12 diciembre 2008

MUDANZAS MONGO

Tiempo de mudanzas. Un espacio para pirateos en la red. Visitas a nuestros vecinos. Los blogs que envidiamos pinchados sin rubor.

Este mes nos trasladamos un ratito al hogar de Dildo de Congost para ver lo que se sueña en su...


TOYS R US

“No es bonito ser niño: es bonito, siendo viejos, pensar en cuando éramos niños”.
Cesare Pavese

Estoy en una fiesta que se celebra en mi casa de Ferrol, pero vacía de muebles y llena de gente joven que bebe, grita, se droga y se divierte a ritmo de gangsta rap. Ahí me paso un buen rato, aunque no interactúo con nadie: lo único que hago es permanecer sentado en una esquina, leyendo cómics de Los Nuevos Vengadores y sorbiendo copazos de ron con Tab. Cuando me canso de leer, salgo a la calle y estoy en Madrid; me dirijo hacia mi casa, en la calle Imperial pero… al pasar por el escaparate de una tienda de electrodomésticos, donde hay varias teles encendidas, lo veo: el informativo Madrid Directo emite imágenes que parecen una película de ciencia ficción: al parecer, la capital está siendo atacada por juguetes gigantes que salen de una nave espacial en forma de peonza iluminada o árbol de navidad invertido, que gira y gira en el centro de la Plaza de España con un torbellino de destellos multicolores. No puedo escuchar el sonido, pero las pantallas de los televisores escupen imágenes de juguetes que se comen a las personas y destrozan los edificios. Un descomunal Godzilla de goma tira una de las torres Kio de un coletazo, un Coche Fantástico teledirigido atropella niños, en un tablero del juego “¿Quién es quién?” las fichas se caen solas matando a los madrileños cuyas caras salen en ellas. Entonces miro a mi alrededor y veo el cielo inyectado en sangre y escucho las explosiones: el clima es apocalíptico. Corro por la calle San Bernardo hacia la Gran Vía y, al ver una enorme apisonadora de Mecano que se aproxima, me desvío por la calle del Pez. Allí me encuentro con Nono, que va con una amiga y el novio de ésta. Entonces, cae del cielo un muñeco de Iron Man y mata con un rayo al novio de la amiga. Salimos corriendo escapando del letal Iron Man de juguete y llegamos a San Bernardo otra vez, doblando la esquina rumbo a la Gran Vía. La apisonadora ya pasó.
Poco antes de llegar a Gran Vía, en un portal no demasiado lujoso, la amiga de Nono se detiene y dice, aún con lágrimas en los ojos: “Aquí, en esta casa, vive Tony Stark; tengo que vengar a mi novio”. Nono quiere ir con ella, pero yo la detengo y le digo que la deje: “Es cosa suya, y va hacia una muerte segura, es ridículo enfrentarse a Iron Man con las manos desnudas de superpoderes”. Seguimos corriendo y, al llegar a Gran Vía, el caos nos envuelve, con cientos de juguetes rodando y matando por todas partes. Cruzamos la calle para intentar llegar a la Plaza de Santo Domingo y desviarnos luego hacia la Plaza Mayor, donde vivimos, pero miles de juguetes, muñecos y peluches que se mueven vivarachos y veloces por la calzada nos impiden el paso: brotan de la descomunal peonza gigante que antes vi por la tele, y van todos en la misma dirección. Entonces, me fijo con horror que somos los únicos seres humanos de la calle: los demás son bichos, muñecos, Airgam Boys, Geypermanes, Madelmanes, Kens, Barbies, Muñecas Repollo o Clicks de Famóbil, pero todos ellos horriblemente humanizados, con rasgos que delatan su origen terrícola. Entonces, Nono ve a una compañera de trabajo que nos observa desde el interior del vestíbulo del Hotel Emperador y nos hace señas para que nos acerquemos. Va Nono sola y yo me quedo mirando el desfile de juguetes como hipnotizado por sus movimientos y colorines.
Cuando vuelve, Nono me dice: “Vamos a la peonza, me han dicho que ahí te convierten en muñeco y entonces eres feliz para siempre. Además, al final nos cogerán, no podremos escapar, hay que resignarse”. A mí no me gusta nada la idea de convertirme en juguete, pero Nono me sigue hablando (”total, ¿qué podemos perder?”) y, además, tampoco hay mucho que hacer (”dicen que los juguetes duran más que los humanos”) y bajamos por la Gran Vía hacia la nave peonza (”puedes escoger la carcasa que quieras. ¿Cuál era tu juguete favorito cuando eras pequeño?”) y cuando llegamos a la Plaza de España ya estoy convencido. ¿Para qué resistirse? En todas las películas de ciencia ficción (”¿recuerdas “La invasión de los ultracuerpos”?) se tiran hora y media luchando como jabatos y al final siempre acaban transformados, como todos. Es ley de vida, es ley mutante. Casi es mejor no oponer resistencia y aceptar el cambio con la resignación (entre angustiada y alucinada) de un personaje de Ballard.
