25 febrero 2008

MOVIOLA

Album de cromos " Sueños de juventud ". Cromo nº 9: DEAN STOCKWELL ( niño de culto )

Ampliación del post publicado en Fantasia Mongo I el sábado 4 de marzo de 2006

Encuentro páginas cariñosas en internet dedicadas a este maravilloso actor de Hollywood que en el momento de fallecer llevaba sesenta años de carrera en el medio. Fue un niño prodigio en verdad atípico, sin nada que ver con los de su generación. El no cantaba ni bailaba (ni siquiera lo hizo en Levando anclas donde lo hacía hasta el ratón Jerry). Pero sabía transmitir al público adulto sensaciones que tienen mucho que ver con anómalos estados de ánimo. En esto fue único. Una de sus primeras películas fue un canto poético a la diversidad, a la diferencia y de cómo esta puede ser transmisora de un mensaje de esperanza en pos de un mundo mejor. Hablo de "El muchacho de los cabellos verdes" (1948, Joseph Losey), un título maldito de un cineasta que empezaba así su carrera de colecciones malditas. La vivacidad y profunda ternura de ese mensajero de los buenos sentimientos clavó en la retina del aficionado sensible todo su poderío mágico. Lástima que el filme haya envejecido tanto, su ingenuidad no hay por donde cogerla. Sólo se salva él. El niño Dean se transformaría en algo parecido a un cult baby. Y asi lo seguimos viendo por muchos años más. Desde esta hasta sus intervenciones en filmes de Lynch ( Paris Texas, Blue Velvet) iría jalonando una filmografía con sabios retazos de enigma. No es una afirmación poeticamente vacía. Es cierta. Al crecer Stockwell fue una turbadora mezcla entre James Dean y Anthony Perkins con ese "algo" que sólo poseía él: un talento que parecía venir de los más oscuros lugares del alma.

