16 enero 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES (mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988)


Capítulo sexto


El nacimiento de lo mongo

Pero antes de que Javier se mostrara muy solícito a enredarse en mi mundo de locuelas peripecias (normalmente en discotecas y cines), ya Mario me secundaba con ejemplar maestría. Fue con el con quien surgió el fenómeno mongo. Una moda destinada a perdurar en mi vida consistente en comportamientos en público realmente extraños, que vacilaban entre la subnormalidad y (paradójicamente) el desprecio por la masa. Las carcajadas que despertábamos en clase no nos afectaban en absoluto pues sabíamos que formábamos parte de un club selecto y muy restringido (tan restringido como que eran dos los únicos socios), capaces de sublimar el cachondeo general con un potente sentimiento de superioridad (los raros eran los demás y no nosotros). En la praxis, nuestras teorías resultaron un fracaso total. A partir de nuestras mímicas y formas de comunicarnos (a veces simples sonidos guturales lanzados cuando el aula permanecía muda en medio de un exámen o una hora de estudio) nos ganamos una fama de payasos de feria que no niego que llegaría a crisparme. También estábamos locos, por descontado. Pero eso ya era un piropo, pues de siempre admiré a los rechazados mentales de nuestra sociedad (sobre todo los que admitían una coartada cultural). Adorar a Artaud, a Arrabal, a Bates, a Panero, a los que me enseñaba Moreno Ruiz, incluso (aunque suene improcedente) a Quintero eran una prueba de que mi destino me conduciría a entenderme mejor con los psicóticos que con los supuestamente cuerdos. El que todos y cada uno de mis amantes más duraderos hayan estado en tratamientos por culpa de una enfermedad de esa índole indicaría (más allá del hecho homosexual que los sustentaba, una desviación mental a no dudarlo) que mis querencias de antaño culminaron con una aplastante lógica. Y admitiendo mi destino no sin sufrimientos ni desengaños. No sin faltas de entendimiento y con búsquedas de solución; es decir, de curar al enfermo, a la Lilith Seberg que había en ellos, cuando yo mismo era una Lilith enamorada, la irregular tara de mis anhelos infantiles en un estado de avanzado deterioro. Fingiendo lo que a lo mejor no era acabé siéndolo con los años. Y al chocar con otros gemelos no tuve reparo en convertirme en médico de sus angustias. Pero acelero acontecimientos que ya he tratado con mayor densidad -y calma- en otras series de este blog (La Pasión según Betanzos, Mis Parafilias...).
Mi transgresión esquizo con Mario, deconstruyendo el lenguaje, asustando a las viejecitas, comportándome mal en casa fueron pasatiempos estériles que durante alrededor de dos años llenaron muchas horas de tedio. Era escapismo. ¿O habría que decir mejor autodefensa?. Y mientras la mayoría de los chicos de nuestra edad pasaban sus horas muertas viendo televisión, entrenando a fútbol o mariposeando con muchachas en flor, nosotros nos encerrábamos en casa de Mario grabando nuestras voces, ideando planes locos o inventando giros linguísticos neo dadás.
En el segundo de los casos era donde más lejos llegamos. Se acercaba el festival de Eurovision, una cita obligada para ambos desde la derrota imperdonable de Betty Missiego. Asi que se nos dio por componer una canción que nos representara con dignidad. El resultado fue atroz. Un horrísono interpretado con guitarra, flauta y melódica. Ni su título ni mucho menos su letra han pervivido en mi memoria. Pero lo importante me ha quedado. Que fue su presentación en sociedad. Nos plantamos en la calle con un tablero dorado a guisa de escenario, mucho más chirriantemente llamativo que el que utilizamos como decorado del partido revolucionario que parieramos la temporada anterior. Armamos el tenderete en un comercio del centro con amplias galerias que nos sirvieron de magnífico plató. Realizamos nuestro playback una y otra vez, ayudados por el supremo estéreo de un radiocassete desvencijado y casi sin pilas, congregando a numerosos paseantes que nos miraban entre la incredulidad y el espanto. Si salieron carcajadas las pasaríamos por alto, pues ya sabíamos de que ralea era nuestra sociedad (de siempre muy risueña). La coreografía resultaba pobre, pero la coreografía en los duos masculinos siempre fue lo de menos. Nosotros éramos además un duo alternativo. Toda estupidez monguística estaba justificada a priori para un par de seres con ganas de sobrellevar el error de haber nacido en una capital muerta, dominada por oscuros caciques que la mantenían convenientemente afeada, tan sólo animosa al llegar los carnavales (donde el salvajismo ancestral y las comilonas del cerdo daban paso a la llama ardiente de un pueblo vivo y fecundo). Ese pueblo que era por naturaleza anticlerical y a su vez apegado a las supersticiones religiosas. En esa dicotomía habría que entender al gallego. Y su entorno.

