05 diciembre 2008

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES (mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988)


Capítulo tercero

La droga distancia
Ortiz empezó con los porros, al menos que yo tenga constancia, en el bachillerato. Se perfilaba asi una personalidad de bello tenebroso que me atraía y a la vez me repelía. Me atraía porque me parecía estupendo que mi amiguito de EGB cometiese hechos reprobados por padres, profesores y sociedad en general. Pero me repelía por cuanto en ese nuevo ambiente que él frecuentaba yo no pintaba nada, era rechazado de pleno.
El rechazo era mutuo pues su nuevo círculo me parecía sumamente desagradable. Sobre todo, por la vacuidad de elementos como el Varela y el Dani que, a su vez, al presentir mi carácter de diferente me sometían a todo tipo de chanzas. En ese punto, Ortiz me resultó el rey de los falsarios. Pasándoselo muy bien conmigo en los recreos o siendo como éramos compañeros de pupitre durante toda la jornada lectiva, en cambio cuando sonaba el timbre en el pasillo se iba presuroso a sus aventuras canallescas con los otros dejándome con una sensación de ser su hazmerreir personal y poco más (los verdaderos amigos se miden en el tiempo que pasen juntos cuando acaban las clases). Era un comportamiento que me hería de veras. Saber que podría estarme criticando mientras conmigo permanecía nuestro vínculo de complicidades inalterable. Soberana idiotez. Pues no hacíamos otra cosa en otros tiempos de mayor unión. Cuando Máximo, aquellas eran fiestas caníbales en las que nos despellejábamos a nuestras espaldas con la ferocidad de unas malas víboras. Sin embargo, en esta ocasión el dolor por la posible traición implicaba algo más profundo y que en el caso de Ortiz atañía a ese sentimiento egoista de pérdida de un ser que creía en propiedad exclusiva. Y no era así. ¿Porqué entonces no contraataqué adhiriéndome a su nuevo grupín de maudits, cizañando desde dentro para disolverlos con mi mala baba?. Tal vez porque pensaba que ni eso merecía la pena, o porque mis ratos libres los tenía bien cubiertos con Mario, o porque su mauditismo me parecía estéril, todo lo contrario de un universo creativo (letraherido) en el cual cada vez yo estaba más inmerso. Y, por supuesto, porque el tema de la droga me echaba para atrás. No deseaba dependencias ningunas, más allá de mis propios fetichismos culturales o eróticos.
Yo no fumaba. Creo que no me emborraché nunca hasta pasados los dieciseis. Tampoco esnifé pegamento (como hacía mi vecino de pupitre y compañero de mil risas por lo bajinis Sanjurjo), pues siendo como era tan torpe para estas cosas de las manualidades temía que en una de éstas al introducir el tubito en uno de los orificios de los mocos se me fuese la mano y se me metiera un chorretón de cola dentro, quedándoseme pegado ahí por los restos. Prefería oler las gomas NATA. Y los libros, coger un colocón de imprenta ero lo más intenso. Y era virgen, aunque creo que eso aún lo éramos todos.
Yo soñaba con cambiar el mundo desde un mundo fantástico. Sólo eso. Mientras que Ortiz estaba empezando a jugar de veras a la vida de ficción de sus ídolos del rock.


