28 noviembre 2008

SEMANA GEORGES MELIES (y 6)

MELIES (1910-1913)

La recta final de la vastísima producción de Méliès es muy provechosa. Resulta encomiable como se mantiene fiel a sus principios estéticos y a su sentido de la espectacularidad. Con la imaginación por bandera. Y la libertad del creador. Cuando ambas circunstancias confluyen, entonces nos hallamos muy próximos a ese vago concepto tan trillado que es la genialidad (y que no niego que es un vocablo que en este blog utilizo muy a menudo, aunque creo no hacerlo demasiado a la ligera). Quedarán en ese epílogo de su filmografía adaptaciones de cuentos infantiles, enésimas concesiones al absurdo y ese acercamiento inevitable (por lo que tiene de meliesiano) al barón de Munchaüsen, a medio camino entre la leyenda y la realidad, en su mundo alucinado y alucinante, de sueños y pesadillas harto transcritas por la literatura universal desde el siglo XIX.
La Star film, productora mágica por antonomasia, era devorada por la totémica Pathé. Y será en ella, durante los pocos años que preludian a la Gran Guerra, donde efectuará el canto del cisne tras quince años apasionantes. La tumba Pathé. Y las producciones más largas, conforme el cine mismo, conforme su devenir, como su desarrollo interno exigía. Acababa de filmar dos entrañables joyas caseras. Por un lado, La Locataire diabolique (1909) y esa maleta capaz de albergar todo el mobiliario de una habitación repleta, a la par que sacar otros útiles imposibles como escaleras de mano (y todo en prodigioso coloreado). Mientras que el número teatral, que es en lo que consiste Les illuisions fantaisistes (1909), le permiten probar la moda rococó en el vestuario. Y en decorados que pasan por versallescos, o al menos afines a la época del inminente Munchaüsen.




La locataire diabolique


Asi que sin tiempo de quitarse la peluca con tirabuzones, Méliès y su troupe se enfrascaron en recrear al extravagante barón (Les aventures de baron de Munchhausen, 1911). Asediado por un sin fin de pesadillas gloriosas (y megalómanas). Por dragones antes nunca vistos, lunas cascabeleras de horribles bocas y narices con la entidad de colas de reptil que se alargan con intenciones aviesas (de prolongar su locura). El vértigo prosigue. Ya nada importa. Nadie puede parar a un creador que entrega en ese metraje una serie infinita de trucos con la efectividad del alquimista en su próximo retiro, del director asediado por mil y una imposiciones burocráticas y penalidades financieras y que, aún así, siempre da más por el mismo dinero. Lástima que el público ya empezase a cansarse. Triunfaba la realidad, siempre fea pero necesaria. Es preciso tener los pies pegados a la tierra y no en un sputnik que no nos aporta nada (¡y esto en el tiempo de los zeppelines!). Europa sentía tambalearse a partir de la segunda década del siglo. Pero también la insistencia en unas premisas multiplicadas por cien, hicieron quemarse (sólo en apariencia) al prestidigitador número uno del cinematógrafo. Pongo en apariencia entre paréntesis porque creo que su perfeccionismo llegó a las cotas de más alto grado en el sprint final. La quintaesencia en A la conquête du pôle (1912). Inolvidable aparición del abominable hombre de las nieves (o algo parecido) y del que Fritz Lang en su Sigfrido (1924) pudo perfectamente haberse inspirado para el dragón que amenaza al rubio héroe. Pero antes vendría el viaje submarino, donde los exploradores son acechados por escorpiones enormes y otras variopintas criaturas no descritas como tales (al menos en ese hábitat) en ningún National geographic, una lucha contra los elementos monstruosos en una espiral mórbida que no se alejaría demasiado de la sufrida por la pequeña Dorothy antes de entrar en el colorista mundo de Oz. Nunca Julio Verne estuvo mejor tratado como cuando el Verne de las imágenes en movimiento se puso a adaptar la Conquista de su Polo.
Y una nueva adaptación de la literatura, en este caso infantil, La Cenicienta (1912) sirvieron para que Méliès se centrara con más atención y mimo en la parte del hada que transforma los más vulgares objetos domésticos en hermosos medios con los que la pobre cría pueda lograr fascinar en la fiesta principesca. Increible elaboración de la carroza de oro. No tanto el resto de una acción que es alargada innecesariamente, en tanto que ni el drama ni el sentimentalismo romanticoide casaron nunca bien con este autor.
La última película que mencionan las enciclopedias del cine sería Voyage de la familie Bourrichon (1913) y para mi gusto pone el broche de oro a esos quinientos títulos que le preceden. Porque en ella encontramos fantasía a través del recurso de los viajes, locura que diríase inventar la screwball comedy (ajustadísima con respecto a la que estaban perfeccionando ya los maestros judíos del humor en Norteamerica) y derroche de trucajes (el fuerte del francés). Es la obra maestra de su absurdo. Y del absurdo europeo. Una familia sin pies ni cabeza, anárquica (sin Ionescos que la perturben). Viajeros a ninguna parte (al menos que aparezcan en los mapas) montados en un vagón infernal presto al descarrilamiento. La familia que se hace añicos permanece unida. Siempre y cuando habiten en el universo Méliès, donde todo fue posible.





Un tributo de Periclesfilm



**Y un buen regalo para estas fiestas aqui

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