19 diciembre 2008

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES (mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988)


Capítulo cuarto

Transister boy
La radio era mi gran amiga. Ella nunca me defraudaba. Era una cajita mágica con enorme facilidad para asombrarme, excitarme, enseñarme cultura. Yo debía ser de aquella como los españoles de principios de los sesenta con el nuevo invento de la televisión, invento del que era devoto pero que no causaba en mí un nivel de inquietud semejante. Además, la televisión era demasiado complicada para querer imitarla. En cambio, con radio casette grabador y un pequeño walkman con rincón para cintas podía sentirme radiofonista siempre que quisiera. Esto último ya lo llevaba probando desde hacía unos meses. En particular, mi caracterización de un personajillo lunático llamado El bardo de la quimera que ayudó mucho a que mi esquizofrenia latente saliese a la luz (o a aquellas ondas inexistentes). Podía estar más pirado que El loco de la colina, el patrón a seguir. Reirme más alto, llegar más lejos en mis propuestas. Eso me suponía.
Sin embargo, mi faceta de oyente aún era superior a la otra, siempre más creativa. Conocía al dedillo la programación de todas las emisoras de onda media y frecuencia modulada que se podían sintonizar en mi ciudad (que eran poquísimas, dicho sea de paso). Inclusive me quedaba alucinado con las extrañas señales que se lanzaban en cualquier punto del dial a determinadas horas de la noche los entrañables jóvenes de los walkie talkies (los radioaficionados). Sentía que esa era la radio más íntima, el mensaje más personal que ningún otro locutor podía donarme. Qué bobada, pues sus comunicaciones eran entre ellos, ensuciando el dial por cuestiones de expansión hertziana, o como fuese aquello. Pero el solo hecho de pasarme horas pacientemente descifrando sus extrañas conversaciones (de uno, claro), a menudo técnicas y aburridas, ya me despertaban la libido. Y les gritaba desde mi micro particular, increpándoles con epítetos soeces a que se centraran en lo sexual (pues si eran jóvenes, tenían que estar a ello cada cuarto de hora). Hasta que de pronto callaban. Me figuraba que me habrían escuchado y que se habían ido con la cháchara radioteleco a otra parte.
Era la verdadera caja mágica. Pero también sabía que aquello no provenía del país de nunca jamás, que no se trataba de gente desde sus casas jugando a los radiocasettes. Que existían en mi ciudad estudios de radio, tres o cuatro pisos desde los que se emitía la programación local. No me decidí a ir a ninguno de aquellos lugares hasta que mis amigos de las ondas me lo propusieron con sus invitaciones directas. De vez en cuando, solía llamar a un concurso en el que efectuaban muchas preguntas sobre películas. Recuerdo haber acertado el nombre del director de Jesucristo Superstar y fui agasajado con una entrada para ir al cine. Entonces fue la primera vez que visité una radio, aunque solo hasta recepción. De fondo se oían los sonidos de Madrid. Los empleados caminaban por los pasillos con papeles o discos, presurosos e indiferentes. Eran los locutores, pero cómo identificar sus voces si permanecían callados o, si es que hablaban, no entonaban con la prestancia habitual...

