21 enero 2009

MACISTEROTIQUE

* Poco que comentar en lo personal con respecto a estos últimos siete días. Encuentros con amiguetes, que tienen ganas de marcha pero que les dices que estás convaleciente y se te echan para atrás, como si les fueses a meter el bacilo de Koch (incluso hay personajillos con cánceres de próstata que, mientras les hablas, intentan apartarse con disimulo de uno con tan mala fortuna que chocan sus calvas radioactivas en paredes de piedra, haciendose los pobres terminales bastante daño) y asi.
Trato común, vida social. ¡Ahí viene la plaga! terminarán gritando todas ellas a coro de vicetiple. No me preocupan en lo más mínimo. Ahí se distinguen las personas de la gentuza. Y ellos si no llegan a chusma, disponen de todos los boletos para serlo. Cada vez añoro más el Infierno Macho y su representación en la Tierra que es el scatyolista. Que hablándole de riesgos tira p'alante, despreocupado y feliz. Quiero que vuelvas a mí. Pero hay que poner condón, el placer infinito de dormir con tu semen en mi interior me parece que se ha acabado para siempre.

*De todas formas estas semanas de reposo me están sirviendo para recargar baterias y relajarme... Bueno, eso es un decir. Yo me relajaré en el féretro. Y eso dando golpecitos insoportables con los nudillos, para molestar a mis vecinos del más allá, fijo. Porque resulta que el puto clima dio una tregua el pasado fin de semana. Con el amago primaveral me dediqué a romper por la trasera calzoncillos viejos, robados en algun chino (hay que decir que mis nuevos diseños superan, y no es dificil, a los originales manufacturados en Pekin). Y salir a la feria buscando espejos de cafeteria es lo que me anima un par de horitas de la mañana del sábado. El problema es el moro del puesto de relojes. No sé cómo me verá pero me ve y pide relevo a sus compañeros y me sigue. Ni desvestirme para comprobar las costuras de los gayumbos me deja. Ya aparece el enhiesto, indicándome que entre al cagadero. Pero yo no quiero. Nunca más volveré a dejarme follar a pelo por el perro sarraceno. Le hago sufrir enseñándole el bujerete y me doy el piro, que además acababa de entrar un fulano, pantalón recién comprado en mano con intención de probárselo justo donde estaba el otro.

*Asi que sin polvos y sólo con pajas me alimento en materia sexual. Ando en páginas pedófilas que me dan gustirrinín y me recuerdan lo que más me gusta mirar cuando salgo a la calle. Que son los críos con sus mochilas camino o de regreso del cole. Qué particularmente graciosos están los que colocan todo el zurrón detrás del pompis, tapándolo para desespero de voyeurs, mientras estos agonizan en doble morbo: por lo que esconden los pilluelos (que siempre suele ser de grandes dimensiones -¡esos complejines!) y por el morbo de imaginar los agradables pensamientos que irán sintiendo a cada paso con esos golpecitos constantes (enculadas que juegan al despiste).
Me quedan las ilusiones del día a día, esos enganches seudo platónicos hacia trabajadores del sector servicios. Son rapaces cotidianos. Algunos reponedores de supermercado, otros repartidores de pastelería, huidizos busconcillos de retrete público que de pedirles sus carnets, estos no señalarían su mayoría legal pero cuya naturaleza sí lo indica (y bien claro), imponiéndola a cojones desde la urgencia de su entrepierna. Es un placer mirarles. A esos lindos aprendices del amor alternativo y a los otros, que no entenderán pero que animan las mañanas de congelación y tentetieso de mi ciudad. Ellos son calor, bien porque donde trabajan no pasan frío, bien porque sus oficios dinámicos no les mantienen quietos un segundo.
Me gusta mucho el reponedor del supermercado Gadis. El de las mañanas, porque el de las tardes (que es Breogán) ya lo he catado y me cansa. Este es más delgadito, su rostro es algo vulgar (cualquiera en sus cabales, diría anodino). Pero no importa demasiado pues tiene un par de rojeces acneicas sublimes. Y tampoco me desagradan los que tiran a feuchos. Están tan estrategicamente colocadas esas rojeces en su faz izquierda que a buen seguro fueron perfiladas con un mimo excesivo por el mejor artesano del lienzo. Supongo que estará a tratamiento seborréico. Le sientan muy bien esas espinillas. ¿Cuál será su nombre?. ¿Blackfive?. Es idéntico. Aunque tiene pinta de llamarse Simonas. Me encantaría ordeñar a ese muchacho. Tengo ganas de leche fresca, no lo niego. Porque la mía no me estimula nada. Me llega ya con rechupetear mis dedos después de pajearme delante de un ordenador (que debe ser desaconsejable, por si la tengo chunga). La de él será sin bacterias, sin fermentar. Y le saldrá abundante. Estará siempre en ello, cuando vuelva del trabajo. Autosacándosela, aliviando el dolor de huevos típico de la corta edad. Ese acné es una consecuencia, según Lopez Ibor.

*Si el reponedor es una suave delicia matinal, el más dificil de ver repartidor de dulces es vicio a secas. Tendrá dieciocho años nada más. Pero es un aspirante a gordito que me trastorna los sentidos. Me vuelvo un águila cuando lo oteo abriendo la furgoneta. Trabaja en chandal, lo que le marca perfectamente unas nalgotas sueltas y en constante evolución. Son carnosas, son opíparas, son un mundo en el que me gustaría perderme durante horas y horas. Asi que con velocidad del rayo aprovecho una mínima, absurda posibilidad de encontronazo que facilite un roce rápido, de microsegundos. Pero que para mi son más intensos que cualquier tocho trascendente y metafísico de Tarkovsky. Palpar con la palma de mi mano esos mofletes hinchados, tan expresivos que uno piensa con razón que están hechos para fijarse en ellos (y sino no entiendo qué hace que no se los opera), es ascender a una dimensión de supremo frenesí. Hacerlos lonchitas, sabor sajón. Probablemente lo prepararía ahumado, para que llenase de su olor cular toda la vivienda, todo el edificio. Y, por descontado, es guapazo. Modelo chico de barrio, sí. Pero qué barrio.

*Nunca se puede asegurar que con ambos jamás habrá un acercamiento carnal (más) consentido. Pensar que un día podría tenerlos en mi cama, desnuditos, dejándose esnifar y chupar, follándome o siendo follados. Fíjense en que el scatyolista era también una visión secundaria, infinita en un salón recreativo, siempre rodeado de chavalas y ahí lo tienen. Pero no les voy a negar que esos sueños desproporcionados tan sólo corresponderían a la inmediatez de un post que hay que rellenar. Pues los prefiero siempre en sus puestos. Contemplarlos en actividad, en movimiento. El encanto del obrerito de toda la vida. Los pequeños detalles de la vida que nos hacen felices. Crios capaces de sacar de algun lugar recóndito de nuestra podrida alma- y que ha sido invadida por el légamo- nuestros sentimientos más decentes. Pese a mi estado de perro en celo. Ese aroma a cine de Truffaut pero sustituyendo las minifaldas por chandals de trote. Y divinas espinillas.

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