09 diciembre 2008

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA


EL COLOSO (o Príncipe) DE RODAS de López Blanco y De la Iglesia




En 1960 (fecha en la que empezó a publicarse esta historieta) los cines de barrio españoles estaban abarrotados en sus carteleras de peplums. Todo un furor entre un público eminentemente juvenil estimulado por las proezas heróicas de atletas, gladiadores y semidioses bigger than life. Era lógico que el boom lo recogiese de manera fulminante el mundo tebeístico patrio. Y asi nos encontramos en ese período con fenómenos como Ayax el Griego, Marco el gladiador (si bien las premisas estéticas de éste se hallaban antes en diseño e intenciones más próximas a un Guerrero del Antifaz que a un ciclo homérico ultrajado por Cinecittá con Steve Reeves de protagonista. Si fue cine sería el Robert Taylor de Quo Vadis en tanto que Marco era, ante todo, El defensor de la Cruz) o éste maravilloso Coloso.
López Blanco como dibujante se acercó al titanismo de un Hogarth aunque de manera harto tosca, teniendo como modelos a calcar los cromos de las colecciones de la gran pantalla. Mayor labor habría que atribuirle a De la Iglesia como guionista pues supo alargar las gestas del super hombre de la Antiguedad llevándolo a terrenos de delirio que, aún hoy en día, son lo mejor de la serie.

El rubio Coloso y sus ayudantes incondicionales. Desde el africano Filón al efebo Sandro, rapazuelo de enorme sagacidad pero propenso (como debe ser) a caer en mil peligros. Asi lo vimos sometido a la tortura de la malvada (pero bellísima) Heraklia que lo confinaba en una mazmorra, atado al mástil de un barco de pérfidos egipcios o asediado por las zarpas de un gorila predecesor del venerable King Kong. Las torturas hacia los personajes masculinos siempre revistieron un valor añadido para cualquier homófilo adicto al sadismo. Y en los mil combates en la arena de Coloso, enfrentado a iguales en fuerza (Hércules o Tauro) lo épico brilló alto. Pero no tanto como cuando el delirio al que antes me refería, se apoderaba de muchos capítulos de este cuaderno, y debía hacer frente a escarabajos sagrados de tamaños antes nunca vistos en la naturaleza, cocodrilos que parecían salirse de la viñeta en un cuerpo a cuerpo bajo el Egeo o la increible prueba de los cuatro caballos, en donde el titán rubio era atado de pies y manos, adoptando la postura clásica de aspa, debiendo sobrellevar el traquetreo del galope de cuatro espléndidos equinos (con el riesgo del desmembramiento total).

Y aún con ese tufillo homófilo lanzando indirectas-directas a la bragueta del niño lector diferente, tan bien recogido de unos patrones cinematográficos de plena actualidad que antes que ocultarlo lo acentuaban con el exhibicionismo de unos actores que primero fueron poseurs, no se agotarían las virtudes de un tebeo de trazos tan brutos como eficaces. Quedaría toda esa fauna de féminas estatuarias: reinas malvadas, amazonas cómplices, aspirantes al trono pero incapaces de conseguir al héroe... sencillamente porque el héroe tiene su corazón cogido de manera inaudita por la rubia inocente y pura: su Ismene, de cuerpo tan maggiorate que parecía la Canale con tinte Koscina. Ismene cieguecita e insufrible, siempre presintiendo algo malo vs. la extraordinaria princesa cretense Heraclia, luchando con uñas y dientes por apartar a la anterior de los brazos del Coloso. O la implacable Hurle, de estrambóticos tocados y gorros. O, cómo no, la inmortal Hipólita, sáfica amazona, sin ninguna dependencia de un mundo macho, jabata inusual en el comic español y que protagonizó uno de los episodios más memorables de la serie. Editaba MAGA.











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