La visita al templo de las ondas
En 1983 escuchaba otro programa de tarde realmente agradable, muy ameno. Uno de los últimos magazines locales que aún se permitían el lujo de sacar unidades moviles a la calle, de hacer radio espectáculo. Podía asisitirse en directo a la celebración. Avisé a Mario y nos plantamos en la totémica SER. Nos juntamos cinco o seis chavales más. Yo, de temperamento tímido, me hallaba muy nervioso pues debía sentarme frente a frente con aquel astro de las ondas provinciales, cuyo nombre ya he olvidado por completo. Era un programa que presentaban dos señores. El otro era de mayor preferencia para mí. Y no estaba. Curiosamente era primo de Mario, se llamaba Javier Huete. Pero con lo que había ya debía tener bastante... Me encantaba el mobiliario, la bombilla roja que de vez en cuando se encendía, el grado de informalidad que podía tener el conductor hacia nosotros en un primer instante (el típico enrolladito) o con el técnico de sonido detrás de la vidriera. Mas hubo dos detalles que me hundieron en una profunda tristeza. Por un lado, su anuncio reiterado de que todos los alli presentes deberíamos hablar algo. A mi eso me enmudecía. Era incapaz de acercarme a aquella alcachofa, pues me daba terror total. Y, por otro, la actitud radicalmente distinta del presentador cuando estaba en el aire y cuando no. Ese tonillo de falsedad, de engolamiento no lo pude soportar. Es más, lo encontraba esperpéntico pues, segundos antes de encenderse el piloto que indicaba que estaban emitiendo, él se colocaba un extraño aparato dentro de la boca, justo encima de los dientes para que su voz sonase de una determinada manera. Y juro por Marconi que no era para interpretar un personaje en la más pura línea de los teatros del aire de Radio Nacional. Luego estaban sus muecas. Yo deseaba que se echase a reir a mandíbula batiente para que aquel postizo que ocultaba saltase y le cayese a la mesa, para que se pusiera más colorado que la bombilla del directo. De repente, tras el término de un disco, se olvidó de colocarse aquello que apuesto a que era la tira doblada de un trozo de periódico o asi (tipo Brando Corleone). Al darse cuenta de que estaba hablando sin aquello, se le notó crispado, con muy malas pulgas. Se sentía disminuido. Y a micrófono cerrado golpeó la mesa tan bonita, tirando sus papeles, quejándose de que uno de nosotros estaba descentrándole. Era un divo. Que es como decir que estaba barrenado.
El porqué de aquello lo ignoré en absoluto. La impostación de una voz era uno de los puntos más superados por las gentes de mi emisora favorita (Radio 3), salvo si se trataba de dramatizaciones. Yo nací en el tiempo en que los gigantes se habían retirado o se estaban quedando afónicos. Los vozarrones de la mañana a cojones daban paso (en mi apreciación más querida) a los roncos, a los imperfectos -pero llenos de personalidad- seres humanos, que lo único que podían o querían transmitir eran emociones, calidez, proximidad. Y, sobre todo, conocimientos. En Radio 3 estaban. Pero no niego que en Radio 3 estaba un prodigio de la naturaleza llamado Leonor García Alvarez, por ejemplo. Para mi, la quintaesencia de la belleza vocal femenina en sus estadios más ortodoxos o, si se prefiere, más clásicos. Y las chicas de Juan Ignacio Francia. Pero, por regla general, vivíamos otros tiempos. El seseante Aberasturi, el andaluzismo de Alejo García, el gracejo de Salvador Valdés o el frenillo de Pepe Estefani (¿o era Sabas Martín?, ¿o era tal vez gangosidad?) me causaban mayor atracción y poder de convocatoria que cualquier Jorge Negrete de la vieja galena.

Radio para zombies muy vivos
En cualquier caso, gentes unas y otras, inalcanzables para el niño Maciste, aquel chavalín al que le estaba cambiando además la propia voz. Y por cambiarle por algo distinto, más adulto, embelesándose consigo mismo más y más. Un niño tan narciso como yo no podía retraerme a aquellos nuevos encantos donados por la madre naturaleza. No la tenía afeminada, o sea medio aniñada. Tampoco varonil, cosa fea si llega antes de tiempo. Y si tuve que aguantar aquella sombra de bigote durante muchas temporadas (hasta que no decidí afeitarme) al menos los sonidos de mi piquito carnoso eran lo suficientemente agradables como para enamorarme de ellos sin remisión. Mis entrenamientos eran totalmente autodidactas. Mi espejo sonoro eran los profesionales que admiraba. Y hablaba solo. Leía en alto. Modulando, guardando pausas, aprendiendo a respirar. Además mi acento gallego no era nada marcado. Aspiraba a Prado del Rey. Chico continuidad. Era todo menos lo que en realidad era: un pobre aprendiz. Pero como no me daba cuenta, daba juicios de valor, criticaba a éste o a aquél. Reivindicaba mi revolucionario estilo de transmitir para mi ciudad, llena de distorsiones anticuadas.
Cada poco sintonizaba programas. Buscaba lo rompedor. Me desagradaba la poca iniciativa de las emisoras locales para ofrecer alternativas verdaderas a la radio madrileña. Pero alguna hubo. Pienso que uno de los programas más insólitos, por lo arriesgado, fue uno que emitían a unas horas imposibles desde la Ser, las noches de los viernes (en FM). Su título era ya de por sí una provocación: No pillo vena. Sus conductores, dos personajes que luego con el tiempo trascendieron en el mundillo inabarcable de los pinchadiscos con charme (incluso a nivel nacional). Tardé en averiguar de donde salía el nombre del programa (fue cuando Almodóvar y su McNamara asentaron sus reales en mi mentalidad de adolescente terrible). Su difusión de lo más rabioso de la música pop me atrapó al instante. Aquello era un Diario Pop comme il faut (ellos mismos empezaban a solicitar maquetas), un magazine lleno de intención y causticidad. Y si admitían público en directo, éste debía ser sólo con invitaciones (y aún dentro del restringido marco de lo VIP) pues Mario y yo, en un par de ocasiones, nos acercamos hasta el portal del edificio que albergaba la emisora y siempre lo encontrábamos cerrado. Es de suponer de que Mario, en su natural malicia mongo, imaginaba que esa nueva ola que se estaba gestando en la capital se estarían poniendo hasta el culo de todo tipo de drogas duras allí dentro, al más puro estilo La Edad de Oro pero mucho peor (pues no había cámaras que los delatasen). Todo fantasías de menores de edad con ganas de sacar el carnet de conducirse por la vida moderna.
Pero la mayoría de edad no daba llegado. Y de vuelta a casa, otra vez recurría a aquellos magos de las ondas, con los que me agazapaba inevitablemente en una comunión extraña. Y siempre al calor del edredón, repitiendo a sotto voce sus ingeniosas salidas, hasta que mis ojitos se adormilaban con la luz roja del transistor de cable, de efectos tan catárticos como la bombilla aquella del directo que me causó males parecidos a la taquicardia.


continuará

18 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Tener acento gallego tipo- David Vidal es algo cojonudo......

maciste II dijo...

