Pacto Ibérico): "Disco Rojo", 1973, con Antonio Vilar y Paul Naschy.

maciste II dijo...

Y me acabo de acordar que me he olvidado de escanear en las pasadas bisuterías una auténtica joyita de La Polaca incluida en un disco de Antonio Gades haciendo el "Ho capito che ti amo" de LUIGI TENCO. A ver si para el jueves abro un anexo.

Un saludo,Filomeno. Si, es ya muy tardía esa colaboración "copro". Me estoy descargando cosas de Amalia Rodrigues y de Beatriz Costa que circulan por la red. Creo que Portugal tan cercana sigue estándonos muy lejana. Siempre tuvieron más próximo el Brasil, al menos su cine gustaba mucho allí.

filomeno2006 dijo...

¿No conoces a Soraia Chaves?

maciste II dijo...

Las portuguesas son por regla general un poco callos. Ellos, en cambio...

filomeno2006 dijo...

Estás muy equivocado. El tópico de la portuguesa vestida de negro y con mostacho, es un topicazo falso. En el Norte de Portugal y Galicia se encuentran las mujeres más bellas de la Península Ibérica.

maciste II dijo...

Será el tópico pero no el contenido de este post, desde luego. No querría aqui ahora meterme a evaluar las limitaciones del heterosexual masculino vulgar y corriente que le hace ascos al vello natural.
Desde mi mundo(el mío, no el de ningún colectivo) se ven la pilosidad o la imberbia de otra manera pienso que mucho más enriquecedora. Y con menos remilgos (o sea, de forma no amariconada, fíjese usted). Sin hacer además distingos de zonas erógenas concretas, que convierten el cuerpo humano en un mapamundi de apetencias caprichosas.
Es por eso que me he situado donde estoy.