11 noviembre 2008

SOLO PARA SIBARITAS


MUSIDORA
(1889-1957)


La cantidad de figuras apasionantes que dio el cine mudo en sus apenas treinta años de existencia es tan copiosa que escandaliza la ausencia de muchas de ellas en las enciclopedias del ramo. Musidora es una de ellas. Apenas una breve referencia, casi siempre por sus inolvidables papeles para el director Louis Feuillade, anularían gran parte de los logros (a menudo extra cinematográficos) de quien los surrealistas definieron como "la octava musa". Sería pues necesario, sin menoscabar sus dos creaciones malignas en Les vampires y Judex (nadie en su sano juicio se atrevería), alertar al lector de que esta mujer condensó además en experiencias vitales, testimonio de primera mano, aspectos culturales muy concretos y que atañen a la época que le tocó vivir.
Hemos mentado a los surrealistas. ¿Por qué les gustaba tanto esta diosa?. Sus miembros eran muy aficionados al cine evasivo, en especial a los seriales franceses de los años diez. Feuillade era el director de los más importantes. Sus temáticas de bajos fondos con sus hampones por un lado y la ley y el orden por otro consiguieron inventarse un tipo de narrativa sumamente curiosa, plagada de aciertos y siempre atenta de agradar al público más popular. De manera indirecta el ritmo trepidante facilitaba la consecución de unas situaciones tan pintorescas como delirantes, que no en vano tenían que apasionar a los surrealistas del momento. Por el absurdo a través de la velocidad. Musidora ejercía allí la autoridad de una vampira (Irma Vamp) pero muy distinta en concepción a cómo se entendía el termino vamp en Estados Unidos. Digamos que Feuillade buscaba en ella, más que a una mujer sexo a imágen y semejanza de las fantasías del hombre heterosexual, a una representación lo más fidedigna posible de lo demoníaco, del Mal. Enfundada en su atuendo negro- doble piel, evolucionaba según las dislocadas tramas en las que se veía inmersa. Asi pasaba de trabajar para los vampiros, a hacerlo (bajo estados hipnóticos) para sus rivales. No importó el grado de traición o negritud al que llegaba su rol. El pueblo y las elites la adoraron en seguida. Y pese a que su paso por los seriales (y si me apuran por el cinematógrafo) fue muy breve, dejó una estela de perdurabilidad que no se entendería sin antes haberla enmarcado como símbolo cultural superior.
Escritora, amiga de escritores, cineasta, guionista, autora de canciones... Muchas facetas que arrancaban de una herencia materna no exenta de inquietudes: su madre era pintora y directora de un periódico feminista.
Su nombre real era Jeanne Roques pero tomó el seudónimo de una novela de Teophile Gautier titulada Fortunio. Louis Aragon la bautizó "la décima musa" aunque no podemos decir que esto fuera una genialidad. Musidora en griego significa "don de las musas". Mas se devanarían los sesos Breton y Aragon cuando le escribieron una obra teatral de nombre Le tresor des jesuites, en la onda de los postulados lanzados al viento dos años antes por el movimiento que capitaneaban de manera dictatorial. Musidora comulgaba con ellos, también es verdad, pero había en ella un sentimiento romántico mayor que la inclinaba hacia mundos femeninos únicos, supremos, exquisitos. El mismo que la obligaba a compartir mucho tiempo con la señorita Colette (esta la llamaba ma petite Musí) o a profundizar en los amores de Georges Sand (en una obra que se estrenó en el Theatre del'Humeur) o a hacerse íntima amiga de Pierre Louys (gran aficionado a las mujeres..., y al amor entre mujeres).
Sin embargo tantos créditos (a priori fabulosos) no empañarían ese aura de leyenda de sus trabajos para Feuillade. Una Francia al borde de la gran guerra necesitaba evasión a toda costa. Y como encarnación del mal con mayúsculas, Musidora revolucionó hasta a los publicistas. La casa Gaumont se inventó estrategias publicitarias altamente apasionantes alrededor de su rostro enmascarado. En contrapartida la Pathé (productora rival) incrementaba las dosis de peligros ilustrados para la inquieta amazona Perla Blanca (némesis de la otra: lo blanco frente a lo negro, la bondad frente a lo perverso), la otra reina de los seriales.
Con su Diana Monti truncada parcialmente por la entrada de Francia en el conflicto bélico, la actriz siguió su carrera en el cine, siempre bajo el asesoramiento de su amigo y maestro Feuillade. El le enseñó a manejar una cámara. Y fueron muchos los films por ella dirigidos, la mayoría perdidos, como tantas maravillas del período mudo hecho celuloide. Una de las pasiones más pintorescas de la actriz fue España (otra francesa de vanguardia que también sintió igual pasión fue la impresionista Germaine Dulac). Se trasladó a nuestro país a principios de la década de los veinte donde permaneció hasta 1928. Fue una intensa estancia que fructificó en numerosos proyectos. En el Teatro de la Comedia de Madrid presentó su primer espectáculo titulado El día de Musidora. De ahi emprendió una larga gira por varias provincias donde escenificaba sus curiosas danzas sobre proyecciones de sus películas. Si bien el cine que rodó ella misma aqui iba enfocado en temáticas a recuperar una historia, una iconografía, una cultura (Pour don Carlos, Sol y sombra, La tierra de los toros, Una aventura de Musidora en España) y que culminaría con su posado en calidad de gitana yacente para Julio Romero de Torres (que también la vio mujer morena, o habría que decir mejor negruzca, casi goyesca), no fue asi en un principio. El influjo Colette la trastornó hasta el punto de cometer la osadía de ponerle imágenes a su Ingenua libertina (Minne, 1916).
Esta faceta que aún está por descubrir de la Musidora cineasta para el resto de la humanidad, en cambio en Francia (que mima a sus artistas hasta extremos paroxísticos, de ahi el chauvinismo nunca tan necesario) ha conservado todo el renombre que se merece. La Cinemateque Française la mantiene perenne con su maillot negro en sus programas de mano (no en vano, había trabajado intensamente con Henri Langlois los últimos años de su vida en la conservación del patrimonio cinematográfico galo). Mientras que la asociación de cineastas feministas (Cinema en Mouvement), creada en 1974, se llama precisamente Colectivo Musidora.

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