Empezó en Broadway trabajando con su hermano Guy. Pronto pasa al cine de la m
ano de los hoy olvidados gansos Abbot y Costello. Tenía cinco años. Fisicamente no me duelen prendas en decir que era mi crio ideal. En el instinto pedófilo que he ido desarrollando a lo largo del tiempo puedo afirmar que en los rasgos faciales de Dean se encuentra el prototipo perfecto de mi filia imperdonable. Con riesgo de que la policia se me eche encima, que me da igual. Cosas he visto peores.
Y ansioso como se le vio en aquel musical junto a Gene Kelly por surcar los siete mares, acabó zozobrando en alta mar el sólito en un botecillo y en medio de una tormenta en la secuencia más angustiosa de Deep waters (1948. Henry King). Era una historia que su director trató con delicadeza, en torno a la vida de una comunidad rural de pescadores, centrándose en la llegada del huérfano Dean, que es acogido en el hogar de Anne Revere (la representación máxima del genio matriarcal) mientras el ex novio de Jean Peters (Dana Andrews) y César Romero, de profesión langosteros le cogen cariño y se lo llevan de pesca todos los sábados. Como sea que la Peters se angustia por el peligro que acarrea esa profesión, le prohibe a Dana que vuelva a invitar al pequeño a tales actividades. Pero no cuentan con la personalidad de Dean, tendente a la huida irreflexiva. Roba una cámara fotográfica de una tienda y se la vende a un comerciante especializado en materiales usados. Con ese dinero compra una barca y se va de pesca sin avisar a nadie. La inocentada le cuesta al chavea el gran susto de las olas, al que antes aludí (las aguas casi se lo tragan). Aparte de esa estupenda escena también es de ley destacar la final, cuando un Dean recluido de nuevo en el reformatorio comparece ante el juez, donde le esperan Dana y Jean dispuestos a adoptarle. La negativa inicial del muchacho a irse con sus seres queridos reflejaría a la perfección el conflicto psicológico de los menores internos en semejantes centros: el sentimiento de culpabilidad y derrotismo que marca con el estigma de la verguenza hasta el punto de hacer muy difícil la reinserción del adolescente que cumple penas.
También fue grumetillo en Down to the sea in ships (1949. Henry Hathaway), donde fue aleccionado por un - en principio- reticente Richard W
idmark (aqui abandonando insólitamente la malignidad del noir).
Siendo el niño dorado de la Metro, tarde o temprano hubo de tropezar con la niña prodigio por antonomasia de la productora: esto es, Margaret O'Brien en el comienzo de su declive. Poco ayudó el encuentro a recuperar la carrera de la otrora taquillera mujercita pues The secret garden (1949) fue un fracaso comercial. Lo cual no significaba que la película fuese mala. Todo lo contrario. Era una hermosa historia de iniciaciones en clave de gótico infantil. A medio camino entre la Alicia de Carroll y El mago de Oz, Dean era un crio paralítico sujeto a una cama, que pasaba sus horas de convalecencia escuchando los cuentos de una O'Brien dispuesta a descubrirle mediante la fantasia las excelencias de un mundo-otro, mientras también ella descubría las maravillas de aquel jardín secreto que se hallaba fuera del caserón. El director Fred Wilcox se encargó de esta segunda adaptación de la conocida creación de Frances Hodgson Burnett (la primera había sido en el mudo, al poco tiempo de salir la novela) confiriéndole una atmósfera de cierto misterio gracias a una fotografía en blanco y negro excepcional, a la vez que sorprendía con la utilización de secuencias en color (¡y aquel rutilante color de entonces!) para los momentos en que los chavales están en el jardín. Stockwell seguía estando aso
mbroso, manteniendo a gran altura su profesionalismo en sus careos con el veterano Herbert Marshall y dejando en evidencia a una O'Brien a la que ya le costaba trabajo hacer creible un personaje infantil (entraba en la pubertad).
Luego pasó al western familiar de la man
o de unos padres excepcionales (Joel McCrea y Ellen Drew) en el muy agradable (pero casi desconocido) filme de Jacques Tourneur, Stars in my crown (1950). Caía malito de algo parecido al sarampión y se vio en verdad morir, para enternecimiento de las plateas más maternales.
Con The happy years (1950. William A. W
ellman) alcanzó la gloria. Uno de mis títulos favoritos de su primera etapa que nos lo mostraba como uno de los adolescentes más glamourosos del cine norteamericano. La ambientación turn of the century era maravillosa y Dean de caballerito díscolo que es ingresado en un instituto para niños difíciles estuvo deslumbrador. Siento debilidad por este tipo de historias sobre internados masculinos para estudiantes de buenas familias (Oxford style), donde los crios visten con trajes, camisas almidonadas y pajarita, se tratan de usted y se llaman señor los unos a los otros. En The happy years hay todo esto y mucho más: campeonatos de fútbol, travesuras estivales, rivalidades y camaradería... Y todo con ese tacto especial que sabía darle Wellman a las historias infantiles (más bien, con pimpollos). El autor llegó a la culminación en Goodbye my lady, cinco años después, con el fabuloso Brandon de Wilde y una perrita de lo más chic. Particularmente emocionante resulta la interpretación de Dean en ésta, sobre todo en el momento en que toma conciencia de los cambios radicales (léase: un poco más de madurez intelectual, de capacidad reflexiva para controlar los impulsos infantiles) que va experimentando según pasan los meses (la adolescencia como torbellino de iniciaciones y aprendizajes a ritmo imparable).
Cuando en 1.950 hizo de Kim, la emblemática creación del nacionalista Kypling, iba de tercero en cartel. La estrella era un ya emprendiendo el ocaso Errol Flynn. Sin embargo la película es el niño, exclusivamente el niño. Un tunante delicioso, que sin llegar a las acrobacias del atlético Sabu se maneja a las mil maravillas por los paisajes excelsos de la India colonial. Fantasea el pederasta a la hora de ver juntos al maduro heroe de mil batallas junto al cachorrito algo regordete. Sobre todo mientras lee la biografía no autorizada del gran Errol en la que se desmenuzan gustos menoreros, fiestitas bi...Uno no puede hacer más que pensar cosas bonitas de encuentros protectores entre ambos . Eratos y erómano en pos de la aventura exótica. Y que la bellísima June Duprez entre tanto se drogue con el technicolor supremo, aquí con esencias de incienso de cachemira. Kim de la India es un referente generacional para los hoy sesentones. ¿De culto?, claro: sale Dean Stockwell.

