12 noviembre 2008

MACISTEROTIQUE

Victor y yo hemos vuelto a chingar. La resacosa sobremesa después de Halloween. Qué bonito encuentro. Les explico, desabróchense. Capto una figura masculina, tan exhuberante que hasta parece que se trate de una moza en edad de merecer. Veo tan mal... Por la calle íbamos los dos, formando las tres y cuarto en un reloj imaginario con base en el asfalto húmedo del centro de la ciudad. Y las tres y cuarto eran. Pero nuestro destino era el mismo: los báteres públicos que nos acaban de remodelar a unos cuantos terminales. Al acortar distancias ya reparo en él. Quizá lo más llamativo era ese pantalón de chandal de rojo intenso, rojo puta que lucía (que lució toda la madrugada yendo de pub en pub, siendo rozado por mil manos de ambos sexos ávidas de sensaciones libres), rojo marica tan alejado de su más arrastrado look de jevi de barrio (como lo conocí y como aún lo prefiero). Me molestó su chandal, no sé si tanto como que fuera al báter sin pasar por casa (pues me confirmó que no lo había hecho). Tanto daba. En el fondo, el no buscaba a ninguna maricona vieja que pudiese chupársela un rato. Eso para él no es nada. No merece la pena. O como mucho, es un aperitivo para platos más fuertes que posiblemente sólo le den sus chicas o amigos especiales... como Maciste. Al llegar a los urinarios me saludó afectuosamente. Mi duda ante si preferiría a aquel viejo o a mi me hizo vacilar. Tomé una pronta determinación y le pregunté con la mirada si deseaba que nos encerráramos en un retrete o fueramos directamente a casa. Señaló la calle, es decir, señaló mi cama o el sofá o ambas cosas a la vez. Señaló el paraíso del polvo reposado, semi libre, intimísimo. Mi satisfacción fue total. Durante el trayecto (de tres minutos) me contó con cierta arrogancia infantil que había salido anoche con un colega de Barcelona, mosso d'Escuadra (él decía erchancha) porque se le había antojado a aquel conocer los locales donde va la juventud de la ciudad. Me reveló que vivía con sus dos hermanos en el extrarradio, que no trabajaba (por ende, mis sospechas de que pueda ser camellín a pequeña escala me perturban para bien) y poco más.

Ya estábamos en el ascensor. En seguida forcejeamos. Tiene el niño más curvas que la carretera de Herves. Nos llevamos las manos a los culos. Es increible. Han pasado cuatro años de aquellas impresiones primeras y siguen apareciéndome exactamente igual. Me refiero a que en un pis pas uno puede alcanzar a tocar sus nalgas desnudas con el pantalón puesto (sea vaquero o chandal). Es un perfecto especímen de extreme sagger. Su raya del culo es una autopista hacia el cielo. Me fijé en su sudadera azul clara. Por atrás llevaba las letras de un tal Alonso (yo enseguida pensé en la publicidad de un albañil, pero no... tenía que ser el pijo ese de los coches).
En la habitación le doy la vuelta sin tardanzas. Me agacho y le bajo el pantalón. Huelo sus nalgas carnosísimas y como infladas. Ustedes no se pueden dar idea del escándalo que es ese muchacho caminando con un pantalón de tan vivo color con ese poderío que tiene (y vive dios que no sólo trasero). Pero insisto por la importancia del hecho: tiene el culo de un negro. Y él, a cojones, lo tiene que saber. Por muy homófilo activo que quiera ser. Embriagado, como ese día estaba, es un festín para adictos al black& decker. Me volví loco. Encima cuando mi lengua buscaba ojete me suelta un cariñoso y comprensivo: Que está sucio... Eso ya fue el acabose. Le respondí: Llevo tanta hambre encima que te comería la mierda. Pero su suciedad era imperceptible. Si, había un ligero aroma nauseabundo proviniente de sus tripas, pero era elixir de dioses en aquellos momentos. Le metí la lengua lo más adentro que pude e hice círculos con ella separando pliegues. Empezó a gemir. Su polla reventaba de dura. La mía más o menos. Se me apartó y se puso a cuatro patas en la cama. Otro gran momento. Esta visión del crío culón no se repetía desde los tiempos de Jose el chapero. Me ofrecía más comodamente su sublime manjar. Esnifadas y yemas de dedos, esnifadas y lenguetazos, esnifadas y cacheteos. Victor gemía y gemía. Pensé que se iba a correr. Pero era un poco cuento. Porque cuando le convino se dio la vuelta y me obligó a chupársela, más que nada porque cambiando de posición podía tocarme el culo y asi envalentonarse lo suficiente como para rogarme que se la dejase clavar. Victor y su activismo. Exigiendo condón. Con lo poco que me gustan esos artilugios demoníacos. Me resistí muy mucho. Además esa cama es una estridencia de muelles. De sonidos que te la bajan por completo.

