24 noviembre 2008

SEMANA GEORGES MELIES (1)

MELIES (1861-1938)

Al remontarnos a los albores del invento del cine (finales del siglo diecinueve) cuesta trabajo ponerle nombres y apellidos a los responsables de un determinado logro, de un milagroso hallazgo, de una solución con patente de perpetuidad. Los artesanos primitivos iban tanteando desde la imaginación y las posibilidades materiales con el ánimo de darle sentido al hecho cinematógrafico, cada cual según su propio dominio de la técnica y sus propios intereses. Sin excesivo afán de competición y con el vértigo de aquel tiempo. Que es el vértigo de toda génesis extraordinaria. Y si bien es cierto que Georges Méliès pasa por ser el máximo aglutinador de ingenios de aquellos años, tambien es verdad que, hilando fino, bastantes de sus técnicas ya habrían sido probadas por otros compañeros o rivales con anterioridad... a lo mejor de semanas o meses. Naturalmente sin el nivel de pretensión última del maestro y que no era otra que la espectacularidad. En eso fue muy empecinado. Al espectáculo por el espectáculo se entregó en el grueso de su extensa producción que abarcaría alrededor de quinientos títulos entre finales de siglo y avanzada la década de los años diez. No es un largo período, desde luego. Pero sí muy fructífero, pese a que Méliès no fue un hombre de suerte. El, ante todo, era un mago, un mago de profesión, de actuar en los teatros como tal. Esto se refleja muy bien en muchos de sus cortos que lo tienen a él como protagonista en su salsa. De finanzas y de marketing en cambio no sabía casi nada. No le interesaba lo más mínimo. A lo más que llegó fue a fundar su propia productora (la Star Films) con el objetivo de vender su material a los exhibidores. Y a crear sus propios estudios (en Montreuil-sous-bois) en 1897.
Esos primeros años fueron los más exitosos de su carrera. Económicamente, llegó a lo más alto con su inmortal Viaje a la luna (que obtuvo recaudaciones increibles en Estados Unidos). Pero su falta de olfato mercantilista, aferrándose a un sistema de ventas tan obsoleto, le impidieron estar a una altura de competencia con sus máximos rivales de entonces, las casas Pathé y Gaumont, que optaron desde bien temprano por el más remunerado procedimiento del alquiler de películas.
Luego estaría el asunto temático y su repercusión popular. Méliès en un noventa y cinco por ciento basaba su producción en filmes de corte fantástico, alejado de todo contacto con lo real. Esto al público en un principio le fascinó. Pero luego comenzaron a desinteresarse, decidiendo que en muchos casos resultaban muy infantilistas (incluso sus métodos al principio revolucionarios, con el tiempo se revelaron a ojos del espectador del nuevo siglo bastante obsoletos) decantándose por historias más reales (a veces de puro y duro sensacionalismo, caso del cine de Ferdinand Zecca). Esta situación habría que evaluarla como muy injusta, en tanto que la mayor parte de sus invenciones plásticas (sobreimpresiones, sustituciones, aceleración de movimientos y un sin fín de trucos ópticos, amén del coloreado de sus propias películas) marcarían el futuro del cine fantástico y de ciencia ficción en lo que restaría de siglo. El pondría las bases (si no tuvo la patente verídica de cada uno de estos adelantos al menos si tuvo la obstinación de llevarlos al límite de las posibilidades); mientras que los que estaban por venir, se aprovechaban de lo ya inventado y, sobre todo, de la holgura de medios.
Pero de nuevo, como en todo, es el público el que sentencia, el que tiene la última palabra en el terreno de lo popular.
Los años que marcan la primer Guerra mundial son los del final de la carrera de Méliès. Un desastre financiero (la expropiación de su teatro Robert Houdin, los pleitos con la Pathé) acabarían por arruinar al mago, que se vio obligado a vender todos los derechos del grueso de su obra (y por supuesto, el estudio de Montreuil). Dicho legado fue a parar al almacén de un fabricante de barniz para zapatos.
A partir de la debacle, Méliès sobrevivió junto a su esposa vendiendo golosinas en la estación de Motparnasse y en el más cruel de los anonimatos. Sin embargo, los años finales de su vida supusieron el redescubrimiento del personaje, haciéndosele relativa justicia por parte del gobierno francés a través de una serie de reconocimientos e incluso condecoraciones. Se le requirió además para colaborar con la Cinemateca Francesa y Prevert le propuso algún proyecto. Pero ya era demasiado tarde, el artista moría antes de cerrarse la década de los treinta. Al entierro sólo asistieron, de su gremio, dos directores: Alberto Cavalcanti y René Clair. El ex surrealista, de alguna manera, rendíale tributo al que fue el gran introductor cinematográfico de una de las obsesiones del movimiento: la representación visual del mundo de los sueños.




El padre de los efectos especiales



continuará mañana

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