03 diciembre 2008

Apuntes macisteños

En casa Betanzos no andamos muy católicos. Fuerte catarro el mío de finales de mes. Esto unido a un picor anal que me llevó a creer que cobijaba liendres, que me supuraba el esfinter, incluso que detentaba los síntomas malignos de un simpático hongo estilo Sci Fi de los años cincuenta (todo fruto de mi imaginación ante el espejo) me sumieron en un profundo decaimiento. No me explico que me pudo pasar. La cabeza es así. Crea monstruos con una facilidad... No entiendo cómo pude afrontar la semana Méliès. Estaba por los suelos. Me veía morir ante el teclado. Llegaba un punto en que no sabía si estaba escribiendo de Méliès o de la abeja Maya, tal era mi falta de concentración y empanadilla mental. Mientras youtubeaba maravillas sentía de improviso infundados dolores: ora estomacales, ora en el pubis... ¿Dolor de huevos típicos de un gonorreico?. ¡Porqué no!. Toda agonía es bien recibida en una fiesta mongo.

El mongo de las lamentaciones. Manda narices. Asi que coincidiendo con el día del orgullo de ser sidoso, acudí a la médica de cabecera (sí, María Esther) y la asusté hasta extremos de expresionismo facial digno de una Lil Dagover. Le recité una lista con síntomas evidentes. Hubo incluso en ese momento un apagón de luz en todo el ambulatorio que le llevó a sentirse incómoda a mi lado. Sé que le contagié algo, el pánico mismamente. Me dio vez para un análisis. Y hoy fue el pinchazito. Una enfermera machorra me clavó bastante bien. Me extrajo tres tubitos. Pero al sacar la aguja para aplicarme el algodón y el esparadrapo, la hijaputa me hizo un daño que no se lo perdonaré en la vida. Ella estaba sacando la espada Excalibur no el pincho del tormento. Aún me siento con molestias. Aunque animado, con humor (negro). Y es que se me ha ido el catarro. Llevo días que no me pica el culo. Reconozco que también facilitó que se me fuera la tontería el hablar con mi amigo Manolo por teléfono hace una semana. Y, desde luego, la visita de mis hombrecitos.

Pedro, por ejemplo, que reapareció después de cinco meses encamado (sus crisis nerviosas han arruinado al chaval). Lo noté algo dopado (toma ocho pastillas diarias), sin ganas de empujarme. Y yo menos aún. Lo intentamos, pero de nuevo volví a sentir escozores y le dije basta. En cambio, al dia siguiente el scatyolista me subió al séptimo cielo. Ese cabrón cada vez me toca mejor. Me comió el culo, me miraba mientras pajeaba mi ano con tal cara de ingenuo perverso que me corri antes de haber probado sus embestidas fálicas. Eyaculé a mares. ¿Cómo puede salir tanto líquido seminal de un único huevo?. Y tan de almendrita... Tendré que consultarlo también. ¿Cuánto hacía que no orgasmaba?. Le recriminé de buenas maneras por pajearme tan bien. Aún quedaba lo mejor y yo ya había aterrizado. Adoro a este chorbo. Sus manos son de santo. Y esos dedos gordos, manchados de blanco tras el final de la jornada de trabajo con la escayola...

Ahora es mi madre la que está acatarrada. Vuelve a costarle respirar, pese al concentrador de oxígeno. Tiene tos loca, sobre todo de noche. Me despierta con sus ruidos y la luz de la habitación.
Por nada del mundo querría pasar otra navidad en un hospital para ancianos a kilómetros de la capital (como el año pasado).
Pues lo que queda no es poco. La espera interminable de los resultados de los análisis venéreos, y una pequeña operación de un quiste en el meñique de la mano para la semana que viene.
Estoy viendo cine con menos regularidad de la que querría. El blog es mi agarradero, desde luego. Sin él, hoy por hoy no aguantaría este invierno tan crudo y tan anticipado. La ciudad sigue muerta. El frío aleja a las gentes de las calles. Y en casa el refugio del ordenador, mi biblioteca y la televisión. Lo que me llevaría a una isla desierta (junto a mis hombrecillos, claro).

He visto ayer una de Ozores, La hora incógnita (1964). Con un elenco de actores muy familiares al frente de una trama apocalíptica, desusada en un director de estas características (aqui copiaba La hora final de Stanley Kramer, era la época del peligro nuclear. Aunque la de Kramer, basada en una novela de Neil Shute, era un pelín más aburrida, sólo se salvaba Perkins dando la nota patética. Pese a que Ozores siempre fue un coyuntural, al menos, incluso en estas rarezas anticomerciales aún pensaba en agradar al público. Lo que pasa es que el público se durmió en su estreno). Siendo la película entretenida, no es como para tirar bombas (nunca mejor dicho). Curiosamente la angustia que me transmitía don Mariano no era la que bien pudieran sentir sus protagonistas ante el inminente final de sus vidas. Para mi la verdadera angustia provenía de saber si Antonio Ozores iba a cagarla en su siguiente frase con una salida de tono bufa (fue sorteando su sordiesca aparición con bastante bonhomía, salvándose de mi quema apocalíptica precisamente por lo sordiesco), o si el venerable Jose Luis (su hermano) tosería de más en el siguiente plano (hacía de borracho) para recalcar lo gran actor que siempre fue, o que Emma me sonrojase en exceso en su nueva intervención con esa vulgaridad tan Penella, o que Luis Prendes pecase de teatrero en un lugar tan diferente como es el cine... Desde luego que sobraban personajes, también que algunos no parecían pegotes, bultos para un cine coral por la eficacia de una interpretación sobria y convincente... Pero cuánto mejor hubiese sido este filme si lo hubiese hecho un norteamericano experto en claustrofobias, alguien capaz de extraer matices psicológicos a unos personajes (Hitchcock en Los pájaros, por ejemplo) que, en la españolada, aguardan la cuenta atrás en aquella iglesita con una pasividad tan cristiana que da pena.
¿He visto algo más?. Si, anoche... ¿cual era?, no recuerdo... ah, si. Una de Jacques Demy, espantosa como siempre. Un Demy en USA, titulado Model shop (1968) con Anouk Aimee y Gary Lockwood. Una especie de continuación de su mítica Lola (1961) pero, ahora, con Lola trabajando en una agencia fotográfica como modelo de peep show (es un decir, la magia de Anouk sólo ha servido a unos cuantos franceses para imaginarla en su onanismo como una modelo sofisticada a un pie de la prostitución de lujo). La banda sonora la llevaban los sicodélicos Spirit (de Lou Adler). Y me gustó el momento en que estos dulces hippys le regalaban al chulazo Lockwood un Lp del grupo (los había ido a visitar en los ensayos). Pero la película era una insignificancia. Vamos, que valía muy poco.

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