04 noviembre 2008

DIRIGIDO POR... FA: Franz Osten y "Prapancha Pash" (1929)

Este director no suele figurar en las enciclopedias de cine. Algo muy injusto, pues este alemán asimiló muy bien las líneas expresivas del género de aventuras que se dio en su país desde finales de la década de los diez. Además en Osten se halla el nacimiento de Bollywood, la industria cinematográfica más potente de toda Asia. Con el actor y productor Himansu Rai y el también director, guionista cinematográfico y dramaturgo Niranjan Pal fundaría la productora Bombay Talkies, una de las primeras que surtieron de cine espectacular a las salas de la capital india.
Pero los comienzos de Osten estaban muy alejados de su obsesiva Asia.
Nació en Munich en 1876. Empezó de fotógrafo pero aquello le duró muy poco pues el invento del nuevo siglo le había dejado completamente fascinado. Junto a su hermano el director Peter Ostermayr (posteriormente miembro destacado de los estudios Bavaria Film) se involucró en una modesta compañía cinematográfica de nombre Original Physograph. Sus primeros cortos muestran ya una predilección por los ambientes recargados, exóticos, barrocos. Por ejemplo, su Life to India pese al título era un documental sobre el carnaval en Munich. Pero la mala fortuna provocó que este experimento sin precedentes en su ciudad se truncase de golpe al incendiarse el local que les servía de laboratorio.
Pronto llegaría la I guerra mundial y con la contienda Osten partió al frente, primero en calidad de corresponsal fotográfico y luego como soldado. Al finalizar la gran guerra, retornó a su profesión, realizando dramas bélicos para la Emelka alemana.
En 1924 se produce un hecho radical que va a cambiar la temática de sus filmes. Himansu Rai, un jóven abogado y actor indio de 28 años de edad aparece en Munich con la intención de encontrar socios colaboradores que le ayuden a organizar una serie de filmes sobre las religiones del mundo. Había estudiado leyes en Calcuta y en Londres. A nivel universitario había hecho sus primeros pinitos en labores de dirección de escena e interpretación en sus vertientes de teatro tradicional de raices indias. Había oído que en Alemania estaba muy arraigada la Pasión de Cristo de Oberammergau (ciudad de Baviera donde cada diez años se representa un Misterio de carácter popular cuyos orígenes se remontan a 1634) y deseaba difundir un equivalente hindú. Los alemanes le proveyeron de equipo técnico y de un director, precisamente Franz Osten. Rai a su vez les concedía localizaciones, actores, guión y el capital necesarios. Asi pues, en 1926 partieron todos para la India. El primer trabajo conjunto se llamó La luz de la India y giraba en torno a la historia del príncipe Gautama Buddah. El coste del filme fue elevadísimo para la época, unas 171, 000 rupias. Pese a las perdidas, el filme fue todo un éxito en Estados Unidos, donde se publicitó como obra artística de máxima categoria. No en vano, Hollywood estaba volcada en los filmes de temática exótica, teniendo como máximos representantes a Rodolfo Valentino y Ramon Novarro, por un lado, con sus escarceos caidistas y a Cecil B. DeMille y Douglas Fairbanks por otro, con sus excesos geniales a cuenta de la Biblia y Las Mil y una noches, respectivamente.
A esta Luz de la India, le seguirían en 1928, Shiraz que contaba los motivos del nacimiento del Taj Majal; al año siguiente, Prapancha Pash y, ya en pleno cine sonoro, Achut Kanya (1936). Todas conservando un estilo muy respetuoso con la tradición y, por descontado, sin reparar en gastos. Supercine comercial. Evasión, escape hacia la fantasía.
Prapancha Pash se estrenó en los USA con el título de A throw of dice, sin duda atendiendo a la parte más memorable del filme. Un filme algo irregular en cuanto a ritmo narrativo que altera el interés del espectador, el cual en sus primeros cuarenta minutos va de la concentración a la perdida de la misma por una algo insustancial historia que sólo se anima con la aparición de una serpiente traicionera en el lecho de su protagonista masculino. Será a partir de la preparación de los esponsales de Sunita y Sohan cuando la historia alcance su verdadera capacidad de arranque. Y con todo el encanto de las leyendas y mitos en los que estaba basada (o mejor dicho, desde las reinterpretaciones pictóricas de las mismas que efectuó hace siglos el inmenso Mahabarata).
Los dos príncipes se juegan a los dados el amor de la princesa y el enamorad bueno perderá por culpa de la maldad del otro, que trampea la partida con unos dados falsos. Asi pues, al jóven Sohan se le trunca ya no sólo la posibilidad de casarse sino que se transforma de repente en un esclavo, al apropiarse de todas sus riquezas su rival Ranjit. La novia desesperada va sumiéndose poco a poco en una profunda depresión. Hasta que al final la canallada se descubre y todo vuelve a la normalidad. El malo se despeña por un hermoso precipicio y los novios viven felices por toda la eternidad.
El pulso cinematográfico en esa última media hora es antológico. Sin nada que envidiar a lo que hacían los norteamericanos (no en vano, el filme de aventuras exóticas en Alemania ya había conocido momentos de gloria con los ejercicios de estilo de Fritz Lang, por ejemplo. O de cierto Lubitsch adicto a lo arábigo). A esto se le suma la fascinación intrínseca de un vestuario de ensueño, palacios de lujo desorbitado, mujeres sexo que dormitan balanceándose en espectaculares camas que penden del techo, tigres en plena selva acechantes de cazadores. Al parecer se utilizaron 10.000 extras, mil caballos y 50 elefantes (por descontado, pintados y engalados como se presupone a su rango real). Una maravillosa extravagancia que ahora podemos disfrutar a lo grande gracias a la copia restaurada digitalmente en 2006 (con motivo del 60 aniversario de la independencia de la India) y con una maravillosa banda sonora, además, especial para la ocasión a cargo de Nitin Sawhney.

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