02 enero 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES (mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988)


Capítulo quinto

La pandilla
Que Carlos y yo éramos muy diferentes en gustos musicales creo haberlo expuesto con anterioridad. Conforme llegábamos a la adolescencia, cada cual buscaba a sus ídolos al albur de sus inquietudes más inmediatas. De alguna manera, el comic para adultos que mi amigo coleccionaba con avidez (Richard Corben o Milo Manara) estaba más cerca del espíritu del rock que mis best sellers románticos, a los cuales me acogí sin pudor. En cambio, creo que mi imposible mezcolanza de sub géneros (del terror adolescente a las sagas coloniales) no podían casar con una banda sonora específica. El tecno pop nunca podría aompañar al amor y lujo de los Jordache o los Ewing. En eso, Carlos seguía siendo más consecuente, más ortodoxo. Tenía pues madera de jefe de clan, de cabecilla de grupo, de aglutinador de personalidades. El consiguió, de una manera que siempre he admirado, reunir a diferentes muchachos que a lo mejor en otro aspecto jamás hubieran casado. Pero en cambio, se produjo ese milagro.
Yo también me movía mucho a su alrededor. ¿Por que no se me excluía?. Por supuesto, porque tenía algo que aportar. Era gracioso, absurdo, era escritor. Pero la mayoría de ellos eran jevis. Y yo detestaba esa música. No le hacían ascos al gran espectáculo de los mendas con guitarras (antes bien, eran ensalzados a la categoría de dioses. Cosa que no podía entender). Hector iba más lejos en estas sensibilidades, admitiendo como iconos a gente del mundo de la revista como Freddy Mercury. Pienso a años vista que otros teatreros hubieran merecido mayor consideración. No era nada original el camino que tomaron todos. De hecho, lo jevi estaba de moda, con la misma intensidad y machaconería que en los noventa se puso en onda la salsa o en este nuevo siglo el rap y el regetón. Con la perspectiva del tiempo, mis amigos de las camisetas negras resultan entrañables en el recuerdo. Aunque no niego que me hubiera gustado matarlos en un aquelarre digno de un Alice Cooper (casi el único heroe dramático con el cual podía sentirme sensibilizado).
Cuando Marcos llegó al pequeño clan de los "inquietos", apareció el estigma del sinfonismo (ahora es un reputado especialista en música clásica y anteriores. Nada más lógico). Yo aquello ya no lo pude aguantar. Yes, Genesis y Emerson, Lake & Palmer eran para mí la antítesis de la inmediatez, de la espontaneidad, del divertimento. De mi nueva ola. Sus discos, entendidos como obras conceptuales en varios actos, más dificiles de digerir que cualquier asignatura del bachiller. Melenudos infumables, sin más encanto que unos órganos viriles -que yo encontraba desmesurados- ocultos (pienso que por muy poco tiempo, pues los pantalones ultraceñidos amenazaban con reventarles) en aquellas fotos del Popular 1 que Carlos me enseñaba de refilón. A mi me parecían mucho más lindos Adam Ant, Boy George o el cantante de Spandau Ballet, qué quieren que les diga. Y, por descontado, mi fetiche de esos tiempos, Santiago Auserón. ¿El resto?. Una mierda pinchada en un palo que encima no paraban de embarullar con sus interminables sinfoniettas y solos de guitarra con los que aullaban de lo lindo sus fieles más satánicos. El concepto metafórico guitarra y falo me resbalaban por completo (luego cambié: la masturbación del músico en directo tenía mis parabienes). Todas esas osadías de sus rockeros favoritos no me cuadraban como originales y exclusivas. Que un tipo se pusiera en pelotas a hacer mamarrachadas delante de un público ad hoc no me caía de novedoso. En el fondo, yo sabía que Mar otra vez o Esplendor Geométrico se habían fotografiado como dios los trajo al mundo en la primera Luna de Madrid que compré en mi vida (en el quiosco del colegio, por cierto). No es que me estuviera pasando de listo, reivindicando lo más vanguardista del pop frente a lo más rancio del rock de la pandilla. Simplemente que en esos detalles superficiales las cosas al compararlas adquirían otra relevancia.

