01 enero 2009

BISUTERIA POP


SENORITAS IN SATIN

Aqui les presento a unas cuantas vocalistas de los años cincuenta y sesenta que se caracterizaron por poseer una elegancia fuera de lo común. Algunas cursis (pero no agresivas en su cursileria), otras sofisticadas. Grandes voces y grandes estrellas, cercanas y amorosas. Españolas y sudamericanas, incluso con una actividad exclusiva en los Estados Unidos (Eydie Gormé o Margarita Sierra) pero teniendo siempre presente esa deuda latina que cultivaron en sus respectivas trayectorias. Es por estas últimas que este capítulo lleva la palabra Senoritas sin "ñ" en el título, pues así las llamaban los públicos anglosajones. Públicos ávidos de latinidades, de savoir faire exótico. Y ellas, brindándolo a manos llenas (pero sin aspavientos innecesarios)
Finura y estilo. Trajes de noche y maquillajes clásicos. Satén y raso. Soireés y tailleurs. Tan bien peinadas en las portadas. Conquistadoras de un romanticismo de revista juvenil femenina.


Elder Barber, la argentina que llegó a Madrid en la segunda mitad de los años cincuenta contratada (como tantos y tantas) por Bobby Deglané. Actuó en su Cabalgata fin de semana y gustó tanto que la bautizaron como "la voz rosa de la radio". Especialmente inolvidable cantando al castellano éxitos de películas. Y, por afinar más (nosotros, que ella siempre afinó de maravilla), en un hit de lo queer de nombre Neurasténica (de su paisano Joaquin Prieto). Pero tal vez ustedes la encuentren en recopilatorios de grandes éxitos de aquellas décadas interpretando Una casita en Canadá.
Luego vendrían los Festivales de la Canción, su éxito (relativo) en el teatro con Sonrisas y lágrimas (del lado de su esposo, el músico murciano Mario Moreno Buendía), y su reivindicación camp de principios de los setenta.



Incluyo a Elia Fleta porque venía de la época dorada de las cantantes con swing. Ya en los sixties se especializó en el pop, primero más desenfadado y luego tan sofisticado que conseguiría transformarlo en jazzy (Bacharach hubiese babeado por ella si la hubiese conocido). La Fleta de mis amores, artistaza con raices. Su hermana Paloma, su padre el tenor Miguel Fleta, su hermano Javier del Price...



Increible artista. De la raza de las grandes crooners femeninas, las capaces de interpretarlo todo (a su manera), de hacerlo en varios idiomas sin jamás perder la clase. Tuvo el privilegio de ser una de las escasas voces femeninas que acompañaron a Los Panchos durante un tiempo (y de esas mujeres, ella fue la más recordable). Su matrimonio con el cantante Steve Lawrence en un tiempo de rupturismos para la música norteamericana (finales de los cincuenta) le abrió un posible nuevo camino en el intrincado mundo del pop melódico. Sin embargo, antes de sus bossa novas y sus boleros (que pretendían hacernos olvidar al divino Johnny Albino), ya la Gormé rindió tributo al latin style en este disco de mediados de los años cincuenta, con un Frenesi cantado en spanglish del todo arrebatador (¡qué orquestación, señores!).



Sensualidad y pastelería. Difícil híbrido que la catalana eligió como marca personal.. Atreviéndose a pintarse los labios con rouge en las portadas de los discos, y como diciéndonos aqui estoy yo, ¿querías algo?, ¿has crecido lo suficiente como para llevarme al tálamo?. Ofreciéndose como mujer vivida, experimentada, cosmopolita. Dominadora en su Guaglione pero también imposible de soportar en sus Canastos (junto a Luis Mariano, y una tonada kitsch a la que parecía haberle caído sobre la partitura original todo el gevacolor del cine de su partenaire). Queda el clásico griego Luna de miel como auténtica cumbre de su discografía. El influjo Mariano, estuvo a punto de metamorfosearla en una réplica con faldas del aragonés (el Olympia o el Chatelet también se postraron ante ella).
Su vida privada fue tan tumultuosa como ínsipida para amantes de grandes escándalos (ella optaba por los casamientos abundosos más que por el libertinaje). En este disco, la vemos poppie con un Déjenme en paz fantástico que robó del repertorio de Gelu (una de mis canciones favoritas de la granadina, por cierto).



Qué olvidada permanece la Vilches. Y qué extraordinaria artista fue esta madrileña, hija de español y argentina. Qué elegancia en el decir y en el mostrar (a pesar de que le faltaba una pierna). Y es que ella tenía vocación. Y si el accidente de automóvil le impidió ser bailarina, la voz (de plata, según Radio Nacional que la premió con este galardón) le dio efímera gloria. Apuró su momento actuando en distintos teatros, salas de fiestas, radios y televisión de España, Marruecos y Alemania. En este extended play la encontramos capeando entre pasodobles, beguines, canción bolero y slows con especial mimo y donosura. Su adaptación del Voy a decirte adios de Becaud siempre me ha llegado al alma. Y la de ella fue muy grande.


