03 diciembre 2008

Women's Lib

Por Gilda Love


MIRTA MILLER





Mi querida Mirta, que llegó de la Argentina con un título de miss y muchas ganas de triunfar en nuestras pantallas. Pero ella no merecía aquel cine en absoluto. No vengo ahora a reclamar un arte y ensayo para su talento, pero al menos unos productos más dignos conforme a todo lo que ella nos podía dar. En su belleza agresiva, en su piel morena, en su cara de gata brava el terror casposo, execrable, truculento y, a la vez, sin pies ni cabeza, se animó en su justa pero desmoralizante medida, conforme al tono general de dejarnos siempre con la miel en los labios (a la torpeza mayúscula de los Naschys de turno habría que añadirle las graciosas tijeras censoriales capaces de convertir un polvo entre vampiras en un mero abrir y cerrar de puertas).
Ya se empezaba a hablar del mito de la señora estupenda y en él recaló la sensual Miller (en DNI Mirta Jovita Bugni Chatard). Hubo, bien es verdad, momentos de gran dignidad ( ella siempre fue dignísima, hablo de títulos), fuera de tanta comedieta landista (otro de sus fuertes) como sus trabajos para Chávarri (A un dios desconocido, Los viajes escolares), Drove (Mi mujer es muy decente, dentro de lo que cabe), Saura (Cría cuervos)... pero en roles secundarios. La grandeza de Mirta residió en que, pese a estar en segundos planos, siempre se la veía. Se la veía radiante y enigmática (a ratos parecía la respuesta carnal y carnosa, mediterranea de Anouk). Lástima que el cine fuese a la deriva (en ninguna cinematografía la Miller se hubiese salvado de tan funesto panorama). Asi que buscó refugio en los entrañables cafés-teatro (La fontana, Cantando se entiende la gente) y poco más. Pues a partir de 1985, tras su inevitable concesión al erotismo zafio con nominación S, se fue retirando de toda vida pública.
Hasta el nuevo siglo, donde efectuó una reintreé mediocre en un fenómeno del que ella nunca dejó de estar desconectada: los cotilleos del corazón. A raiz de la exhumación de un asunto borbónico entre esquiadores decapitados y suripantas de ocasión, Mirta habló del gran amor de su vida en distintos canales televisivos (y que, curiosamente, irían a desmentir lo que se apunta en este -potable, de un nivel por encima de la media- reportaje de la revista LIB que sostiene que fue Bernard Delagrange y sólo él, por encima de ningun otro, el que la realizó como mujer y amante).
Con o sin sangre azul de por medio, la Miller siempre fue enamorable, una real hembra. Incomprendida por muchos y, desgraciadamente, malgastada for all the seasons.





LIB nº 101 (26/09/78)

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