Fuimos para el salón. En el sofá me penetró. No me gustó nada. En realidad poco me gusta la forma de follar de Victor. Salvo cuando me pide sentado que me siente encima de su pene. Entonces sí, porque soy muy libre en mis movimientos, tengo posibilidad de jugar con mi polla. Pero lo normal es que lo hagamos a su manera. Ponerme boca abajo y el encima. En estos casos, el sofá es el peor de los sitios para morir uno aplastado. Pero no se corrió.
Seguía la fiesta. Se tendió boca arriba, abierto de piernas (otra vez el fauno Barberini) y me enseñó sus tres platos principales. Goloso como un niño chupé su pene, sus testículos y su ano, agarrándole bien de las nalgas cada vez más voluminosas, tan inaprensibles que era imposible no darle cachetadas, pellizcárselas como tratando de arrancarle trozos de esa puta carne que tanto me esclaviza en sueños y comérmela cruda. Hubiera necesitado horas para trajinarme como se merecía todo aquello. Sin embargo, sé que la única solución sería matarlo y extraerle ese trasero de forma quirúrgica. Para luego antropofagizarlo. Ya me viene, me dijo. Entonces pegué los labios a la punta del cipote y tragué una espesa lava blanca, agridulce, para mi paladar una mermelada de calidad extra. Y gemía. Y tan excitado me había puesto el veinteañero más curvilíneo con el que he estado nunca que arrodillado ante él yo también me fui sobre las baldosas del salón.
Le pregunté si nos volveríamos a ver y me respondió con rotundidad y convencimiento de que sí. Me sorprendió que todavía le siguiese el color moreno del verano y le pregunté si era medio gitano. Me llamó cabrón o una cosa parecida. Al parecer se iba al pueblo, cerca de Portugal vive su familia. No lo he vuelto a ver... A lo mejor por navidades, pero no sé... Que ande por los retretes me apesadumbra. Tampoco va a ser la norma. Es un muchacho muy discreto y casi ni los frecuenta. Pero a lo mejor de repente me viene a la cabeza en casa que si está en ellos. Y eso es espantoso porque me puede tener haciendo guardia en este sitio, con lo que supone de pérdida de tiempo, de dignidad y de vérmelas con los pestosos que allí ocupan posiciones (entes patibularios que han terminado perdiendo la razón de tantas horas pasadas en los báteres).

***

El día de la feria, habiendo estado en abstinencia desde el día inolvidable de Victor, vuelvo a pasar al lado del puesto del marroqui. Más que nada para dejarme ver. Y me vio. Me metí en los servicios de una cafeteria próxima al mercadillo, donde tenemos nuestros contactos (servicios por los que te puedes introducir sin ser visto por los camareros, pues no comunican directamente con el local).
¿Qué es lo que más me gustó del momento?. Mi exhibicionismo solitario ante el enorme espejo y el largo preámbulo del coito, con un amago de renuncia y un reintento de manera más impetuosa. Siempre es necesario un buen precalentamiento ante los modales de un marroqui con muy malas mañas folladoras.
Alli apareció él, me toca el culo y se mete en un retrete. Detrás venía un gitano. Le enseño con disimulo el tanga pero no entiende. Abre el moro la puerta. Me invita a pasar. Me hago el remolón. Reconozco una cierta pereza por mi parte. No hay papel higiénico para limpiarse, no he traído vaselina para su embestida... El que no me haya hecho un enema era lo de menos, a un perro hijoputa de estos me encanta llenarles la polla de mierda, porque me divierten sus ataques de ira... cagándose en Mahoma y cosas asi. El tio además no vale un carajo. O el carajo es lo único que tiene valor en un conjunto de lo más birrioso. Su verga es muy larga, no muy gorda. Pero bien hecha. Es limpio. A los cinco minutos de llegar ya estaba adentro con él. Me entró pánico al dolor. Le dije que lo hiciese con cuidado. Otra cosa no hacemos, más que agacharme y recibir su cirio. Obedeció. Pero yo estaba tan cerrado que su docilidad era un handicap. Se necesitaba un golpe de mala hostia. No lo hubo. Al menos todavía. Sacó un cacho. Le dije que se iba a ensuciar, que no había papel. Me dijo que cagase toda la mierda primero. Me parecía un plan bastante scat para ese sitio, sinceramente. Un día me había hecho una lavativa en casa a todo correr y quedando liquido dentro de mi ano me fui al encuentro del moro. Me acompañaba de mi vibrador en una bolsita por si acaso no venía el otro. Como el moro no vino, me metí el vibrador en el culo en esos mismos servicios de la cafeteria y, al salir a presión, no sólo cayó al suelo como una bala el artilugio sino un montón de caca liquida pestilente que me puso como una mierda (con perdón) en ese sitio público. Y por eso dije que no más lavativas con el affaire moruno. Lo que salga, salió. Pero rotura de cañerías, jamás.

