23 diciembre 2008

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

LA VUELTA AL MUNDO DE DOS CHAVALES, de Editorial Mateu (1959)



La editorial barcelonesa regentada por el astuto señor Mateu pretendió en los años cincuenta, con poca fortuna, competir con la imbatible Bruguera a partir de premisas semejantes. Fuera de esta anécdota, del todo comprensible en un mundo de publicaciones regido por la oferta y la demanda, lo cierto es que algunas de las colecciones que salieron de allí permanecen en el recuerdo de muchísimos lectores que fueron niños en aquella década (y aún posteriores). Ahi tenemos la inolvidable colección Cadete, destinada a difundir con mimo y capacidad de síntesis las grandes obras de la literatura universal (o lo que por entonces los críticos consideraban como tales).
Los apuntes jugosos que glosó en su segundo tomo de memorias el escritor Terenci Moix (El beso de Peter Pan, 1993. Ed. Planeta) nos darían una idea excepcional de lo que fue esa editorial plagada de volúmenes literarios en su biblioteca (muchos de ellos prohibidos por la censura) asi como el entregado trabajo de sus empleados a la hora de ilustrar portadas, crear tebeos o revistas femeninas. De hecho Terenci, cuando aún se llamaba Ramón y ni siquiera había cumplido la mayoría de edad, entró en plantilla en calidad de meritorio, rotulando viñetas o pasando, con no pocos esfuerzos para destacar ante el señor Mateu, a la redacción de Picnic (que se quería rival de la más vendida Sissi brugueresca; como el Pepe Cola, que duró un soplo, lo era de la gran Tiovivo). Se hace pues delicioso enfrentarnos con cariño a este tebeo efímero, con la idea de que aquel escritor buscaba, con su plumilla puesta en esos recuadros, una independencia familiar a través de un artesanal (a la vez que ya obsoleto) oficio.

E hilando de las casualidades, alcanzaríamos a entender que los pimpollos de hoy bien podían haberse inspirado en otros de parecidísimo nombre y que saldrían a la luz de los quioscos de posguerra desde la editorial Toray (La vuelta al mundo de dos muchachos, de Boixcar). Estos eran ahora "chavales" pero casi todo permanecía en su lugar (que eran muchos, pues recorrían el mundo con pasmosa valentía), salvo su poca apetencia para el transformismo de los disfraces.
Julio Verne, Pinocchio y Marco (de los Apeninos a los Andes) se fundieron en la pequeña odisea de Jack y Francinet (nombre que invocaba a cierto menestralismo catalán si no fuera porque se trataba de un rapazuelo francés).
Jack buscaba a su madre. Era rubio, de diez años. Lo robaba el perverso Malandrín y lo introducía en un circo ambulante. Allí conocía al atlético Francinet, morenito catorceañero arrebatador. Se escapaban del tirano con intención de llegar a Nueva York, donde estaba la madre del rubio. Jack más temeroso y desprotegido, dependiente de Francinet más aguerrido (en tanto que habituado a la gimnasia bajo carpa). Pero en los trazos, igualitarios en rasgos faciales (únicamente que Jack era de menor estatura).

Emblemático canto a la amistad entre varoncitos. A ratos, paseando por sus páginas, me anima a rememorar aquella vieja cinta de Franco Rossi de título Amici per la pelle (1955), con los dos querubines luchando por conservar una amistad en el fondo incapaz de hundirse por las pequeñas cosas de su vida escolar (este filme, del que hemos hablado en otra parte de este blog, fue el gran debut de Geronimo Meynier frente a un blondo Andrea Sciré, de profesión huerfanito además).












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