21 noviembre 2008

Aquellos juncos salvajes

Segunda tanda de mi serie de memorias (años 1983 a 1989)

Capítulo segundo

A fines de 1983, con el nuevo ciclo escolar, reemprendí mi afición loca por la escritura. Obsesionado por las grandes pasiones (a menudo tan de pacotilla como las que me mostraban sin pudor las teleseries de amor y lujo norteamericanas), proseguí con la línea que me marqué en Rancho. Esto es, abandonaba el gore (sólo en apariencia) de mis escritos góticos y retornaba a las sagas familiares USA. Hubo en Centro médico una ligera variante. La acción no transcurría en una abigarrada mansión sudista sino en un hospital disparatado y provisto de todos los elementos futuristas que mi imaginación requería en cada momento. Ni siquiera la nave de Galáctica podía compararse con la grandeza de diseño de aquellos quirófanos, plantas y habitaciones. Pero la irrealidad en Maciste empieza desde el instante mismo en que sostenía un bolígrafo BIC entre los dedos. Asi que no es desproporcionado que penséis que jamás hubo un centro médico como aquel. Ni Richard Chamberlain, ni Chad Everett ni los más modernos Clooney o el doctor Vilches se atreverían jamás a poner sus bellos pieses en semejante emporio de la insania tan pronto sospechasen que por allí pululaba un matarife de la calaña de John M.D. Personaje maligno donde los hubiere. Un JR Ewing con pinceladas de mi ranchero TJ, ahora con bata blanca y endoscopio al cuello. Toda inverosimilitud era bien recibida a lo largo de cincuenta y tantos capítulos, copiosamente rellenados en hojas cuadriculadas.
No recuerdo si en su fase de preparación (yo en misa me dedicaba a cavilar la evolución de los personajes, siempre fue así en mi caso. Para mi ver a Cristo e imaginarme un aquelarre seudo literario es lo mismo) opté por introducirle experiencias personales. Supongo que si, pues en ese año mis padres interrumpían la placidez de los telediarios del comedor con sus discusiones relativas a embargos y suspensiones de pagos. Captaba la corrupción a través de sus interferencias. Era un alternativo Panorama de Galicia sin Tareixas Navazas que los redimiesen. Y si a esa escala de pequeño comercio la hecatombe amenazaba con despojarnos de todo, qué no sería en un importantísimo hospital de Chicago donde el racaneo de trasplantes y chantaje de bebés estaban a la orden del día, donde cualquier famosa estrella de la canción que hubiera ingresado con idea de hacerse un liposucción, había salido fiambre; donde una estupenda hiper stud con cáncer de mama le habían cambiado la mastectomía por una repelente lobotomía (que, aunque rime, no es lo mismo). Estos ejemplos serían los más creibles. Porque al igual que en el despacho de dirección de Lou Grant, en la presidencia de la Ewing Oil o en los pasillos de la Denver Carrington los documentos secretos, microfilmes y grabaciones de escuchas telefónicas iban de mano en mano con la periodicidad de un relato casi diario y que era puro vértigo. Best seller sensacionalista a más no poder, donde la belleza física tópica de sus protagonistas delataba otro nuevo contraste con la realidad de nuestros hospitales. Pero a mi la realidad nunca me importó. Con la fantasía por bandera el aspirante a escritor se encuentra libre de ataduras morales para modificar un mundo que no le gusta (al menos en su totalidad). Conociéndome ahora un poco, me percato de que las novelitas de mil personajes me daban una capacidad de sometimiento subjetivo al otro del que carecía en mi trato afectivo con mis padres y amigos. El hijoputa John M.D., la pánfila pero muy sexy Sabrina o la borracha Marion eran marionetas a mi entero servicio. Estaban a merced de mis caprichos de niño terrible en todo momento. Si quería follarme con la imaginación a determinada enfermera o a aquel machito tan parecido a Chad Everett lo único que tenía que hacer era ponerme en la boca y pene de celulosa de su contrincante sexual. Y ya estaba. Eso mismo, en mi día a día de vulgar estudiante, era imposible.

