26 noviembre 2008

SEMANA GEORGES MELIES (3)

MELIES (1903-1906)


Le melomane (1903)

Joyita de menos de tres minutos de duración. Otro de los tantos antecedentes del surrealismo, sin más pretensiones que las de agradar a un público ávido de situaciones desternillantes y absurdas. El tema de los músicos y sus problemas disparatados con las partituras, los instrumentos o los componentes de una orquesta fueron ampliamente desarrollados por Méliès a lo largo de su carrera. Pero si a menudo estos podían entrar dentro de la fórmula más tópica del humor o del simple gag a lo Mack Sennet (caídas o trompazos), aqui prima la desestructuración de lo real por medio de una truca llena de inventiva. Méliès interpreta a un maestro de solfeo y director de orquesta de lo más pinturero. A su disposición están una serie de señoritas que portan violínes. Entran todos en escena desfilando a la manera militar. Suponiendo que estas mujeres provenían del teatro de varietés, cabría la posibilidad de que más que un batallón de modistillas fuesen un batallón de violinistas. El director les enseña a leer el pentagrama que, curiosamente, se encuentra desnudo. El lo rellena de notas que son ni más ni menos que su propia cabeza que va multiplicando de forma inconcebible (técnica de las sustituciones), dejando que pendan varias de lo alto. A su vez las batutas terminan por formar las diferentes corcheas. Al final, alegremente se alejan todos desfilando. Y las notas musicales, ahora convertidas en palomas, siguen al cortejo. Lo que indicaría que los resultados de la enseñanza fueron todo un éxito, pues las aves tienen mucho sentido de lo musical.




Le melomane


Le monstre (1903)

No hubo paisajes exóticos que se le resistiesen al rey del ilusionismo. Aqui vemos un Egipto tan idealizado como que en ese exterior pintado la estatua de Gizeh la vemos demasiado coqueta (irreal) para que pensemos que sus protagonistas se hallen en tan mítico paisaje. La historia es otro disparate a cuenta de un vendedor de telas que ofrece al faraón una serie de velos blancos. Se trae con él un modelo del todo esperpéntico: un esqueleto que va cubriendo con esos velos. Pero al faraón aquello sólo le inspira rechazo. Ni siquiera le despierta una sonrisa cuando el esqueleto se arranca por una danza digna de la mejor belly dancer. El vendedor, que es tan mago como Méliès, transforma al esqueleto en una señorita con más carne que huesos. Entonces el faraón ya se anima. Más por arte de birlibirloque, otra vez aparece la simpática macabrería que va a parar directamente a los brazos del imposible comprador de la nosecuanta dinastía.




Le monstre


La lanterne magique (1903)

Extravagancia que encantaría al mismísimo Kenneth Anger. Dos arlequines (uno vestido de blanco y otro de negro) arman con cuatro piezas un gran proyector (linterna mágica) que inmediatamente refleja imágenes cinematográficas en la pared. Los arlequines se extasían viendo una escena de amor pero, al cabo, la pareja de enamorados desaparece y toman el puesto los propios espectadores que aparecen no como reflejo o espejo sino inmersos en esa otra realidad que hasta hacía poco pertenecía a otros. Deciden desarmar la linterna. Será cuando esa enorme caja de madera adquiera las funciones típicas del baúl de un mago, saliendo de dentro bailarinas de cabaret que levantan graciosamente las piernas o muchachas en tutú improvisando pasos de ballet. Con el absurdo por bandera, ya nada detendrá una acción típica del burlesque, con policias imponiendo orden y los propios arlequines adquiriendo las dimensiones de un gigante al colocarse uno sobre los hombros del otro, logrando espantarlos.




La lanterne magique


Sorcellerie culinaire (1904)

Caos en los fogones. Espléndido aprovechamiento de los espacios. Todos los cajones, los huecos van a servir para que de ellos salgan diablillos blancos y negros que romperán la rutina del atribulado cocinero y sus ayudantes (cocinero que momentos antes había negado alimento a un indigente, de donde vendría la justificación moral a la locura posterior). Y aunque sospechemos lo que va a pasar tan pronto echamos un vistazo a esa cocina con dos enormes potas humeantes, Méliès no deja de sorprendernos desde la honestidad y la sencillez. El nonsense cobra lógica aplastante. En especial, cuando los diablillos entran y salen de las potas como si fuesen las entradas del mismísimo infierno.




Sorcellerie culinaire (1904)


Le diable noir (1905)

A una posada llega antes un diablo negro que el inquilino Méliès. El primero al escuchar la llegada del segundo desaparece momentáneamente. Sin embargo, el pobre viajero pronto tendrá muestras de la presencia sobrenatural por los insólitos hechos que acontecen en la habitación. Armarios que elevan su altura y que le impiden colgar la ropa, sillas que se multiplican... Reaparecerá el diablo exigiendo la morada. Entonces se entabla una pelea entre ambos de la que saldrá vencedor el maligno ser. El otro es echado a cajas destempladas por los dueños de la posada, acusado de incendiar una cama que ocupará tan pronto salga el taimado diablo.




Le diable noir (1905)


Les cartes vivantes (1905)

Filmación de un espléndido número de magia en el que unos naipes cambian su apariencia normal sobre una pantalla de grandes dimensiones. Reinas de corazones que surgen por el simple conjuro de una llama ardiente encendida a los pies del naipe pantalla y reinas que se vuelven reyes con toda la barba para sorpresa del propio ilusionista. Un Méliès que no puede evitar empeltrarse en la enorme carta en blanco para salir por algún lateral y quedar como un maestro del capriccio.




Les cartes vivantes


Les pallais des mille et une nuits (1905)

Fantasía oriental por todo lo alto. Junto a la espléndida Le royaume des feés (1903) la nueva superproducción de Méliès inmediata a su viaje lunar. Barroquismo a base de recargados decorados de cartón piedra. Estilo pompier que acaba, no ahogando, sino maravillando dentro de un sentido de lo inesperado que es de suponer alucinaría a los épicos italianos. Más que una historia es un itinerario de vegetaciones espesas que al despejarse dan paso a palacios en reinos ocultos, y de puertas que se abren para que aparezcan de ellas danzarinas, tahures con pintas de parientes de Ali babá, remedos de esqueletos con el baile de san Vito y estrafalarias ceremonias de recibimiento que ni siquiera rehuyen la pantomima del acto sacramental. Retablos vivientes llegados de la trampilla del sótano de un escenario y epifanías imposibles para un Méliès al que habría que adjudicar la autoría del cuento filmado en estrecha colaboración con alguna droga ingestada. Porque si no, no se explica.




Parte 1




Parte 2




continuará mañana

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