gira en mundo gira
La peonza gigante, llena de luces de colores, gira y gira ante nuestros ojos. Para entrar en ella hay una larga cola de cientos de personas que van entrando poco a poco en la nave para, segundos después, salir por el otro lado transformados en sus juguetes favoritos. Por suerte o por desgracia, no tenemos que hacer cola porque vemos a una pareja conocida casi cerca de la puerta. Nos acercamos a saludarlos y nos cuelan delante de ellos. La chica se ríe, excitada, mientras su novio le pasa el brazo por el hombro, riendo también. “Borja y yo seremos Barbie y Ken. ¿Y vosotros?”, pregunta la chica, que tiene un fuerte acento pijo. “Pues a mí me gustaría ser una muñequita de Tarta de Fresa: son muy bonitas y huelen genial. ¿Y tú?”, pregunta Nono mirándome. Dudo, pero de pronto una imagen me viene a la cabeza como un rayo: quiero ser un muñeco de superhéroe, por ejemplo… ¡La Visión! Siempre me fascinaron su elegancia, su flema, sus poderes y su uniforme. La idea cada vez me gusta más, así que, cuando llega nuestro turno y una fuerza invisible nos abduce hacia la nave, estoy ansioso por transformarme. Elegimos nuestro personaje en una pantalla táctil que hay bajo un letrero de Toys R Us (al final, parece que la peonza es terrestre, demasiado terrestre y, encima, está patrocinada por una multinacional) y nos metemos cada uno en una cabina parecida a la de “La Mosca”, pero de plástico rojo. En menos que canta un gallo, un ¡flash! me convierte en La Visión o, mejor dicho, en un muñeco de plástico de La Visión que conserva mis rasgos faciales y mi complexión muscular. Me miro en el espejo y me veo raro, pero, bueno, ya me acostumbraré. Nono sale de su cabina transformada en una Tarta de Fresa de tamaño natural, carne y hueso. Está muy guapa. Salimos de la nave y corremos Gran Vía arriba, junto con los demás juguetes humanos. “Ahora estamos integrados, somos modernos, vivimos en nuestro tiempo”, pienso, no del todo convencido. Me siento extraño pero limpio y noto cómo mis emociones se evaporan y ya nada me importa ya, sólo llegar al destino marcado en mi GPS mental. Todos los juguetes humanos rodamos, saltamos o volamos por las calles, rumbo a Alcobendas. Allí, entramos en una gigantesca nave industrial.
Una vez dentro, sobre la cinta transportadora, ya no siento absolutamente nada. De hecho, no me importa cuando la muñeca que un día fue Nono se mete en una caja y yo en otra. Todo se hace oscuro. No sé cuanto tiempo pasa ni cuántas veces cambio de espacio hasta que la caja se abre y veo una enorme mano que me agarra y, detrás, la gigantesca cara de niño de unos 9 años. “¡Guau, es La Visión, cómo mola! ¡Gracias, papi, te quiero, eres genial muacs! Ahora me voy corriendo, que La Visión tiene que enfrentarse a Godzilla!!!”.
El niño me lleva a su habitación, donde hay una mesa con una maqueta que reproduce a escala el centro de Madrid, llena de muñequitos de plástico, de monstruos y de superhéroes. “¡Aquí llega La Visión, para pelearse con el monstruo Godzilla que ataca la ciudad!” El niño me hace sobrevolar la torre Kio que queda en pie y darle un buen puñetazo a Godzilla, que cae al suelo llevándose un par de casas por delante y aplastando tres señores de plástico. Pero pronto se levanta y, de un coletazo, me manda al otro extremo de la ciudad, a la Plaza de España.
Cuando me recupero del mamporro y, con ayuda de la gran mano del niño, me levanto del suelo, veo la gigantesca peonza iluminada que gira y gira y gira. El crío me pone a volar, para volver a la Plaza de Castilla, donde me espera una dura batalla contra Godzilla. Por el camino, el niño pulsa un botón que hay en mi espalda y disparo mis rayos infrarrojos de radiación microondas sobre todo lo que se mueve: los pequeños muñecos de plástico arden en piras de las que brotan hilillos de humo negro y maloliente. Es entonces cuando empiezo a divertirme.
vision de juguete

dildodrome

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