18 noviembre 2008

DIRIGIDO POR...FA: Victor Sjöstrom e "Ingeborg Holm" (1913)

Lo primero que pensé al ver en esta película a Hilda Borgström (la Ingeborg del título) fue en Lillian Gish a la altura de El viento, del mismo director. La misma contención, la misma sutileza gestual ante hechos extremos. Curiosamente, la propia Gish a raiz de su trabajo con el sueco comentó su fascinación por el método interpretativo de la escuela nórdica (tradición que se aglutinaría en los conservatorios de Estocolmo y Copenhague), radicalmente opuesto al de los italianos, por ejemplo, muy dados a la exhuberancia y el aspaviento. Estas declaraciones venían a raiz de su papel en la Romola (1924) de Henry King, rodada integramente en Italia. Griffith, por cierto, el hombre al que siempre irá ligado el mejor cine de la gran Lillian, también tuvo palabras elogiosas hacia la labor mesurada de los actores suecos. Venía a confirmar que ellos habían inventado el concepto de interpretación puramente cinematográfico, desligándose por entero de un pasado teatral (y en el caso de los italianos, con la rémora de lo operístico tan proclive a todos los excesos). Los actores habían aprendido a actuar con los ojos más que con las manos.
Ver a Hilda Borgström en este filme menor del maestro es asistir a una experiencia apasionante y apasionada. Una ceremonia íntima de los devenires del alma humana. Algo único al sublimar todos los tópicos del folletín más desmadrado en pos de una reivindicación última de la grandeza de las personas sencillas. Porque éste es un drama de inquietantes raices dickensianas. No cabe la fabulación amable de un Andersen, ni el apego al paisaje o las leyendas de una Lagerlöf. El escritor Nils Krok apunta más a Ibsen en su retrato de la femineidad y de las rupturas del nucleo familiar pero pisando a fondo en el terreno de las situaciones límite. Por ende, y en tanto que la pobreza y la falta de salud marcan el destino de todos y cada uno de los componentes de la familia de Ingeborg, nos hallaríamos ante una reinterpretación de cierta novela decimonónica, la más ligada a los achares de unos parientes de Oliverio Twist, sólo que venidos del frío polar.
El drama de la enfermedad, también podría haberse titulado. Drama en cuatro actos, drama en toda regla. Vemos al principio como esa familia feliz, dichosa ante la concesión de unos créditos bancarios que ayudarán al marido a abrir un negocio, se viene al traste ante una embolia fatídica del esposo. Ingeborg queda viuda y a cargo de sus tres pequeñines. El banco reclama el dinero. Imposibilitada para trabajar por un problema estomacal se ve obligada a entregar a sus hijos en adopción y ella misma a recluirse en una casa de trabajo para excluidos sociales. En este punto, Sjoström no se limita a retratar magistralmente a Ingeborg y su prole. El análisis psicológico de toda una sociedad cerrada, implacable en su burocracia, en el cumplimiento de unas leyes que no otorgan demasiados beneficios a las personas humildes es plasmado desde un punto de vista tan denunciador como seco en sus formas. Cualquier secundario cobra de repente y por un instante protagonismo absoluto mediante la técnica del primer plano (un recurso inolvidable y tan característico del cine nórdico, por otra parte) quedando retratada la personalidad del individuo, por muy pintoresca y diferente que ésta sea con respecto a la de los protagonistas principales. Pero no abusa en absoluto de ello. Sobresale el plano general, aun en el caso de las escenas clave, más de llorera, con lo cual Sjoström destroza el dramatismo más populachero en pos de una objetividad bien curiosa. Sería un intento de cine social en la línea que ya habían tanteado en esos primeros años de cinematógrafo los franceses e italianos, sin la tendencia al sensacionalismo de los primeros ni la concesión al divismo de los segundos. Además se compaginan interiores y exteriores con sin igual sentido de la medida. Interiores tenebristas en ciertas ocasiones que aluden al agobio anímico de una Ingeborg a punto del deshaucio. Y por otra parte, exteriores pulcramente iluminados, la luz nórdica en el zénit de su gloria, pero sin detenerse demasiado en lo paisajístico (otra de las constantes de su cine).
Cuando los acontecimientos adversos aparecen, según se aproxima el último acto, el director se centra en el proceso de locura de esa mujer. Ha viajado a pie muchos kilómetros para ver a su hijito pequeño, que precisa de dinero para una operación a vida o muerte. Y cuando llega a ese hogar, los padres adoptivos la reciben con respeto y atenciones pero en ningún momento el crío abre los ojos para ver a su madre. No la llega a ver. Y eso acrecienta la derrota emocional de la mujer. En ese acto, la intriga funciona de forma elegante. Dos hombres del campo de trabajo la han seguido hasta esa casa pero los propietarios la esconden en el sótano. Hay un montaje paralelo de ella en el escondrijo mientras los otros toman un cafe en una mesa situada justo debajo de la trampilla donde se halla oculta, que considero magistral.
Mientras todo esto sucede el niño no ha abierto los ojos. Ese crío con el paso de los años la buscará en la misma casa de acogida donde fueron arrancados de su lado, pero ella ya ha perdido la razón. Aunque le mira son ahora sus ojos los que parecen estar cerrados. Aferrada a una fotografía del niño se pasa las horas, divagando como alma en pena. Esa será la parte cumbre del drama, la secuencia más extraordinaria. La interpretación de Borgström redondea todos sus logros previos, corroborando en cada uno de sus movimientos una calculadísima adecuación al cinematógrafo. Si en vez de ella hubiesen puesto a alguna dive muette no duden que se hubieran desencadenado un verdadero carrusel de aspas de molinos humanos, con roturas de jarrones y caídas de los protagonistas al suelo, en escorzos imposibles. Aqui la austeridad manda. Pero jamás se transmite frialdad. La emoción pervive desde la sutileza, ese factor que solo la inteligencia puede aportar a una catarsis del alma.
Quedarían unos cuantos años para que Sjoström diese la campanada con sus adaptaciones literarias del Terje Vigen, Los proscritos o El monasterio de Sendomir, de que Hollywood se lo llevase (como a tantos maestros de su generación y latitudes) dejando huérfana la cinematografía de unos países que en el período de los años diez asombrarían al mundo, habiendo de esperar a la irrupción de Bergman para recobrar su antíguo brillo, pero en estos primeros pasos (según el IMDB ésta era su octava película) podemos afirmar que ya había madera de genio. Aunque el material de partida fuese folletinero a más no poder. Una vez más, el estilo habría triunfado frente al despropósito.

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