02 diciembre 2008

SOLO PARA SIBARITAS


ANITA LOOS (1893-1981)

Para mi es todo un placer incluir (¡al fín!) a la señorita Anita Loos en este blog. Nadie se lo merece tanto como ella, que por culpa de una novelita intrascendente (y que, a buen seguro, a los aficionados a Joyce les parecerá una nimiedad literaria) pasó a convertirse en paradigma de la frivolidad de una época por mi tan querida (los años veinte). De una manera sencilla, sin ninguna concesión a la retórica, con su Gentlemen prefer blondes estaba tomando el pulso a una sociedad que avanzaba con ritmo frenético hacia la más loca modernidad. Y aunque aquel texto iba de cazadotes obsesionadas por las joyas (las gold diggers) interesaría antes el prototipo que se ensalzaba en la figura de la inmortal Lorelei Lee. Este fue: la flapper que apura la vida a golpe de charleston y rosas. Talmente ella (al menos en el físico), quintaesencia incluso de lo que otra rival literaria (de consumo) -Elynor Glynn- calificaría como chica con it (el ello, o aquello que es la originalidad, luego transplantado a los sixties, como tantas cosas, con el vocablo Knack).
Mas a Anita nunca la veremos como una rubia tonta aquejada por lo más ostentoso del materialismo femenino. Pues tengamos en cuenta que era morena y muy lista. Luego escribió una segunda parte en la que afirmaba sin rubor que aunque los caballeros preferían a las rubias, se casaban con las morenas. Caballeros como el director de cine John Emerson, su esposo más memorable, en tanto que los dos formaron una alianza inolvidable desde los años diez en Hollywood.
Fueron responsables de la modernización de Douglas Fairbanks (el increible Fairbanks de la segunda mitad de esa década se empezaba a ubicar dentro de un prototipo loosiano de caballero jóven, elegante y deportivo), del aire fresco dentro de una comedia del vetusto Griffith (El sombrero de Nueva York, 1913) a cuenta de la burguesía norteamericana puesta en solfa con no poco viborismo, de la edificación de películas ágiles que se inserían como un guante en los felices twenties.
Anita Loos era lo que luego la Garbo o la Hepburn vendieron a la humanidad. Mujeres únicas, con aureola de independencia y emancipación, aunque no por ello desecharan el lujo y lo sofisticado. Buscando fotos en internet me asombra su capacidad de modelar visualmente en su propio físico un estilo, en el que la mujer parecía ser más libre que nunca, rompiendo con lo más dificil: la tradición victoriana que las ahogaba con sus polisones y ballenas. La mujer sílfide, el pelo a lo garçon, el poco maquillaje... ¡y encima escritora!. Era como si hubiese nacido para competir en la pasarela de Prix de beauté con la suprema Louise Brooks (lectora de Proust). Pero la grandeza de Anita no se hallaba en las revistas femeninas de trapitos sino en carteles del cine mudo sobre los que estampar diálogos.
En su oficio de guionista y autora de didascalias hallaríamos el más espléndido logro de la flapper. Rompía definitivamente con la retórica que había impuesto Griffith (una herencia que al venir de este maestro había sido copiada por muchísimos directores. El, a su vez, es muy posible que la hubiese recogido de D'Annunzio y su Cabiria, filme que le influyó grandemente) para mostrar un lenguaje más vivo, más dinámico conforme a las exigencias del género. Frases cortas, modismos pop, vulgarismos incluso, empleo indiscriminado del slang... quizá perecedero pero completamente in. Pienso que, en este sentido, la Loos podría equipararse a los experimentos literarios (más reputados) de un Scott Fitzgerald. Huelga decir que la antes mentada El sombrero de Nueva York es un título rompedor dentro del opúsculo Griffith en el que no existe un ápice de molesto racismo y sí mucho de mala baba, de crítica a las costumbres rancias de una burguesía a punto de fenecer con el final de la contienda mundial.
Que la Loos nunca tuvo pelos en la lengua es algo bien comprobable; se atrevió a escribir que el propio Griffith era un hombre muy poco interesado en el cine, o al menos, concebía éste dentro de una categoría inferior con respecto al teatro. Tal vez exageró la dama, pues no hubo cineasta más prolífico e inventivo en el cine mudo, aparte que en una ocasión al maestro no se le cayeron los anillos al declarar: El cine es la mayor fuerza espiritual que el mundo haya conocido jamás. Pero basten esos comentarios para que saliera a relucir el aspecto indomable de una todoterreno rechazante de todo lo conservador.
Sus contactos con Douglas Fairbanks le abrieron inexorablemente las puertas de la mansión Pickfair, que regentaban Doug y Mary Pickford (antes de ésta última volverse loca al creer que sus tirabuzones eran sagrados, manteniéndolos sobre la testa hasta edades impropias y convirtiéndose por ello en una antecesora de Baby Jane; o sea, una has been neurótica y borrachuza) Y, por descontado, con invitados de la categoría de Chaplin y sus niñas. Anita era por entonces una veinteañera, pero con un bagaje creativo inusual.
Pasó su infancia en una compañia de teatro amateur fundada por su padre, pero no haciendo cucamonas, como se puede esperar de toda niña precoz, sino escribiendo piezas de teatro y, sobre todo, guiones para cine. Cuentan que a los doce años ya había escrito más de doscientos y entre 1912 y 1915, unos ciento cincuenta. Su fuerte como dialoguista en el Hollywood dorado es palpable. Su deuda pagada por productores y artistas a través de las dos recreaciones llevadas a la gran pantalla de Los caballeros las prefieren rubias (incluso su secuela, la de las morenas) y una -con sus mil representaciones- en Broadway (Carol Channing fue la Lorelei Lee original. Y la que la enterró, a tenor de su empecinamiento en interpretarla casi en rigor mortis). Sin embargo, mucha gente desconoce que Anita también preparó algunos diálogos para el San Francisco (1936) de Van Dyke, colaborando para ello mano a mano con el increible Erich Von Stroheim.
La Loos se dedicó a contar en Adios a Hollywood con un beso todas sus experiencias en la fábrica de sueños.

1 comentario:

Louella dijo...

Ay, Anita, CÓMO la adoro!!!!!