16 diciembre 2008

SOLO PARA SIBARITAS


CEDRIC GIBBONS (1893-1960)


Los fanáticos del cine clásico norteamericano tenemos a Cedric Gibbons en una hornacina decó. Fue el director artístico más longevo del más grande estudio cinematográfico, la Metro Goldwyn Mayer, que es como decirlo todo. Su carrera abarca el período dorado, trabajó en 1500 filmes, supervisando directamente unos 150, estuvo numerosas veces nominado para la estatuilla (él, que fue quien la inventó) y la persona con más oscars ganados (Disney aparte). Sin su magnífica, colosal labor la palabra glamour hubiese perdido buena parte de su valor (o al menos, un entorno idílico donde los actores luciesen sus artificios). Puso las bases para el concepto de arquitectura en el nuevo arte (junto a Cameron Menzies y unos pocos más). Y lo hizo desde la exquisitez, la comercialidad y el conocimiento directo de lo que en esos terrenos estaban haciendo un Lloyd Wright o un Rudolf Schindler. Gracias a la incorporación de estilos de ultimísima moda por entonces el cine de amor y lujo de los años 30 fue un exponente contínuo de un arte decorativo de increible poder fascinador, ideal para sibaritas y que no puede hacer más que fascinar en sus revisiones actuales. Tiempos en que las película eran un trabajo conjunto donde se anteponía por encima de cualquier fruslería el perfeccionismo. Y Cedric Gibbons era una institución y una garantía.
Su mundo privado además no se apartaba de ese concepto de casas de ricos pues él mismo residía con su primera mujer (la diosa Dolores del Río) en una maravillosa mansión decó que pronto los compañeros de Luxuria & Confettis deberían recuperar para nuestro blog. Impecablemente vestido, de maneras refinadísimas, Gibbons parecía que fuera un dandy desde la infancia.
Dublinés de buena familia (su padre era arquitecto). Pronto emigraron a los Estados Unidos, donde estudió arte en Nueva York y al poco empezó a trabajar con su padre. Sin embargo el cine le abrió el mejor camino posible: un nuevo arte que bebía a su vez de múltiples artes. Y el sueño americano consistía ante todo en eso: dar cobijo al talento. Y aunque debutó con Edison en 1915 (signo de que el cine aún era un arte primitivo buscando su propia alborada hacia la megafábrica de sueños en la que se acabó convirtiendo) recaló pronto en los estudios Goldwyn hasta que no llamó Louis B. Mayer a su puerta. Hecho definitivo. Esto acontecía en 1924. Y desde entonces hasta su retiro, no dejó de supervisar, de imprimir un look a unos productos de impecable factura técnico artística. De alguna manera, con personas como él la frase publicitaria: "más por su dinero" adqurió toda su significación.
Destacar películas con su impronta resultaría tan agotador como inabarcable. Uno siempre piensa en puntuales momentos, en exquisitos sets, en vestuarios de impresión (era cuñado de Irene Sharaff, por cierto). Tenía querencia por la ambientación turn of the century, así en los period musicals The Harvey girls, Meet me in St. Louis o The Pirate (las tres con Judy); el XIX en general, que el supo alargar hasta la Belle epoque con La saga de los Forsythe, Gaslight, The Canterville Ghost, La viuda alegre, La dama de las camelias, Ana Karenina... Y cuando mandaba la extravaganza, entonces logró virguerías sublimes siempre con un ojo puesto en el carnaval y otro en los libros de arte: Romeo y Juiieta (esa suntuosidad de Cukor) o Scaramouche (el tecnicolor de Sidney). Nada que el tocase se libró de un poso de distinción. Ni siquiera el taparrabos de Tarzan, al menos el primero, tan cortito, que llevaba la marca Gibbons por el forro (si lo hubo).
Sin embargo, yo sigo prefiriendo de todo su vasta filmografía, el cine realizado en los años 30 con historias contemporáneas, porque fue cuando el art decó brilló en lo más alto. Musicales sobre hielo o en pistas de baile de suelos cromados, las casas de la comedia con ese mobiliario imponente donde apenas hay curvas y todo es de una geometría exacta, con flores aromáticas brotando de búcaros de porcelana exótica, dormitorios de ensueño invadidos por almohadones y cojinazos para que la Harlow se los lance a Gable en sus duelos iguales en sorna, en pasado: duelos inolvidables macho-hembra; o William Powell en tuxedo, para variar, fumando sobre un sofá precioso mientras aguarda a que baje por las escaleras su eterna Mirna o Kay Francis; o Norma Shearer volviéndose princesa rusa increible en una cantina igualita al hall del Morocco's en su doble papel de Idiot's delight. Y siempre, siempre el diseño del Grand hotel (1932. Edmund Goulding), donde la Crawford venció por puntos a la Garbo (por primera y única vez).
El buen gusto para las mujeres. Tras su matrimonio con Dolores "orquídea" del Río, llegó una de las damas más fascinantes de la historia del cine negro, Hazel Brooks, que apenas hizo películas pero que gracias a su aparición en Pacto tenebroso de Douglas Sirk (para la Universal) dejó un recuerdo perenne en la mente del cinéfilo de ley. Actriz que se retiró pronto y que mantuvo el cetro de luxe a nivel marital de la anterior mexicana, al profesionalizarse como fotógrafa. De todas formas su vida sentimental siempre fue discretísima. Y eso a pesar de que un día declaró a Garson Kanin y Ruth Gordon a la altura del rodaje de La costilla de Adán: "Cuando encuentro algo que me gusta, no veo razón para cambiarlo. Excepto si se trata del mujeres".


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