El extraño niño esponja
Hector y Carlos seguían siendo inseparables. Había entre ellos un vínculo a fuego. Los tebeos y el rock duro los unían de manera ultraromántica. Marcos apuntaba maneras intelectualoides o pretenciosas (y vive dios que pretenciosos lo éramos todos. Y aún asi hay niveles de tonteria). Entre ellos también andaba el hermano menor de Hector (Jose) que era más de lo mismo pero sin dibujar y Javier, el niño que ese año se incorporaba al colegio. Javier llegaba de Barcelona y en mi concepción cruel de las cosas, para mí el muchacho funcionaba como un empaste de los otros. Una suerte de ventosa que no tenía demasiado que aportar (a no ser su afición por esa música, aunque sin pasarse) y si mucho que recibir. Con el tiempo me di cuenta de que Javier era una esponja con grandes posibilidades para crearse un universo propio. El que ha conseguido con los años, que le revela como un ser de gustos excepcionales. Pero tremendamente herméticos. Su aislacionismo no sería todo lo admirable que debiera por culpa de esa rémora pasotil que me exaspera a veces. Se necesita templanza pues es un sentimiento erróneo de buenas a primeras, como todo. A las personas hay que conocerlas, saber de qué van. Eso sólo el tiempo te lo facilita. Javier, sin conocerlo, puede resultarte en una primera impresión una compañía grata y nada más. Su compromiso con el mundo real (el de sus seres queridos) es muy grande, pero no siempre lo dá a entender. A mi nunca me ha defraudado (hablo de la fase adulta), sé que es el típico amigo que siempre estará ahí para echarte una mano. El caso es que tienes tú que pedirle ayuda, hacérselo saber. Hablamos de alguien que vive en su eterna burbuja, hogar de la niñez a los cuarenta, por lo tanto sería un aferrarse al útero materno.
La evolución de Javier, desde su llegada de Barcelona a Galicia a los trece años hasta hoy ha sido milagrosa, currada a base de soledades, las mismas que implican un arduo esfuerzo de superación intelectual que no es otra cosa que la búsqueda de uno mismo. Su ascetismo en modo alguno resulta crispante porque es un chico divertido y terrenal. Lástima que yo no lo supiera apreciar de la misma manera al principio. Porque al principio, su ingenuidad me encabritaba. Sospechaba que esa lapa ocultaba una Evita Harrington en potencia. Sus maneras afeminadas me sonrojaban, pues su voz era imposible. La clase se reía de él por ello. Encima los gallegos siempre les hemos tenido tirria a los catalanes y, aunque él no lo era, se traía un acento payés que para qué. El hecho de no ser un jevi a ultranza, el querer estar en todas las ondas me daban la sensación de un ser con ganas de integrarse (lo que le volvía digno de lástima). Lo malo es que no escogía un gueto concreto. Cualquiera le iba. Lo que debía ser un acto de comunicación yo lo entendía como parasitismo e impersonalidad. Y aún así, cuando los dos compartíamos charlas conseguíamos reirnos de las mismas cosas. Mis ganas de profundizar en temas que nos superaban, como la religión y la política hicieron que tuviésemos cortos enfrentamientos dialécticos. Mi radicalismo colisionaba con un pensamiento a todas luces adocenado, obsoleto, arrastrado tal vez por su entorno familiar, de marcado acento conservador. Asi que terminábamos nuestros paseos que empezaban en risas con la desilusión de la falta de feeling.

Formando mi propio equipo
Para mis adentros pensaba que no había que pedirle peras a aquel olmo tan alto y desgarbado, con tendencia a la obesidad (lo que se conoce como un cuerpo sin alma) que aún por encima se permitía el lujo de querer asimilar mis aficiones y llegar más lejos que yo. En concreto mi pasión por la radio (y Radio 3). No soportaba que conociese a mis locutores favoritos, por ejemplo. Eran míos y no de aquel percebe. Pero él era aquella esponja a la que antes aludí. Y si yo mentaba a fulanito, rápido se encargaba de ponerse al corriente de quién era y qué programa hacía. No sólo eso, no le daba reparo el acorralarme con preguntas que a mí se me escapaban sobre materias que yo en principio debía dominar. Por lo tanto, busqué una salida a tanto esfuerzo ímprobo. No dejaba de ser un amigo práctico. Asi que decidí hacer radio con él. Juntos ideamos por entonces una grabación casera que en mi apreciación original debería salirnos desde un ánimo transgresor en el guión y revolucionario en lo técnico. Las escuchas de Matías Antolín en Tiempos Modernos me dejaban anonadado. Yo quería ser como ese tipo contracultural, anticlerical y anárquico: ¡ era mucho mas bestia que El loco de la colina!. Había pues que empezar a grabar burradas indecentes. Y aderezarlas sobre un montaje sonoro acojonante, a base de miles de sonidos yuxtapuestos, músicas que diesen paso a nuestras palabras, a su vez éstas derivando en micro- encuestas realizadas a pie de calle. Un montaje con mucho de happening auditivo y de no más de quince minutos de duración. Tan extraña mezcolanza la bautizamos como Aroma de membrillo, por no desentonar nuestra devoción por el imitado. Nos partíamos de risa pero también nos sobresaltaba lo bueno de los resultados. Hicimos cuatro o cinco programas, cada vez salían mejor. Javier para mí era un buen colaborador de mis experimentos. Aportaba grabadoras y casettes, efectos sonoros que se traía de casa.
Poco a poco me fui enganchando a ese crío. Sólo que ese enganche, dada mi propensión a los chicos (aunque él nunca me puso físicamente) derivó en un sentimiento turbio, difuminado, amorfo... Dentro de un juego de ambiguedades que me atraía y me repelía a partes iguales. O sea, me paralizaba ante cualquier forma de avance. Porque Javier también lo debió de captar y pisaba lento pero seguro el acelerador de nuestras propias pulsiones adolescentes, dejándome algo bloqueado y con ganas de estallar. Pero era imposible. El miedo, la incertidumbre, la eterna estúpida trampa del "todo es una broma" devenían inseguridad ante un posible contacto amoroso. Pero no puse freno a aquello. Antes bien coqueteaba a raudales, me sentía fuerte con mis comentarios audaces con respecto a otros compañeritos de clase que, al parecer, se gustaban entre ellos. Y mi confidente todo lo reía, todo lo aceptaba. Malinterpreté cientos de miradas, de roces de nuestras pieles mientras ibamos o veníamos del colegio. Era un morboso placer, la falsa ilusión de estar consiguiendo a mi Amigo Ideal. Y mi ego así lo concebía. Porque mi ego podía con cualquier realidad. Aquella que, por otro lado, me lanzaba señales de aviso de que con dicho niño nunca podría ser feliz. Empezando porque no sabía quien era Stalin y confundía, sin ganas de desconfundirse (o sea, de manera escandalosa), a Cary Grant con Gary Cooper.


continuará

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