El paso de la niñez a la edad juvenil no supuso demasiados problemas en la carrera del talentoso querubin. Su aspecto físico no había sufrido excesivas alteraciones. Seguía siendo hermoso, más si cabe. Y esta belleza, y su poder para fascinar con ella, la puso al servicio de lo turbulento y de lo mórbido en un filme memorable de Richard Fleischer llamado Compulsión. Aún no había estallado el fenómeno Norman Bates cuando Stockwell se entretenía ya de psycho killer. El argumento se basaba en un hecho real acaecido en los años veinte: el pacto entre dos amigos para asesinar a un niño inocente en nombre de una supuesta superioridad intelectual y moral. Un refinado juego que ya había practicado el propio Hitchcock en "La soga". El reparto se ajustaba a la perfección a la boga de cine de adolescentes de finales de los años cincuenta. El amigo de Dean era Bradford Dillman, verdadero "cerebro" del crimen.
A continuación se marchó a Inglaterra para rodar una mediocre adaptación de una novela del siempre escandaloso D.H. Lawrence titulada Hijos y amantes. Dirigía Jack Cardiff que no supo nivelar los grados de histerismo del material de partida (todo un dramón), quedando una serie de apuntes sin desarrollo formal y en el que como mucho destacaría la espléndida fotografía, ambientación e interpretaciones tanto de Trevor Howard como del propio Stockwell en el rol del hijo demasiado apegado a las faldas de su poderosa madre (a la larga, tal hecho hará peligrar el discurrir de su madurez sexual). En el fondo, aquel acercamiento al universo del escritor antes mentado no hacía más que delatar una vez más la sumisión hacia una corriente sensacionalista que estaba invadiendo las pantallas: el cine por y para jóvenes y que partía siempre de idénticas premisas (padres impresentables, hijas dominadas por una educación religiosa anómala, hijos insatisfechos y algo edípicos...). Pronto llegaría Splendor in the grass para poner los puntos sobre las íes en tanto conflicto familiar.
También a principios de los años sesenta se enfrenta a un texto de prestigio, ahora de mayor envergadura literaria que el de D
.H. Lawrence como es El largo viaje del dia hacia la noche de O'Neill que llevó a la gran pantalla el primerizo Lumet ( experto en dramas intensos con evidente factura televisiva). Se juntó con la infinita Kate Hepburn y con Jason Robards y estuvo magistral. A mi es que me gusta mucho el teatro filmado. El blanco y negro opresivo, el texto alambicado y la claustrofilia. Los numeritos de actor y el desmadre pasado de rosca. Y en el filme había de esto a manos llenas. Sobre todo momentos para el lucimiento del elenco completo. Fue un gran fracaso comercial.

En aquella época Stockwell se casa con la sensible Millie Perkins que había sido una Ana Frank ideal. El matrimonio duró cuatro años. En la década pop formaría parte del reparto de una típica peli de tripis, hippismo mal entendido y psicodelia moralista. Algo asi era Psych Out en donde aparecía con peluca y muy ligón en la comuna. Salía Susan Strasberg, gran actriz, aqui sordomuda que lo arrolla en su coche por que es que, claro, conducir bajo los efectos psicotrópicos es harto peligroso.

En este album de cromos mi aproximación a la carrera
de estos muchachos debe concluir justo cuando su juventud se apaga. Asi que aqui lo dejo. Stockwell pese a su talento y belleza nunca fue una gran estrella. Su temperamento escurridizo y algo dejado tal vez motivaron este hecho. Es posible que él tampoco deseara ser una gran luminaria. Infinidad de veces se equivocó aceptando papeles que no estaban a su altura pero a los que se entregaba con toda la convicción del mundo. Y eso ya es un gran mérito. Queda para el cinéfilo la posibilidad de disfrutar de sus interpretaciones primeras, de las fotos que hay por la red, de la especial mirada con la que me enamoró en sus momentos más technicolor. Fue Kim, en nombre de la aventura.