Pues eso, que no acepté cagar y luego lo otro. Salió del retrete pero permaneciendo nervioso en el servicio. Yo estaba empalmado (a mi me hablas de porquerías y me desquicio). Cerré el cagadero Roca y me puse de rodillas sobre su tapa, mostrándole el ojo del culo. A distancia reconozco que tengo mi caja de sorpresas impresionantemente apetecible. El otro aullaba (o aliliaba, que nunca se sabe). Le miré vicioso (o sea, bizqueando). Se estaba frotando el paquete sobre el pantalón. Y vino raudo. Me la clavó sin clemencia. Ni me enteré del momento fatídico. Luego si. Su mete y saca era maravilloso. Pero le conozco, sé que se corre enseguida. Y no me apetecía que lo hiciese dentro de mi. Al menos esa vez no. Noté humedad y me giré de golpe. El tío ya estaba lanzando semenazos, uno me rozó el vientre, el resto caía al suelo mientras refunfuñaba por lo bajo. Tenía la polla manchada. Cogió mi cazadora, quería limpiarse en la manga. Se lo impedí. Pero al momento agarró la otra manga y se la pasó con chulería por la polla. Me cagué en su Dios. Supongo que entendería. Solo en el retrete me limpié el culo con un calzoncillo que había alli tirado (de algún gitano con incontinencia, se supone). Cuando me voy a los grifos para limpiar la cazadora seguía allí. No sé lo que estaría haciendo en el urinario, pues cualquier aficionado a la historia y los viajes sabemos que los marroquis no mean como los occidentales, sino que lo hacen en cuclillas, como las hembras. Que se vaya a tomar por culo, con este no vuelvo más (joer, cómo los deja el ramadán).

***

Cuan diferente es todo con Victor. O con el scatyolista. Los necesito. A cualquiera de los dos. Pero no salen como debieran de salir. Ya lo harán. Tiempo al tiempo. No desfallezco. Mientras tanto me conformo con las anécdotas. El sábado pasado por ejemplo, tremenda sorpresa en los báteres. Me recibió la Morritos calientes (maricona con sus herpes labiales y su navaja en el bolso, por si acaso) que estaba jugueteando con un rumano rarísimo. El tal inmigrante andaba por el recinto con la polla tiesa (gorda pero no muy larga) . Te la ponía a tiro y a la vez te decía dinero, dinero. Qué descaro. Que show business. A cada viejales que entraba, entendieran o no, les hacía lo mismo (polla, dinero; dinero, polla). Y me contaron que así estuvo, por lo menos tres horas, con la izada de bandera, más o menos humedecida, obligando a identificar su miembro viril con el símbolo del dólar. Vamos, que yo veía sus bondades e inmediatamente pensaba en un edificio de Wall Street. Lo dicho, hay crisis.
Y ayer a la tarde, en el mismo lugar un portugués sin techo. Pero ya de otra manera. Se estaba liando un canuto. Me invitó a fumar y gustoso acepté. Tenía palique. No se qué me explicaba de las castañas pilongas (¡lo que hace la fumada!). Pero cerraban el local y yo no quise saber la continuación del portugués ni del rollo ni de nada. Si es que como mi Victor y mi scatyolista no hay tres.

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