En otras regiones de España suele despertar hilaridad, ternura o cachondeo.

filomeno2006 dijo...

Los que se ríen de la forma de hablar de los gallegos no se dan cuenta que Galicia es una de las Regiones más avanzadas de España, en el ámbito cultural, por lo menos.

maciste II dijo...

Ay Filomeno,usted si que hace patria. Diga que sí.Que lo que nos hace falta a los de estos lares es orgullo y conciencia de raza.El retorno al celtismo más salvaje (visto que la civilización está agotada).

maciste II dijo...

Pero, por favor, que nuestro subidón de galeguidades no sea algo similar al propuesto por esos anuncios televisivos de la cadena de supermercados GADIS (¡Vivamos como...!): ¿autoparódicos en la Xunta?. ¿Ciencia ficción a la grela?.
Seamos serios. Y realistas. Nada de gaiteiros en Nueva York que luego votan a Obama, entre otros desatinos. Primero esto, y luego huyendo del tópico caen hasta "o caldeiro" en él. Perdone, Filo, pero es que no puedo con ese spot de la autonómica.

filomeno2006 dijo...

Amigo Maciste: hacía cuatro años que no iba a Galicia; fui este verano, a Orense; quedé gratamente impresionado: gente bien vestida, chicas guapas, finas y altas; calidad de vida, bares y restaurantes atendidos por camareros profesionales; mucha limpieza, orden en las calles, perros cariñosos y poco ladradores; ropa buena y barata......¡Aquello parecía San Sebastián en sus buenos tiempos.....!
Un abrazo.

maciste II dijo...

Vaya, pues me ha terminado de despistar. Le pensaba en Galicia. De cualquier forma, el verano (sino es ferragosto) embellece hasta los camposantos.
Gracias por estar usted ahi detrás, alerta, en estos días tan delicados que estoy pasando. Y si no nos escribimos antes,que pase usted un Bo nadal, o Buon Natale, como prefiera.

filomeno2006 dijo...

Estimado Amigo Maciste: te deseo igualmente a ti y a los tuyos una Feliz Navidad y Próspero Año 2009.
P.S.: por cierto, hoy cumple años nuestra admirada ORCHIDEA DE SANTIS, la bellísima ORCHIDEA DE SANTIS. Por si desea felicitarle en este día de su aniversario.
Un abrazo.

gilda love dijo...

¿Qué tal los análisis?

maciste II dijo...

Sífilis, querida Gilda. Me suponía una cosa así. Deberé los próximos días ponerle una velita al doctor Fleming

maricón martinez dijo...

Yo he tenido sílfides varias veces. Me pinchaban. Perdía glóbulos rojos a destajo... Y purgaciones ni te cuento... Vamos, reincidente total. Si es que era otra época de mi vida, donde era más puta que las gallinas.

maciste II dijo...

Para mí es un estreno esto de las venéreas. Jamás pillé nada, a no ser ladillas y algún honguito machacón. Y esto suena terrible,a lo Maupasant.
Y luego, que la médica se sobresaltaba toda. Le daría asco o así,no me explico. Si hasta abrió la ventana en un momento de la consulta,no sé si con objeto de tirarse al vacío o de comprobar cuanta gente había podido menda haber contagiado con sus super poderes. Eso es lo que terminé pensando al salir del centro de salud: que ahora tenía super poderes para aniquilar a media humanidad follable.

gilda love dijo...

Cuídate, Maciste

filomeno2006 dijo...

Amigo Maciste: a mi consultar un tema urológico con una doctora me daría un "corte" tremendo. ¡Ni te digo un examen dígito- rectal......!

maciste II dijo...

A mi esas porquerías solo me las hace el (que creo que es el)causante de mis males. La doctora, básicamente,se limitó a leerme los resultados, a preguntarme si mi pene estaba raro, para acto seguido ponerse con el ordenador para sacarme la receta de antibióticos. Mientras, me hablaba de plagas en expansión, de mi obligación para con esa pareja mía de avisarla de todo... Me levantó dolor de cabeza. Pero no es mala. Ni la bruja Piruja ni la Edwige Fenech.

filomeno2006 dijo...

Si fuera parecida a Edwige Fenech o a Karin Schubert, no estaría del todo mal la buena señora......

filomeno2006 dijo...

Amigo Maciste: ¿No escuchas "No es un día cualquiera", RNE, de nuestra paisana Pepa Fernández?

maciste II dijo...

No, no lo escucho. Creo que es en fín de semana. A esas horas me pongo al Dragó que está con la Gemio en esa radio donde está Carlos Herrera y Julia Otero a diario (me he quedado en blanco)