23 diciembre 2008

DIRIGIDO POR... FA. "Every day except Christmas" (1957. Lindsay Anderson)

La mayor parte de los señores del free cinema hicieron su debut en el documentalismo durante los años cincuenta. Esta experiencia, idónea para llevar a cabo sus premisas más urgentes, por encima de cualquier afán de comercialidad, no partía de la nada. Bajo aspectos parecidos, estaban recurriendo a la notable herencia que en este mismo campo habían dejado maestros como Humphrey Jennings. Lo que gentes como Anderson o Reisz aportaron de manera identitaria fue una ideología concreta, de carácter socialista y un valor encomiable por dar voz a una clase trabajadora que se convertiría en sus largometrajes en protagonistas absolutos de la acción. Esto último pasaba a principios de los sesenta, en un momento en el que el cambio estaba a punto de estallar con el triunfo laborista de 1964. Actores como Albert Finney,Tom Courtenay o Laurence Harvey tuvieron el arrojo de personalizarse como estandartes de una revuelta inolvidable, oasis ilusorio de que el sistema victoriano tenía sus días contados.
Sin embargo, fue más o menos un lustro antes cuando los cachorros del movimiento (que abarcaba el teatro y la novela) supieron encontrar sus rostros en el verdadero proletariado, en la working class sin filtros de la ficción. Es el caso de estos floristas del mercado de Covent Garden, protagonistas del cortometraje de 37 minutos de duración Every day except Christmas (título que hace referencia a los 364 días de trabajo monótono e intensivo robados a su juventud), dentro de la serie de cortos Look at Britain. Repartidores, mozos de almacén, incluso vendedores en jornadas de más de doce horas. El paso del tiempo en una jornada cualquiera está muy bien retratado por Anderson, con sus flujos de actividad mayor o menor, sus períodos de pausas y relajo. Pero ante todo, prevalece el valor de un mimo por los primeros planos, un intento de dramatización (que aclararía que en el director había ya un contador de historias en formatos de largometraje), una querencia por los detalles que podrían parecer superfluos pero que en el fondo no lo son y que lo que harían es conformar una peculiar (y encomiable) poética del anti héroe cockney.
Este gérmen de futuros logros del movimiento de los jóvenes airados se presenta ahora mucho más valeroso que lo que luego vino. Porque aunque estos obreros no se rebelen en ningún instante frente a sus condiciones laborales, evidencian una verdad mucho mayor que cuando sus faenas pasaron a sufrirlas actores de renombre (por no hablar de la terrible claudicación de los Reisz, Richardson y Andersons -aunque éste en mucha menor medida- ante la industria y lo comercial). Esa poética se torna conmovedora y sensual pues prevalece lo físico y, en el caso de Lindsay, un tributo a la belleza proletaria, tal vez no sacralizándola, como por aquellos mismos años hacía Pasolini, pero sí que tratándola con un respeto y admiración inequivocamente homófilas (como en el caso del seguimiento algo más esmerado del apuesto George).
Sus momentos de descanso (en los cafés, en la soledad del almacén) son encantadores. El retrato de ambiente es perfecto en tanto que se está filmando la vida misma. Y con ella también las costumbres, las modas, los acontecimientos musicales, independientemente de los irónicos God save the queen que suenan en la radio al final de sus emisiones (la reina podía descansar ya de sus decadentes actividades diarias, ellos no) : alguno de ellos tararea éxitos de juke box como el Stranger in paradise del musical Kismet. Mientras todo esto sucede, el narrador describe las imágenes en un estilo directo, muy típico de los Sillitoes en boga (era el también escritor Alun Owen).
Siempre que llegan estas fechas, me suelo enternecer más de la cuenta y gusto de colocar en el DVD momentos que me traigan a colación el mundo de Dickens. Este corto no daría más que para una extensa descripción de los ambientes en que podrían moverse mal a gusto muchos de los Oliverios de turno, sin posibilidades para la llorera. Pero al menos, compruebo con agrado cómo durante unos años gloriosos, una serie de cineastas quisieron denunciar una situación injusta (de la que nadie, ni siquiera sus protagonistas parecían ser conscientes) pero, sobre todo, de ennoblecer una capa social, padres de los futuros punks del 77, que padecían el sistema esclavista que la industrialización del XIX acentuó en la era moderna más si cabe. Y que estaría radicalmente alejada de la mirada que un Bernard Shaw efectuó de cierta encantadora señorita de nombre Eliza Doolittle y de parecido oficio en una obra (Pygmalion) que luego, curiosamente el mismo año de este corto, se hizo musical (My fair lady. Lerner & Loewe).

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