Siempre he puesto mucha pasión en todos mis proyectos. Mi naturaleza es así. Detestaría dejar algo a medias (cuando esto ha sucedido mis remordimientos me han llevado a crisis largas, de años incluso, donde he sido incapaz de escribir nada. Pero NADA en absoluto). Me asombra ver los plannings de Centro Médico. Cómo, acabada una tanda de episodios (que normalmente eran 26, como en el caso de las temporadas de las series yanquis), descansaba unas semanas y al poco sacaba adelantos periodísticos con los hechos más relevantes que les deparaban a a mis lectores para los siguientes episodios. Volvía a confundir los medios. Mezclaba la baja literatura con el bajo periodismo y todo, a su vez, con las bajos romances catódicos. Todo era lo mismo. Porque todo lograba abstraerme en mi mundo de hijo único. Diseñé una portada por mi cuenta. Recorté de algun Reader's digest una miscelánea fotográfica con motivos alegóricos, y seleccionaba las caras de cada uno de mis protagonistas de revistas de televisión (por si un día algún productor se decidía a comprarme los derechos de la novela, que supiera que hasta a los actores yo ya los tenía seleccionados). Sin yo darme cuenta estaba creando una monguística operación de marketing que no en vano se ajustaba a la perfección a mis propias limitaciones como ilustrador, en tanto que la utilización de fotografías conseguían contrarrestar mi nulo sentido para el dibujo, haciéndome autosuficiente con respecto a las manitas que me echaron Carlos y Héctor para las anteriores novelas.
Sin embargo no voy a decir que me asombra la facilidad con la que rellené más de trescientas páginas en pocos meses, porque hoy en día escribo más y mi capacidad de asombro actual ya la he sustituido por una sensación de amor por el trabajo continuado (algo imprescindible para sobrevivir, como una droga).

Centro médico
era una mierda pinchada en un palo, no lo duden. Pero tiene ese encanto de lo delirante, de lo inconscientemente delirante. Del involuntario delirio de los pocos años. Enredando una madeja, desenvolviendo una venda quirúrgica fuí agotando el folletín aquel a lo largo del verano del 84. Y mientras lo hacía me percataba de que aquello bien podía no tener fín. Si no mataba a toda aquella gentuza, esos seres eran capaces de quedarse conmigo por los restos. Y me entró pánico, cuando días antes me había entrado cansancio. Fue cuando ideé un apocalípsis para sus perras vidas. Lo hice sentado en una camilla (de living room, no de hospital), en bañador y polo de listas, pues a lo mejor al poco me encontraría en la playa. Y después de llegar a la hoja determinada como definitiva (ni una más, me prometí), mandé a todo aquel equipo médico con ínfulas de agentes secretos internacionales a tomar por culo. A continuación firmé y guardé los manuscritos. Hasta ahora. Pena de que aún no se hubiera descubierto el VIH. Probablemente hubiera sido John M.D. el causante de propagarlo como pandemia fin de siglo a medio planeta. Pero esto hubiera conducido a una tercera temporada de episodios. Y yo ya no estaba por la labor. Sólo quería que me dejaran en paz.
Son curiosos estos recuerdos. A través de ellos, de cómo y donde llenaba las libretas que luego iba arrancando por capítulos, posteriormente grapados a guisa de fascículos, voy rememorando aspectos más fundamentales de mi vida. Empezada donde estoy (zona interior) y acabada mirando al mar, en La Coruña, en un piso de alquiler donde mis padres buscaban un posible retorno a los orígenes tras haber caído en la más profunda de las crisis. Y puedo asegurar, sin trampas de la memoria, que aquel verano del 84 yo era feliz. Terriblemente felíz. De alguna manera, sin saber bien cómo habíamos pasado de casi quedarnos en la calle a tener dos pisos (en alquiler, si: ¡pero uno mirando al mar!) se cumplía el refrán de no hay mal que por bien no venga, o que después de la tormenta viene la calma chicha.
Centro médico,
pese al apocalipsis interior, habría surgido en medio de la dolorosa reconstrucción del hogar del iluso niño que lo escribió.

continuará

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