El indiscreto encanto del alzacuellos
Mario y yo alimentábamos también una malsana atracción por lo curil. Y más teniendo en cuenta que éramos salesianos de toda la vida. Sobre nuestras carnecitas lozanas habíamos sufrido ya el maltrato psíquico y físico, la crueldad vehemente de los profesores con sotana. ¿Acaso no merecían ellos al fin una mínima correspondencia a sus dádivas feroces, acorde a sus viles métodos de persuasión infantil?. Nuestras chanzas terminaron orientándose a las iglesias, las capillitas de monjas de clausura, incluso a la catedral. En las primeras solíamos meternos en el confesionario. En nuestro ánimo estaba redimirle los pecados a alguna beata reconcomidita por hallarse recién corrida a causa de una torpe manuela (escuchábamos leyendas rurales sobre ancianas -viudas o solteras- que ingresaban en Urgencias aquejadas de infecciones provocadas por albergar dentro de sus lúgubres vaginas -¡y durante tiempo inmemorial!- trozos de chorizos que se les pudrieron, incluso con los cordones de atar en la punta saliéndoles por alli y que les servirían, digo yo, para matar sus soledades de crudos inviernos sin machos que las cubrieran). Pero nunca se nos plantó ninguna, ni una triste tía Tula.
Con las monjitas éramos crueles. Nos habíamos olvidado que en muchas ocasiones ellas nos habían abierto las puertas del convento para cumplir con nuestras peticiones de ricas hostias sin consagrar y que tomábamos a guisa de dulce no bien salíamos de clases. Pues bien, en las de clausura, mientras oraban de espaldas a sus fieles, separadas por barrotes, las insultábamos y luego nos dábamos el piro como almas que lleva el diablo (nunca mejor dicho). También es verdad que con estas carmelitas divinas, yo muchas tardes de desolación encontré el amparo en sus polifónicos cantos. Era una paz que no respiraba en el exterior. Ni en mi casa (presa del confusionismo y caos económico) ni en el colegio (de siempre un foco de estrés inapropiado para un chaval de mi edad). Y antes de que se pusieran de superventas los monjes de Silos, yo ya sabía de los poderes curativos y ambient de las voces cromadas de aquellas benditas que imaginaba sin cabeza, a lo templario de un Ossorio. Pero todo bondad.
Y en esa línea de búsqueda de lo mejor del mundo religioso (la caridad cristiana) nos plantamos en la puerta misma del conventillo una tarde de sábado con la esperanza de que nos dieran limosna los feligreses. Aquella situación no niego que me puso muy tenso. En cambio Mario iba muy tranquilo. Buscaba juntar unas pesetas para luego echarlas en el Comecocos. Asi que le acompañaba porque veía que su intención era buena. Me cubrí con un cartel del Domund que adornaba el portalón y nos tiramos en el suelo, que es donde mejor puede pedir uno (implica desolación y desgarro). En quince minutos sacamos cien pesetas. Y nos dimos por satisfechos. Yo más. A mi esas cien pesetas me debieron arreglar para toda la vida pues no volví a repetir tal acción. En cambio a Mario no le bastaron. Sonsacó que era un método rápido de conseguir dinero (siendo el un niño más que pudiente). Y se atrevió a mendigar de pie, con la cara descubierta (que por aqui todos nos conocemos) en una concurridísima parroquia ¡y un domingo por la mañana!. Tuvo la mala fortuna de ser interceptado por sus santas tías abuelas, myrurgias de astracán, beatas en alcanfor. Y el corte que se llevó al parecer fue soberano. Y con repercusión de órdago, pues estas pías damas de la más rancia burguesía esa misma tarde se lo contaron todo a sus padres. Una verguenza, vamos.
Si es que lo religioso puede llevar a la perdición a cualquiera. Y lo que hicimos en la catedral no tuvo perdón de Dios. Pretendíamos poner entre la espada y la pared al cura que allí estaba confesando. Pensamos en un par de soberanos pecados, historias de violación y escarnio que hiciesen temblar ya no sólo los finos tablones de su quiosquillo perdonavidas sino las firmes columnatas de piedra de toda la edificación. Mario fue el primero. Le contó al clérigo que acababa de violar a su hermana. Lo que le respondió no me acuerdo, pero sé que con dos avemarías ya tenía otra vez ganado el cielo. El amor fraterno. Luego fui yo. Le comenté completamente aterrado (no por mi mentira que tampoco lo era tanto, sino porque por mi historia yo debía haber perdido los nervios y debía notárseme) que alimentaba una pasión que excedía lo teresiano por las carnes desnudas, por las llagas abiertas, por las heridas rezumando sangre de nuestro Señor Jesucristo. Su reacción fue de templanza, aunque creo recordar que carraspeó mucho (lo que denotaba inseguridad por su parte). Me echó menos penitencia, lo que me indignó del todo. Es más, pensé que aquellas figuritas con nombres de santos no eran tan respetables como se suponía, que estaban alli para seducir y ser seducidas, que eran como monumentos a estrellas del rock de otros siglos, que los mártires (sobre todo los más infantiles) lo fueron a conciencia y por un mero regodeo masoquista con fines provocadores a los sentidos. Con lo cual algun domingo de catedral, y estando yo muy caliente osé en meterme en capillitas del enorme recinto, apartadas en su mayoría de la masa de fieles que se congregaban en la zona central, para honrarles a mi manera: sacando mi colita para pajearme a gusto mientras me deleitaba hasta lo incívico con los hematomas de un sublime Cristo yacente, directamente recogido de los abusos del Barroco español (doblemente barroco). La religión de mis padres (y sus correligionarios en alzacuellos) me había enseñado desde retaco y con holgura de estampas y pasos sacros a valorar el dolor y el sufrimiento desde un sentimiento enfermizo, un pathos no carente de efectividad erótica. Retorcida si, pero erótica al fin y al cabo. Mi leche idólatra fue a caer en las esquinas de los confesionarios o en los posarodillas de reclinatorios de terciopelo rojo. Y en estas cuitas, lo mejor es que el jóven oferente salía de allí satisfecho, relajado y sin asomo de remordimientos pues pensaba que una paja a la salud del Altisimo era a lo más místico que podía aspirar un muchacho asi, ajeno al mundo y sus falsos mitos modernos. Para qué suspirar por el Becerro de Oro si aquél cayó por su propio peso hacía tanto, mientras Jesús seguía vivo, actual, válido (¿no fue un revolucionario, no lo vendió así nuestra izquierda más rumbosa?). ¡Y encima estaba como un tren!.

continuará

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