13 noviembre 2008

BISUTERIA POP

INFANTICIDIOS (2)


Cinco críos cantando el himno del colegio calasancio y apoyándose en un trío de profesores pervertidos de voces muy parecidas a Los De La Torre. También en esta línea registraron una grabación en vinilo los Pitusos de Georgie Dann (en esta era Georgie el profesor, harto de alborotos). Tiempos aquellos de los pantaloncines cortos y las bacanales scout.



Uno de los cientos de villancicos pop que siempre me pongo llegada la navidad es Juguetes a Belén de Carlitos. Me suena que este crio tan guapete (aunque algo orejudo) intervino en alguna película de principios de los setenta, pero ahora no lo podría asegurar. En todo caso, un crío solidario con los niños pobres y donando buena parte de sus juguetes del año anterior a Jesusito de mi vida que, como todo el mundo que estudió el catecismo sabrá, era un lumpen de mucho cuidado.



Se supone que, por esos rasgos faciales, se trata de un infante prodigio de las Sudamericas. Todo un galansito que en este single optó por el clásico Mammy blue de Phil Trim. No tendría la voz soooul del original (que también interpretó en nuestro país la larguísima Lia Uyá) pero, a cambio, le daba mayor verosimilitud al ser interpretada por un hijo que le cantaba con sentimiento a su mami. Lo esencial, vamos.



Habría tanto que decir, tanto que escuchar de Joselito. Es el paradigma de niño cantor en nuestro país. Repasas sus viejas grabaciones y te das cuenta de que era muy bueno (al menos hasta finales de los años cincuenta). Su fama fue enorme. Y fue mundial. Creó escuela. Instauró un prototipo en nuestro cine basado en la repelencia y la humanidad, a un fifity fifty. Y Mamma Roma lo dignificó hasta extremos que nadie pudo imaginar.


Angelito Gómez Mateos, salmantino de nacimiento, fue uno de los primeros imitadores de Joselito. Protagonizó un par de películas con el apelativo de Pachin. Y era un horror en todos los sentidos. Cantaba flamenquerías. De él ya nadie se acuerda. Era serie B.


Y de la B a la Z. Qué feo era Santitos. Si es que los monstruitos que partían del modelo Joselito lo deformaban hasta en fisonomía. De todas formas, guardo cariño por este espantajo. Esa cara que parece Hilario López Millán a punto de hacer la primera comunión no tiene desperdicio. Pero que quede como representación flamencona de las modas ruiseñoras del momento. Un estilo en el que sobraban niños (y muchos de treinta años para arriba, como el Niño de Murcia o la impresionante Niña de Antequera. Pero ese sería otro tema: el titulado cógete de pequeño un apodo y échate a dormir). La transición de infante a puber de Santitos terminó por delatar su poca valía para el cante, perdiendo la poca voz (más bien griterio) del principio, en un caso más patético que el del propio Joselito (a quien, ya digo, imitaba como podía).


Extraordinario niño cantante italiano. Robertino era prodigioso. De voz blanca a tesituras baritonales. Con el paso a la pubertad abandonó los clásicos de Iglesia y las nanas de Brahms para orientar su carrera hacia estilos más modernos. Pero los años no pasan en balde y el muchacho no triunfó en lo ye yé como galancín de actualidad (y eso que hechuras no le faltaban, como pueden ver por la foto).


Ternurismo y ñoñería extremas para este curioso single de Giulietta Massina junto a un niño español. No tuvo suerte la señora de Fellini en su paso por la canción (como ninguna de las máximas estrellas femeninas del cine italiano, por otra parte). Y aunque ¡No quiero nada! no se aleje en su esencia de muchas de las locuras melodramáticas de Modugno, no existía aqui una impronta desquiciante comparable a la del genial histrión, quedando bobadita de una Massina en horas bajísimas y tan estrangulable como su hijo artístico, el tremendamente interesado por el pecunio Jose Manuel Gómez.

La nueva ola alemana es muy desconocida en nuestro país, más allá de una Caterina Valente o un Freddy. Adoro a estos dos chavalines. Andaban sobrados de ritmo, tocaban la guitarra, el banjo, la trompeta con sordina y se movían de manera endiablada. De ellos hasta me gustan sus nombres: Jan und Kjeld, reminiscencias lejanas de unos Jan and Dean (pero en feotes). Buenas sus versiones del What I'd say, Banjo boy o When the saints go marchin' in.


Los años setenta a tope. Bubble gum de pacotilla (pero bastante efectivo). Canciones como el Sally don't you run son una perfecta mezcla de chiclé y rollo glam, no muy alejado de lo que estaban haciendo los más reputados Christie, Sweet o Bolan. Encima con sus vocecillas angelicales no era dificil que nos acordáramos de los Jackson Five o sus rivales Osmonds. Lo que pasa es que esas caras tan raciales, en fin... Su indigenismo les cortó mucho vuelo.

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