Idolos y necrosis

¿Y quienes eran sus ídolos?. Las estrellas de lo alternativo. Ian Curtis, Siouxxie, Eduardo Benavente y Ana Curra. Le privaba lo gótico, tal vez lo más experimental. La primera vez que me enseñó un catálogo de la pionera tienda barcelonesa Músicas de régimen me quedé alelado. Como Eduardo, era autosuficiente (y de paso, inconformista) y tenía que buscar material discográfico fuera de las tiendas de mi penosa ciudad. El colmo de la otredad, asi lo vió Macistín. Lo de los pedidos por catálogo representaban la mayor novedad. Señal de que era un ser antiborreguista y con iniciativa propia. Sin embargo, él consumía no vinilos sino cintas casette, con grabaciones de conciertos en ruinoso sonido de Joy Division, Tuxedomoon, Bauhaus o Macromassa. Al hojear aquellos fanzines en blanco y negro me perdía en el vértigo de lo desconocido. Era como si una oscura secta, habitante de subterraneos por mi nunca frecuentados, vigilase atentamente y con ánimo de volarnos la tapa de los sesos, a base de decibelios y distorsiones, a la masa que -como yo- gozábamos de un penoso gusto musical. Lo reconozco. Lo más alternativo para mí aún eran los Pegamoides. Porque el recién adolescente Betanzos con lo que disfrutaba era con el tecno pop de Depeche y sus mil equivalentes, con Mecano y sus copias, con los nuevos románticos y los recopilatorios de Navidad. Sin embargo, estos últimos no eran malos del todo. Me sirvieron para ejercitar un eclecticismo que a día de hoy me define bastante. No como "ser posmoderno". Sino como inclasificable y algo inaudito. Que pudiera vibrar del mismo modo con Yazoo que con Perales, con Blondie que con Serrat, con Pedro Marín que con Madness, era debido a esa extraña miscelánea de grandes éxitos con los que, llegado el período vacacional de las nieves, me obsequiaban las astutas multinacionales discográficas. Y los hits de entonces eran más decentes que los que dan ahora, que el pop ha muerto o es otra cosa bien distinta de la que creyeron Spector, Van McCoy o Vince Clarke.
Ortiz, sin embargo, estaba ya en otra dimensión. Niño precoz. Aprendiz de Byron. ¿También se fue como el divino cojuelo al cumplir los treinta y cinco?. Al menos duró más que su Eduardin. Recuerdo perfectamente la mañana de mayo en 1983 en la que me anunció muy compungido el fallecimiento de su cantante español favorito. Describía con pelos y señales un accidente de tráfico, cuya veracidad debí poner en entredicho. Fue como si la hubiera ideado la noche anterior en su lecho durante el transcurso de una pesadilla ballardiana, pues no había -que me conste- sido testigo in situ de aquello que aconteció en ese punto kilométrico de la comarca riojana de Alfaro. A continuación sacó de su carpeta un artículo aparecido en EL PAIS que relataba de forma fría y sistemática lo acontecido. Yo sólo conocía a Eduardo por la portada del Grandes Exitos, pero sobre todo por su Quiero ser santa y Autosuficiencia. Eran melodías frías, enfermizas, para mi siempre noctámbulas. Benavente podría ser perfectamente un vampiro alemán metido en una zona inhóspita e industrializada del Berlin pre caída. Radio 3 lo ponía muchas veces, en el Diario Pop.


La edad de oro al final de la edad de la inocencia
Por querer reconquistar a mi amigo, procuré aguzar más las orejas. La Edad de Oro le puso las imágenes. El programa favorito de Ortiz no podía pasarme desapercibido. Venía a sustituir a otro de mis programas de cabecera: Si yo fuera presidente (nada que ver uno con otro). Todo un shock lo de Tola en mi casa y en la de muchas de mis mejores compañeros de estudios. El cambio de programas al principio me sentó muy mal. Pensaba que, aunque seguia ese ambiente de improvisación en directo, de fiesta de la marginalidad no tenía tanta gracia como cuando el estudio de la segunda cadena se llenaba de Patxinguers Zetas, de Albertos Perez y Javieres Krahes o de las putas y maricones, mendigos y millonarios que entrevistaba Tola.
Sin embargo corrían nuevos tiempos, tiempos de escándalo. El morbo estaba asegurado. Y la propia Chamorro una semana, al comienzo de su espacio, avisó que algunas de las imágenes que iban a verse podrían herir la sensibilidad. Esto fue cuando habían invitado a Psychic TV con su lider Genesis P. Orridge y pasaron el famoso video del cerdo y la cruz. A la mañana siguiente Ortiz con su incombustible aire de autosuficiencia me comentaba que ya los conocía. Sus comentarios siempre eran cortantes y concisos. No podías aprender demasiado pues sus palabras eran las mínimas. Asi que me guié por lo que me enseñaba aquella mujer vestida como de troglodita, con su pelucón (auténtico) cardado. Y logré adorar a Miquel Barceló y a Divine, a Christo y a Warhol, a The Smiths y Marc Almond, a Poch y sus Derribos, a Bernardo Bonezzi y la negra aquella, a Alan Vega y a unos cuantos más que ya no recuerdo. Noches de martes invernales, frías, junto a la televisión en blanco y negro mientras mis padres en el salón, al calor de la estufa me daban por perdido: el niño prefería a unos drogadictos de pelos de colores con su público amariconao bebiendo cerveza a disfrutar de toda una señora película en Sesión de noche. Pero qué más daba. Lo mío era Cineclub y la crítica pedante y eso eran los jueves y el Dirigido por.... en el quiosco.
Yo así podía charlar con Ortiz, ya que a él el cine no le entusiasmaba tanto como a mí (para hablar de cine ya tenía a Carlos y Mario). Y ya de paso alcanzar, desde una provincia (siempre última en estadísticas de desarrollo) alejadísima de ese plató loco, un ingreso a lo bestia en aquellos tiempos modernos. Y con el mejor chute que podía concederme... el de la vanguardia, alucinación transitoria de lo mejor de esa década. Mi década prodigiosa.


continuará

2 comentarios:

filomeno2006 dijo...

¿Televisión en blanco y negro en 1984?

maciste II dijo...

Si,amigo Filomeno. En la cocina. En la sala estaba el color.