Juanita Cuenca empezó su carrera cuando los discos eran todavía de pizarra. Era de la quinta de las Rina Celi, Mari Merche, Luisita Calle o Lolita Garrido. En los cincuenta conservó su status de cantante refinada gracias a repertorios muy bien seleccionados que la volvían equivalente de otras mujeronas internacionales de la talla de Della Reese o Alma Cogan. Su Johnny Guitar tiene poco que envidiar a la versión original de Peggy Lee (tal vez no ofrezca esa voz de terciopelo azul de la norteamericana, optando por un colorido vocal ligeramente monjil que, sin embargo, reflejaría estupendamente el tipo de pudor que vivía nuestra sociedad en aquella época de censuras y recelos. La Montiel y, en otra medida, la Garrido zanjarían el asunto con sus respectivas reformas).



La Eartha Kitt que surgió de Madrid. Espléndida Margarita Sierra. Triunfando en Estados Unidos desde la televisión. Su inclusión en el casting de la serie Surfside Six la hizo enormemente popular (a pesar de que su cometido en aquella soap opera de principios de los sesenta estaba en la cocina: era la asistenta de origen hispano de Troy Donahue). Pero cuando colgaba el delantal y llegaba la noche se iba a actuar a night clubs donde su garra y temperamento asombraban a los yanquis.
Malagueñas salerosas, concesiones al chá, algún hit de moda en inglés macarrónico... Nada parecía detener a esta artistaza que en microsurcos recordaba algo a Marujita Diaz (siendo Margarita infinitamente más digerible, pues lo que en la otra había de efectista en ella sólo cabía la sutileza y la sensibilidad). Sin embargo, en 1963 un repentino ataque de corazón apagó su fulgor para siempre. Se había ido con veintiseis años. En Norteamerica la reseña de su muerte la delimitaba a su condición de secundaria televisiva. En España ni se enteraron de tan triste final.



Otra argentina cosmopolita. Al igual que la Sierra, que la Gormé, que la Lasso Lidia Scotty era multifacética y cantaba con gusto. Se movió entre la revista (en su tierra natal) y las salas de fiestas, llegando a actuar entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta en medio mundo. En este extended play estaba acompañada del popularísimo Augusto Algueró, cuando empezaba en esto de la música (es por eso que se le añadiese a su nombre el junior, que indicaba que su padre aún contaba mucho en el recuerdo del aficionado a los grandes orquestadores -y compositores- de nuestra historia musical).



El cuplé más chic le pertenece a Lilián, cantante soberbia. Tal vez algo limitada al obcecarse en este estilo que se re-puso de moda gracias a ella y a la Montiel. Una moda (vuelta a los años diez y veinte) traída con tal furor que se alargó durante tres o cuatro temporadas más. Sin embargo, repasar los viejos discos de Lilián es todo un placer sensitivo que alude forzosamente a unas épocas distintas de cuando las grabó. La belle epoque y esa voz atiplada que se ajustaba a la tradición y que a las señoras de los cincuenta les chiflaba.
A los señores también les gustaba mucho la de Celis (por guapetona). En cambio, en la época del destape excusó de querer gustar por otros medios más obvios e innecesarios para una mujer de su talla (tan impensables de cuando evocaba Las tardes del Ritz). Por aquel reportaje con el coño al aire no sé lo que cobraría, lo que tiendo a imaginar es que la podridita Raquel debió removerse en su sarcófago art nouveau echando pestes contra la ovetense.


Tal vez la mejor voz con swing que dio nuestro país en su época dorada. Sin embargo fue una mujer con un repertorio amplísimo (abarcaba la música cubana, el blues, los boleros, los cha-cha-chás, los mambos, el foxtrot, la samba...). Tenía además el don de la sexualidad a flor de piel (y de garganta). Con la mirada, con las pausas e inflexiones vocales, insinuaba más que decía. Las noches de posguerra del Pasapoga, del Morocco, del J'hay, del Casablanca madrileños o del Rigat barcelonés no se entenderían sin sus actuaciones. Sólo la Lasso en los cincuenta pareció hacerle competencia. Pero la Lasso marchó a Paris. Y la Garrido por entonces ya había triunfado con una enorme canción compuesta para ella por Fernando García Morcillo: Viajera.
En cambio, ese bolerismo algo llorica (al menos en orquestaciones) típico de los forties fue sustituido por una jovialidad y sex appeal increibles en la década suprema de Lolita. Justo cuando confesaba escuchar a Ella, a Sarah Vaughan, a Eartha Kitt... No todo lo que cantaba estaba a la altura de su talento, pero ella conseguía salvar gran cantidad de material infumable con sus guiños, sus arranques, su impresionante registro. Fue la Peggy Lee española sin perder nunca su personalidad. Una artista como la copa de un pino.

3 comentarios:

EL ACUMULADOR dijo...

¡Peazo de artículo! mi portada preferida la de Lidia Scotty, eres fuerte Maciste. saludo /g

maciste II dijo...

Anda, Lidia. Qué bien. Yo también me considero más acumulador que coleccionista (estos últimos me resultan una fauna la mar de pesada).
Feliz año.

filomeno2006 dijo...

Mis admiradas Gloria Lasso y Lilián de Celis