14 noviembre 2008

MUDANZAS MONGO

Tiempo de mudanzas. Un espacio para pirateos en la red. Visitas a los amigos. Los blogs que envidiamos pinchados sin rubor.


Ahora nos trasladamos un ratito al hogar de Louella para saber lo que se cuece en su...

Liz, lo que pudo pasar...

“En los 50, la Taylor se desliza como un cisne por un mundo de servicio de café de plata y discretos sirvientes, fiestas al aire libre y fines de semana en el campo” (Foster Hirsh). En efecto, en los 50, la Tylor, en el apogeo de su belleza, protagoniza una serie de películas que contribuyeron a cimentar su mito de socialite de lujo. La mejor es, sin duda, Un lugar en el sol (1951), pero no es la única. Tres años después, protagonizó Rapsodia, un melo-melodrama dirigido por Charles Vidor (no confundir con King), en el que interpreta a otra rica heredera, mimada y exquisitamente vestida por Helen Rose (de quien ya he hablado en otra ocasión).

La crítica del New York Herald Tribune fue un poquito demoledora:

“El film es un recurso para mostrar a la señorita Taylor visitiendo prendas atractivas, sollozando en soledad o radiante en un concierto. Su animación es sólo la animación de una muñeca manipulada por alguien que está tras la escena. En estas difíciles circunstancias, sin méritos del guión o la dirección, incluso su belleza, evidente y auténtica, a veces parece falsificada”.

No estoy de acuerdo. La belleza de la Taylor es el principal activo –y atractivo– de esta película. El resto es papel mojado. Poco importa la historia de amor entre la Taylor y sus dos galanes: Vittorio Gassman, en aquella época casado con Shelley Winters, y John Ericson, a quien le toca el ingrato papel de botarate enamorado (de la Taylor, claro; el amor de Gassman en Rapsodia es otro: el propio Gassman, o lo que es lo mismo, “mi arte”; ay, cuántas putadas imperdonables se justifican en nombre del arte…). Lo único que le importa al espectador es ella: nunca antes, ni después, ha estado Liz más bella.

La película, además, esconde un as en la manga, una de esas ironías que tanto les gusta a los guionistas de Hollywood: el papel del violinista entregado a su arte, como otros se entregan a la bebida o la cirugía estética, estaba escrito inicialmente para un actor galés entonces en alza llamado… ¡Richard Burton!, pero el rodaje de la película que estaba intepretando, La túnica sagrada, se prolongó y la Metro no quiso esperarlo, así que contrataron a Gassman. ¿Os imagináis lo que hubiese sido ese encuentro nueve años antes de Cleopatra? A mí, sólo de pensarlo, se me abren las carnes…

Moraleja: Todo a su tiempo.

1 comentario:

Louella dijo...

Ay, QUÉ ILUSIÓN!!!!! Pirateada viva en este blog (que venero - sin e... bueno, con e también). Mil besos (y uno o dos negros)!